La tarde del buey Opaco

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Séptima corrida de la feria de San Isidro con toros de Las Ramblas, procedencia Salvador Domecq, El Torero. En general grandes y generosos de carnes. Se devuelve el cuarto de la tarde, ¡por manso!, saliendo en su lugar un sobrero de José Cruz. El primero manso en varas, noble y corretón en la muleta, mediano; segundo, manso en varas, suavón en el último tercio; tercero, sale suelto del caballo, chochón y descastado; cuarto, huidizo y embestidor, bueno en la franela; quinto con poder, manso y noble al final, dejándose hacer; y sexto, a menos en la segunda vara, cortando el viaje, tirando el derrote y geniudo.


David Mora. Estocada arriba; saludos. Dos pinchazos, escotada corta caída y tres descabellos; algunas protestas.

Juan del Álamo. Estocada trasera desprendida; saludos. Estocada caída; silencio.

José Garrido. Pinchazo, estocada corta en los rubios y estocada caída; silencio. Cuatro pinchazos, media en los bajos y dos descabellos; silencio.


Presidente. D. Jesús María Gómez Martín. Muy mal. No debió aprobar el sobrero de José Cruz y el sexto era un toro sin remate, con el esqueleto de un caballo, que se tapaba por la cara. Sacó pañuelo verde durante la lidia del cuarto de la tarde debido a su mansedumbre, hecho sin precedentes en nuestra plaza.

Suerte de varas. Nada reseñable, tarde de trámite en el tercio de varas. Estos toros no se prestan.

Cuadrillas y otros. Destacaron José Otero en el cuarto; Antonio Chacón pareando al sexto; y Roberto Martín, “Jarocho”, con capote y banderillas, echó una tarde extraordinaria.

Apenas tres quintos de entrada en plena feria, algo que tristemente viene siendo habitual.


La corrida de Las Ramblas deparó una tarde para la posteridad en la Plaza de Madrid, un hito histórico del que la afición que ama esta plaza, a buen seguro, no se sentirá orgullosa. Sucedió en el cuarto acto, cuando salió del calabozo, como alma en pena, el toro Opaco, nº10, un castaño generoso de carnes, que, ante las provocaciones de José Antonio Carretero y Ángel Otero, adoptaría un comportamiento de pura estirpe bueyuna, espantándose y volviendo la cara continuamente. David Mora, el espada encargado de despachar al bicho, parecía mostrarse interesado, entiéndase la ironía, pero nunca tomó la resolución de ir hacía el toro a buscarlo a los medios. La impaciencia del público comenzó a aflorar y de ella se contagiaría el palco presidencial. La mansedumbre que mostraba Opaco era de proporciones siderales, tras unos cuantos minutos aún no había tomado la capa una sola vez. Muchos pensábamos que asomaría el pañuelo blanco, saldrían los caballos y, como tantas veces hemos visto, cuando Opaco sintiera el hierro de la puya brotaría su verdadera condición. Pero no, incomprensiblemente, lo que asomó fue el pañuelo verde y la correspondiente bronca del respetable, a la que se sumaron muchos aficionados de sombra, indignados ante tamaña tropelía.

¿Qué hizo que el señor Jesús María Gómez Martín tomara tan sorprendente decisión? Todo parece indicar que se trata una interpretación torticera del artículo 84 del Reglamento, que dice: “El Presidente podrá ordenar la devolución de las reses que salgan al ruedo si resultasen ser manifiestamente inútiles para la lidia, por padecer defectos ostensibles o adoptar conductas que impidieren el normal desarrollo de ésta”. Un texto que por costumbre siempre se ha entendido referido al comportamiento motriz de los toros, siendo la costumbre una de las fuentes de las que emana la ley, no digamos en la fiesta de los toros, cuya liturgia está repleta de gestos basados en esto mismo, la costumbre y la tradición. La mansedumbre es una condición más del toro, detentada, en mayor o menor medida, por la gran mayoría de los ejemplares que se lidian. Bien es verdad que el caso de Opaco no es uno cualquiera, ni los más viejos del lugar recuerdan un bicho tan espantadizo. No obstante, para la mansedumbre la lidia ofrece herramientas como la pericia de los lidiadores, la puya y, en última instancia, las banderillas negras, antes banderillas de fuego, descrédito de ganaderos. Y a quitarse el toro de en medio lo antes y más decorosamente posible.

Esperamos que lo sucedido en esta corrida no cree jurisprudencia entre los presidentes, en tal caso prescindiríamos de una tesela más, como tantas que se fueron desprendiendo de ese insondable mosaico que es la tauromaquia, al que ya le van quedando pocos dibujos. Desterraríamos tantas y tantas lidias caóticas de las que, en no pocos casos, acabó brotando la emoción, ya sea en forma de poder y dominio o en forma de toreo artístico, ambas al unísono supone el cénit. Recordemos el célebre caso del toro de Cortijoliva en la goyesca del 96, con José Antonio Carretero, precisamente, y José Miguel Arroyo, Joselito, como protagonistas; o el hecho del toro Granizo, de López Navarro, acaecido el 9 de marzo de 1880, saltando la barrera hasta en 19 ocasiones, más otros seis intentos infructuosos; como hacían tantos toros por aquella época.

El resto de la corrida no fue tan mala como se esperaba, dentro de la escasez de fuerzas y de casta que esperamos en esta ganadería. El primer ejemplar, un chorreado en verdugo, atigrado, bajo y gordinflón, manso en varas y poco voluntarioso en banderillas, fue un toro corretón en la muleta que hacía hilo. David Mora se vio superado, toreando perdiendo el terreno, no ganándolo, y solo le apuntamos una tanda de derechazos cadenciosa al final de la faena, antes de mandarlo a hacer filetes de una estocada arriba en los blandos.

El segundo del lote de David Mora, tras el poco interés mostrado en que se lidiara el toro Opaco, como queda dicho, fue el primer sobrero de la feria, de la ganadería de José Cruz. Se llamaba Cortés. De pelo negro, con el morrillo estrecho y pintas anovilladas. Un toro huidizo durante la lidia al que Ángel Otero le puso un grandísimo par en los medios de enorme compromiso, valorado y muy celebrado por los aficionados. El de José Cruz sacó una embestida franca, con sus dificultades y David Mora anduvo como de trámite, toreando por las afueras, siendo desarmado y sin engarzar dos tandas seguidas de mérito. Una vulgaridad con el correspondiente sainete a espadas.

Saleroso se llamaba el castaño que sorteó Juan del Álamo en primer lugar. Un toro que pasa sin pena ni gloria por el equino de Domingo Siro, al que Jarocho le dejaría dos grandes pares, el primero superior. De condición dulzona, el de Las Ramblas fue un toro suavón y bonancible. Lo mejor de Del Álamo fue un par de doblones de inicio por el lado izquierdo, luego practicó el toreo de extrarradio a base de derechazos y, solo al final, vimos de nuevo la calidad del toro por el pitón izquierdo. El quinto de la tarde, segundo para el torero salmantino, fue un toro muy aparatoso, fuerte, que aparentaba seis años en vez de cuatro y medio como publicaron en las reseñas. Le dieron tres buenos trancazos en varas, entre el picador de turno y el que hacía puerta. No sabía Del Álamo por dónde meterle mano en el inicio de faena y solo cuando el toro se cansó, pudo el torero empezar a ligar algunos muletazos, sacando dos tandas de naturales aceptables, a las que no se prestó mucha atención a esas alturas de faena. Anduvo solvente con los aceros.

José Garrido tuvo muy mala fortuna con el lote. El tercero de la tarde fue un toro descastado y chochón; el sexto un toro alto, con poco remate y despampanante arboladura, geniudo, cortando el viaje y tirando el hachazo, harto difícil para el toreo. En su haber apuntamos una media verónica de categoría y algunos naturales de excelente propuesta con el tercero de la tarde. Estuvo desastroso con la espada. Escaso bagaje para un torero que apunta maneras, habrá más oportunidades en las que poder resarcirse.


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Las Ramblas

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