“Suprimir la suerte de varas es suprimir la Fiesta” – Ignacio Sánchez Mejias.
El 9 de febrero de 1928 se publica la Real Orden número 127 en la Gaceta de Madrid, por la que se hace “obligatorio el uso de petos defensivos de los caballos que monten los picadores que tomen parte en las corridas de toros y novilladas …”
Primero fue el procaz Guerrita en la última década del siglo XIX, descubridor de esa lineal y larga embestida del toro, y posteriormente Juan Belmonte en la mal llamada edad de oro del toreo, el que supuso, para los estudiosos de la tauromaquia, un cambio radical de la misma.
Es a partir de ese momento cuando el ganadero de bravo se ve obligado a evolucionar con los nuevos gustos de los públicos, en busca de un nuevo animal al que poder instrumentar ese nuevo concepto de la lidia que marcan los vanguardistas cánones.
José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte García El Pasmo de Triana, el primero cerrando una época del toreo, sobre las piernas, y que con su arrogante personalidad se manifestaría claramente por el encaste Vistahermosa buscando ya no solo la acometida del toro, sino una embestida, impulsando a ganaderos para que explorasen la manera de embestir del toro; y el segundo, innovador, vanguardista e inspirado torero, sobre los brazos, precursor del cambio surgido en el primer cuarto del siglo pasado marcando los precedentes del toreo que vendría a imponerse.
La sensibilidad del público, que veían desagradables las muertes de los caballos en los ruedos y en especial la del absolutista general D. Miguel Primo de Rivera, gran amante del caballo, dio instrucciones al ministro de la Gobernación general Martinez Anido, para que mediante Real Decreto 127 de fecha 8 de febrero de 1928, se implantara a partir de 8 de abril de aquel año, el uso obligatorio de petos protectores de caballos, primero en las principales plazas, y a partir de 13 de junio en el resto.
Es a partir de ese preciso momento, cuando a los ganaderos el peto les permite estudiar en las plazas, a fondo, la bravura del toro que sigue embistiendo porque así se lo dicta su instinto, pero que pueden analizar mejor y más tiempo bajo el caballo y apreciar mejor su embestida.
El ganadero D. Manuel García-Aleas, toda una autoridad en su tiempo, era de la opinión que con el peto se podría mejor medir las fuerzas del toro, el poder de este al romanear al caballo, al peto y al picador.
La búsqueda genética del toro de lidia, por tanto se complicó, remarcando las cualidades de la bravura de la res, indagando unos patrones de comportamiento que aunarán el toro encastado, con carácter, con un estilo bravío. Aunando, eso sí, el fenotipo con el genotipo, las hechuras con el comportamiento.
El reto que se marcaron los ganaderos a partir del primer cuarto del siglo XX, es conseguir un toro que se manifieste bravo desde su salida al ruedo, desde el primer capotazo; que se crezca en el castigo en varas; que no afecte a su conducta el tercio de banderillas y que una vez en la muleta se emplee, con menos fuelle, pero con la suficiente intensidad hasta el momento de su muerte.
El ganadero evalúa la bravura en la suerte de varas, donde la anuncia, en banderillas, donde la desahoga y en la muleta donde la confirma, buscando un toro agresivo en varas, que no deje de pelear, embistiendo y durando hasta el final.
También tiene que equilibrar la bravura, fuerza y peso, para que la embestida no pierda ritmo, que su embestida sea mayor si lleva la cabeza humillada, dominar su casta que no le impida embestir en redondo a pesar del esfuerzo que representa la línea curva, que su bravura reafirme su fijeza.
Entre los años 1930 y 1980, cuando se usaban, siguiendo la costumbre, caballos más livianos, mal domados y menos protegidos; cuando el picador se preocupaba más por defenderse que en atacar al toro, existían los quites donde se podía observar las cualidades o defectos de la embestida del toro. Es en esa época cuando los tres tercios de la lidia se mantuvieron en equilibrio, sin sobresalir ninguno, perdía importancia la capa y la vara que habían dominado en el siglo XIX, muchos matadores banderilleros se lucían en el segundo tercio y se alargó el tercio de la muleta con un mayor número de suertes, ejecutadas antes de la suerte suprema.
Eran tiempos que el tercio de varas aún trasmitía emoción, los continuos derribos y variedad de quites lo volvían muy lúcido; el tercio de banderillas se completaba con tres pares, y el tercio de muleta se alargaba y crecía en intensidad, haciéndose más reunido, más obligado, en tandas, con una mayor variedad de pases, remates y adornos intentando la fusión entre toro y torero, y cuando el aviso era un oprobio en el buen hacer del matador.
Este equilibrio entre los tres tercios decayó cuando el caballo de picar cambió y se convirtió en un percherón, cada vez más alto, más pesado y con un peto impenetrable, el tamaño de la puya aumentó convirtiéndose en más penetrante y cortante; las banderillas pasaron a ser un mero trámite funcional, y se amplió enormemente la faena de muleta, sin darle importancia a los avisos presidenciales. Los toreros comenzaron a ahorrar entradas al caballo y embestidas al toro para guardarlas para la faena de muleta.
Y nos encontramos con que los ganaderos de estos últimos cincuenta años llevados por la imposición de empresarios, toreros y taurinos, con la benevolencia de los públicos han convertido una fiera en un domesticado remedo más colaboracionista que antagonista, y no por maestría del torero, sino por blandeza y comodidad del toro romo de casta (Luis Bollain – Los dos solos 1949), o toro postmoderno (Rafael Cabrera Bonet – Elementos técnicos del arte de torear 2008).
Esta es la causa principal de que un espectáculo, tan épico, legendario y noble se vaya pervirtiendo, degenerando hasta el escarnio de la farsa, pues el toreo es un arte que nace del peligro, del riesgo y la emoción del toro; si no hay toro, no hay exposición que valga y por tanto no hay arte. Hay circo. Corremos el riesgo de convertir en parodia la corrida, resultando un espectáculo folclórico, humanizado, adulterado, en el que posiblemente haya preciosidad, belleza y atractivo pero que adolezca de arte, emoción y coraje.
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