Segunda corrida de la feria de San Isidro de 2026
Tras la detenida lectura de varias de las crónicas escritas tanto por parte de los periodistas a sueldo del sistema, como por parte de aficionados libres e independientes, o de aquellos periodistas que al menos siguen teniendo un mínimo ánimo y espíritu crítico, uno ha llegado a la conclusión de que todas las culpas de lo de este sábado 8 de mayo, recaen sobre el ganado lidiado por Don Álvaro Martínez Conrradi, propietario de la ganadería de la Quinta.
Siempre hay que culpar a alguien en los fracasos estrepitosos, y nada mejor que hacerlo sobre los que no pueden quejarse o los fallecidos, aunque sea en acto de combate. Perdieron, pues, los santacolomeños, la batalla mediática, porque así son de la opinión los que gobiernan este mundillo. Pues me temo que voy a discrepar notablemente, sobre lo de la tarde de ayer.
Pero no teman, la verdad es que frente a lo que ya puedan suponer muchos de los que lean estas líneas, el ganado no salió como todos confiábamos que saliese; con ese punto de chispa y de picante, de embestidas francas y hasta cierto punto nobles en esta ganadería de origen Santa Coloma. Fue, al fin y a la postre, una corrida mansa, algo desabrida, con poco genio, en la que sólo destacó, en efecto, tal y como subraya todo el mundo, el sexto de la tarde por sus bondades en la muleta. Los más mansearon inequívocamente en el caballo; los hubo que salieron prácticamente huyendo, despedidos de la suerte de varas, según sentían el hierro, descaradamente. Y luego hubo comportamientos complicados, alguna mirada, entradas no tan francas como las que quisieran los de coleta, embestidas a media altura… Pero, ¿qué lidia se les dio para corregir aquellos defectos? ¿Qué se puso en juego, por los que más torean, para paliar aquel comportamiento? ¿Qué recursos técnicos o artísticos se jugaron ayer para someter a las reses? ¿Se les intentó bajar la cara, se doblaron con ellos de salida en el último tercio, se les lidió adecuadamente por los de alternativa, se les sometió al poder de sus muletas? O, más bien, fueron los toros los que decidieron los terrenos, su comportamiento, dónde llevarse a los coletudos, o cuál iba a ser el carácter de la faena. ¿Deben ser todos los toros, por más ayer hubiese mansedumbre general, tontos del bote, ganado ovino como el día precedente, caedizo, pastueño, bobalicón y obediente? Veníamos de oír a Víctor Mendes por la mañana en el Ateneo de Madrid, en una charla en la que denostó mucho de lo que hoy se realiza, donde defendió que lidiar viene de lid, de lucha, de litigar, donde hay que someter al toro a tus apetencias, a base de técnica y conocimiento, donde la inteligencia es primordial y hacer las cosas bien, todavía más importante. Donde uno de sus subalternos, de los Reyes, defendió que la labor de aquellos es no estropear el toro y mostrárselo al matador cuando y cómo mejor se pueda.
¿Por qué estamos habituados a criticar al toro cuando no sale según el canon de mansedumbre toreable que quieren los del mundillo taurino, desde muchos ganaderos a muchos -la mayor parte- de la “acrítica” oficial, los encumbrados de luces y el sistema? Todo toro tiene su lidia.
Los que venimos de San Agustín de Guadalix lo tenemos clarísimo. Cuando se lidia, y se hacen bien las cosas, la satisfacción del aficionado es superlativa. La recompensa en forma de ovaciones, y de olés sinceros -y no esos “bieeeeennnn”-, son frecuentes; incluso la entrega del aficionado más exigente de España o Francia, y de otros lugares, es total hacia los espadas que se enfrentan a reses nada sencillas en tantas ocasiones.
Los del castoreño, en esta ocasión, al menos, pudieron demostrar que pican tan mal con caballos cuyos pesos exceden los límites reglamentarios, como con los que se encuentran en las cifras que marca nuestro reglamento de 1996. Juan Melgar fue ovacionado por mantenerse en la silla después de que el cuarto toro medio le descabalgara, y medio derribara al caballote que le portaba… por detrás. Porque el caballo fue derribado sólo por los cuartos traseros, ya pueden suponer ustedes cómo se realizó la suerte. En el segundo encuentro dio un auténtico marronazo, y con el toro ya bajo el peto le colocó la puya. Fantástica suerte, sin duda. Eso le valió que el público bullanguero y aplaudidor de esta”antigua” plaza de toros -hoy centro multicultural de eventos, discoteca y bar de “after eight”- le ovacionará con fuerza, mientras se despedía del ruedo, a lo largo del callejón por los tendidos de sol. Y eso fue lo mejor del primer tercio, imagínense lo peor. Puyazos con saña, en las costillas, traseros… en fin lo de siempre para una corrida que, encima, salía con complicaciones.
Menos mal que uno de los pocos presidentes buenos que tenemos en la antigua plaza de Las Ventas, don Iñaki Sanjuan, tuvo el detalle de mandar pesar al menos 2 de los caballos que se utilizaron en la tarde de marras (y digo de marras con sobradas razones); digno de encomio, como lo es su cualidad de aficionado.
El caso es que el ganado de Martínez Conrradi, dentro de su mansedumbre y desigual presentación (poca culata de varios), también tuvo sus teclas que habría que haber tocado. Y no lo hicieron los de la terna propuesta y aceptada. Tan sólo el comienzo de la faena al sexto, el más claro de todo el encierro, se realizó con la suavidad requerida, alargándole la embestida y tocándolo por bajo, como hubiese sido menester en muchos otros. Pero eso de doblarse, de castigar a los toros de salida cuando lo requieren, de saber andarles por la cara o buscándoles los costados (recuerden a Domingo Ortega), sin necesidad de dar telonazos, trapazos enganchados o derechazos y naturales despedidores, porque si no los das el toro se revuelve o se queda… abundó. Teclas las hubo, y no supieron interpretar la partitura. Y son de los del pelotón de arriba…
Las cuentas con los de La Quinta venían porque nos habíamos juntado varios amigos para apostar, a la vista de la terna de la tarde, cuántos muletazos (sólo con la muleta, por tanto) les darían a los toros de Conrradi. Debo manifestar, no obstante, mi absoluto y total desacuerdo con el número de los que se han apuntado por parte de alguno de mis compañeros de afición, y ahí entramos en liza; frente a los 318 a 320 que han apuntado, la verdad es que contabilicé, incluyendo los trapazos para colocar en suerte al toro antes de la muerte, o el de pecho ejecutado para entrar a matar (esto último es un eufemismo claro), o los que se dan para evitar que el toro al descabellar no te coja, 330, algo más de lo que ellos evidentemente apuntaron. No obstante, repito, aunque cuestión baladí, fue un buen entretenimiento entre tanto lance insulso y pasaje aburridísimo.
El gran Miguel Ángel Perera nos defraudó absolutamente; sólo le apunté 45 muletazos en su primero y 53 en su segundo. ¿Dónde quedan esas ocho tandas de siempre? ¿Dónde, por cierto, ese toreo noria que empieza a llegar a los tendidos entre la cuarta y la sexta serie? ¿A dónde hemos ido a parar? Nos estropeó por completo la media prevista. Después de que el toro le toreara en su primero, sin darle la lidia o el castigo requerido, le endilgó una chalequera indecente, muy atravesada por cuartear al entrar, nos perdimos entre los ocho y nueve descabellos, y “escuchó” el primero de los seis silencios con que se premió a los de la terna. En su segundo, donde demostró que conserva buenas facultades físicas, al saltar la barrera después de perder el capote en los lances de recibo, no sólo vería como su peón supo hacerle el quite, sino también lidiar convenientemente a ese precioso y atípico toro cariblanco y bocinero, berrendo en cárdeno y calcetero, o carbonero, si ustedes quieren, que el programa nos anunció como “ensabanado”. Todo vale. El toro se complicó como era menester después de todo lo que le hicieron, y Perera, náufrago esta tarde, sólo supo darle esos 53 muletazos, antes o después de masacrarlo con dos pinchazos sobre la paletilla y una entera desprendida, con su cuarteo consiguiente. Frente a los que opinábamos que no bajaría de 60 lances por toro, lo cierto es que se quedó apenas en los 108. ¡Qué le vamos a hacer!
A Daniel Luque, al menos, le vimos torear bien a la verónica, con clase y gusto, que a tantos artistas no observamos…, ya saben ustedes… Siempre hemos opinado que era un buen capotero y, de novillero ya, un magnífico estoqueador, pero tan solo le va quedando ya parte de lo primero. Dio también unas tijerillas -o cordobinas, depende- quizá un poco bruscas en los comienzos, en las que un tal Morante, por ejemplo, hubiera llevado toreado al toro desde esos inicios, pero que después remató con cierta donosura, y ahí acabó la cosa. También naufragó, sino de la tarde lluviosa que precedió al festejo, frente a sus dos toros, complicados y embestidores por arriba, a pesar de que le vimos una tanda aceptable con la derecha, fuera de sitio. Un pinchazo y una entera le recetó como eutanasia a su primer oponente; y media por arriba al segundo, cosechando sendos silencios. Amén Jesús. Le dio hasta 65 muletazos (por llamarlos de algún modo), sin mucho temple, al segundo de la tarde y sólo 61 al quinto: a punto estuvo de salvarnos la media... Muleteos que no tuvieron ni gracia, ni eficacia alguna, ni para llegar a los tendidos de alguna manera, ni para someter a los bichos que le habían tocado en suerte.
Esperemos que el maestro de Gerena, otro de los de arriba que va camino de pasar inédito como por tantas plazas, mejore en su próxima comparecencia. Ya son años de que nos digan eso de que es un torero con muchísimas posibilidades y capacidades, aunque frío con la muleta. A lo mejor, por eso, buscó el calor del tendido del sol, donde las gentes son más cálidas en su acogida a los del añadido (antes de la coleta trenzada).
A Tomás Rufo le tocó lo mejor del encierro de La Quinta, y anduvo paradójicamente peor. Porque al torero debe medírsele conforme a lo que tiene delante. En su primero no hizo absolutamente nada para bajarle la cara, y anduvo por las afueras. Con la tizona un desastre: pinchazo con desarme, otros dos más sin perder el trapo, una perpendicular y caída, aviso y un descabello. Si a Napoleón en Waterloo… En el segundo, el más boyante de la tarde, como ya iba refrescando, volvió a los tendidos de la solanera. Absolutamente despegado, fuera de cacho en término plenamente taurino, instrumentando lances por la periferia, a pesar de los aplausos de los del sol, el público le demandó colocación, y aunque dio esos pasitos laterales, como antes las muñecas de Famosa, no terminó ni de cogerle el aire, ni de templárselo, ni nada de nada. Nuevo aviso después de una estocada baja y tres descabellos, y de nuevo... silencio. Tampoco se prodigó con la franela como esperábamos… 62 en su primero y sólo 44 lances en el último. Cómo está el mundo, Señor.
Perdimos la porra, pero nos fuimos de la plaza tan contentos, sin que nadie nos insultara y sin sufrir a los insignes del palco, ayer bien presididos por un impecable don Iñaki Sanjuan. Y ahí queda la cosa.