También podríamos titulado esta breve crónica “Como presidir en Marbella o Benidorm”, pero dejemos que el lector satisfaga su curiosidad.
Un tal don Pedro Fernández Serrano, dirigió el espectáculo de ayer en Las Ventas, del ayer ausente Espíritu Santo. Once toros, al parecer, hubieron de requerirse para aprobar el triste encierro de Núñez del Cuvillo que tuvimos el disgusto de presenciar. Tres de ellos más propios de plaza de tercera, que tienen lo que a las figuras les gusta lidiar, escasos de trapío los tres primeros y el quinto -a la sazón el más encastadito de todos y con su punto de picante-, y otros dos que cumplieron a secas en lo de la presentación, sin el remate muscular que se exige en Madrid -ya no les hablo ni de Pamplona ni de Bilbao-.
Seis animalejos, cuyos tres primeros “ejemplares” blandearon, sosos y descastados -hubo uno que se echó en la faena de muleta-, y ante el que el del pañuelo azul nada hizo, ni dijo ni pío, pese a reiteradas caídas o inexistente suerte de varas. Muy bien por el usía… y sus acompañantes palqueros, que o bien entran de gorra -tifus-, o cobran por estar allí, léase a la ínclita veterinaria doña María José Gutiérrez, o el miope Madriles, antiguo banderillero, que nos honra con su astigmatismo taurino, prepotencia o mala educación. Amén.
El cuarto fue premiado con la vuelta al ruedo por don Pedro, sin que nadie se lo pidiera, pero seguro que bien asesorado…, tras mansear en varas, salir suelto, escarbar y dolerse levemente en banderillas, e irse pacíficamente a morir a tablas, donde se echó al poco sin necesidad de descabello alguno. Eso sí, como buena res ovina -no se me ha olvidado la b, no teman-, correteó en torno al diestro pacense de turno, sometiéndose dulcemente al muleteo despegado, periférico y, eso sí, templado de su matador. Para qué sacar casta cuando hay movilidad pastueña que eleva al éxtasis aun público, por completo acrítico, que sólo dice “Bieeeeen” y nunca olé.
Pues pañuelo azul, para el de los cuernos, me refiero evidentemente al del ruedo de cuatro patas, y asunto arreglado. Hombre, no se puede hablar de prevaricación… pero la verdad es que incumplimiento del Reglamento si lo hubo.
Yo, a don Pedro, probablemente dignísimo funcionario del Cuerpo Nacional de Policía, le recomendaría que se leyera el reglamento de 1996, que literalmente dice “El Presidente, a petición mayoritaria del público, podrá ordenar, mediante la exhibición del pañuelo azul, la vuelta al ruedo de la res que por su excepcional bravura durante la lidia sea merecedora de ello”. Y como no esperó a ello, pues… Como conceder el segundo trofeo, por ejemplo, que también está en el Reglamento nacional, y que puede releer. Porque faena de capote no hubo ninguna, el muleteo, con paso atrás en casi todo su metraje, salvo en el inicio, y en esos cuartos pases de las series, con el toro agotado por sus carreritas en torno al “tío de la noria”, en que se cambiaba la muleta de mano y entonces, con el matador ya casi colocado en la dirección del animal, y no en la oreja o en el costillar, seguía mansamente el engaño. Todo muy bonito y pulcro, eso sí. Y la estocada, algo trasera y desprendida. Dos orejitas para faena al diestro apoderado por el de la empresa madrileña. Pero no crean que hubo connivencia con ella, nunca, no, jamás, por Dios, no sean mal pensados. Simplemente es que el bueno de don Pedro, que no me cabe duda que debe ser buena persona, creería que presidía en Ciempozuelos o en Leganés, ambas plazas dignísimas de tercera categoría, donde por casualidad había famosísimas “casas de salud”… mental, o frenopáticos, como se decía antaño. Quizá Benidorm, o Marbella, patria chica del indulto generalizado, le vendrían más al pelo.
El caso es que, bien asesorado por ambos respetabilísimos asesores, sacó el segundo pañuelo blanco y el azul, a un tiempo y de forma “ostentóreamente” brusca -Gil y Gil dixit-, para que no cupiese duda de quien manda en la plaza.
Requetebien.
En el resto de la corrida no hubo despieces de los animales en el ruedo; ni un triste saludo desde el tercio, ni siquiera se atrevieron los espadas a saludar por su cuenta y menos a dar una vuelta al ruedo reclamada por el no menos ínclito peonaje… Fantástico.
Sobre los tres primeros bichos -no merecen otro calificativo- nada hay que decir. Tan sólo la pesadez de los de a pie -Tristán Barroso oyó dos avisos-, con animalejos insufribles. No obstante, de la actitud de los montados en la Brigada acorazada de Equigarce, que contrariamente a lo que sepodría suponer, no tiene sede en El Goloso, sino a la linde del arroyo del Abróñigal, sí podríamos hablar mucho y mal; quede ahí la cosa. La verdad es que esos tres primeros bichos ni fueron toros,ni pudieron permitir más que un mareo supuestamente de enfermería, que ni siquiera llegó a calar en los tendidos. Pero ya; en el cuarto vino la apoteosis, no sé si por los efluvios vaporosos de bebidas espirituosas o porque el público de los viernes es como es.
Le concedieron sendas orejas a Talavante, la primera pedida y concedida mayoritariamente por el público, a pesar de que no había hecho absolutamente nada con el capote, mientras el toro salía distraído y mirando hacia los tendidos en cualquiera de los lances por los que pasó; tampoco estuvo muy solícito y atento durante la lidia; y eso sí, tras un comienzo pinturero de la faena, fue haciendo ese toreo de noria, en la que él ocupa el lugar central, y en torno a él, periféricamente, se mueve el animal sin estar nunca colocado en la rectitud del mismo.
Lances, eso sí, muy ligados, pero sin finalizar un muletazo antes de comenzar el siguiente. Sí, esoque marcan todas las tauromaquias, incluidas todas las del siglo XX, del remate de cada pase. Pues ligó los muletazos de varias series, repito, con la inteligencia, único valor que le concedo al margen del temple, de que al final sabía que, cuando el toro ya estaba algo agotado por la repetición de los tres primeros, era el momento de darle esos circulares, con la mano cambiada para colocarse, por una vez y por fin, bien, en la rectitud. Circulares lentísimos, que acaso fue lo mejor que tuvieron todas esas tandas, antes realizadas desde la oreja o el costillar del toro. Estocada trasera y desprendida y a otra cosa.
En el quinto, que también fue un toro interesante para la muleta, aunque punteaba ligeramente al finalizar los lances, lo cierto es que Juan Ortega intentó imitar a Talavante -exactamente lo mismo, pero oiga que lo suyo es otra cosa-, viendo el magnífico resultado que a éste le había dado; pero claro, la gente, especialmente los aficionados, que ya habían caído en el primero de los engaños, yano se dejaron engatusar, como hubiera pretendido el diestro. En cualquier caso, las protestas empezaron a surgir, la colocación era igual y extraordinariamente deficiente, y el temple, que había aparecido, al menos, en la faena de Talavante, en ésta desapareció por completo. El resultado final fue que, tras un mal uso de la espada, el diestro fue absolutamente ninguneado.
Con más ganas salió Barroso en el último a intentar, por lo menos, despertar un poquito del letargo en el que habíamos caído todos, fruto de los excesos del cuarto -después de la euforia viene la depresión- y de la nadedad del quinto. Toro que, siendo el de más trapío probablemente de la corrida, no fue el de más peso. Mostró un carácter algo distinto al de sus hermanos, con más genio, por decirlo de alguna manera. El diestro comenzó la faena de rodillas, en los medios, y cuando se puso de pie, fue volteado por el toro, gracias a Dios sin consecuencias, a pesar de que éste lo buscó en el suelo repetidas veces. Tres más así y le mandan las figuras la vacada al matadero, ganadero. Tardaron un poco en llegar y al chico debió hacérsele aquello interminable. Después lo intentó de pie, pero de cualquier manera, colocándose, eso sí, en su sitio muchas veces, exponiendo más que sus compañeros de terna, pero desgraciadamente sin el refrendo de una faena limpia, cuidada, o bien organizada, y tirando la espada al suelo, como si eso de matador de toros fuese un lema de partido político al uso; y tras otro pésimo uso de la espada, al final, ésta le privó, más que probablemente, de la petición que es de rigor tras una voltereta en esta plaza. El bonancible público se quedó con muchísimas ganas, pero no lo sacaron ni a saludar… Vamos que... público de los de los viernes, al que nos ha acostumbrado la empresa. Y punto y final.
Lope de Molina