Tercera corrida de la feria de San Isidro de 2026
Ayer domingo, sin público de viernes o sábado, nos reencontramos con la realidad de la corrida en la plaza de Las Ventas. Toros serios de presencia, de mayores o menores virtudes y defectos, nada sospechosos, del conde de Mayalde. Lástima que dos de ellos fueran extraordinariamente flojos y que la presidencia, ocupada ayer por don José Luis González y González, aunque ya en el segundo tercio, tuviese que cambiarlos por otros murubeños de Bohórquez, grandes, feos, desiguales y no mucho mejores que los retirados por Florito hijo.
No anduvo bien de bravura la corrida, alguno solamente cumplió sin excesos frente al regimiento de catafractos de Equigarce, de los que al parecer se volvieron a pesar un par de ellos. Es sorprendente cómo algún caballo no modifica su peso (ya saben por qué), ni en un mísero kilo, en dos o tres semanas. Usted o yo seguro que lo hacemos de día en día, incluso a lo largo del mismo; los caballos de la caballería pesada de la cuadra de Las Ventas mantienen el tipo, con o sin dieta. Vaya, nueva tomadura de pelo. Hay quien afirma que la báscula está trucada para que no pase de los 650 kilos reglamentarios… Bastará con que al caballo Gerard, que pesó los mismos 613 kilos desde el 22 de marzo, los mismos que el 5 de abril o el 9 de mayo, le monten a su picador encima para que lo comprobemos. Si estalla algún muelle... se acabó el timo de la estampita del certificado. Ayer se picó en el 6, y no entre el 7 y el 8 que es la pura contra-querencia, porque el piso, que Plaza 1 no cuida, estaba fatal de barro… como los de Bohórquez.
Los “mayaldes”, a pesar de su paso por varas, en general, se movieron con pocas ganas, yendo a menos con la salvedad de un extraordinario cuarto, muy aplaudido en el arrastre. Con cierta codicia en los capotes, apretando siempre para adentro, los más mansearon claramente, pero no desdijo en interés para el aficionado, aunque el poco público de ayer se pudiera aburrir. Peor para ellos y mejor para nosotros.
La terna anduvo muy desigual. David Galván no ratificó las buenas esperanzas que en él tenían algunos, pese al gesto de pundonor que tuvo al salir de la enfermería tras resultar herido en el quite que le hizo al tercero; gesto que le honra. Gonzalo Caballero, muy jaleado por sus apasionados seguidores de la sombra más selecta (hoy no hizo falta la peña atlética), no tiene mucha cabeza para esto y a punto estuvo de ser cogido a cada paso o pase. Y Román, al que Dios no le ha llamado por los caminos del arte, demostró, una vez más, un año más, en esta plaza, lo que es el mérito sin alardes, luciendo al toro para que parezca aun mejor de lo que es, aguantando cuando hay que hacerlo con firmeza de plantas, estoicamente, dejando al toro que se arrancara a veinte metros de distancia para encauzar sus embestidas al segundo o tercer muletazo hacia atrás. Lástima que no estuviese bien colocado en los siguientes, porque de otra manera la faena al cuarto hubiese tenido méritos para más generosa recompensa.
En el primer sobrero de Bohórquez, Galván hizo una faena de menos a más, con algún interés en los últimos muletazos y dejó, después, media un poco desprendida, perfilándose desde fuera y dándole la suerte natural cuando lo lógico hubiera sido la contraria. El toro fue a menos, flojito como el sustituido, y con poca casta.
Al valenciano Román le tocó el segundo, un toro de Mayalde que fue inequívocamente de más a menos, y que se rajó en la tercera serie porque todo era pura ilusión, que viene de iluso, del latín illusus, sin luz o contra la luz. Mal picado, a caballo atravesado, marrando y colocándole después la puya el de la plaza montada del grupo de lanceros bengalíes. No obstante el valenciano intentó lucirlo en las dos primeras tandas, citándolo de lejos, y después, con el toro rajado y mirando a tablas, anduvo el diestro exponiendo bastante, con más mérito que brillantez. El animal acabó en tablas, defendiéndose. Lo despenó tristemente allá, al hilo de aquellas, de cuatro pinchazos, saliéndose de la suerte, y después de un aviso, le dio una entera atravesada, cuarteando, que necesitó de 3 descabellos. Si lo hubiese dejado, se habría echado antes del aviso, tal era la condición penosa del mayalde. Lo cierto es que Román expuso bastante más de lo que al público pudo parecerle, sobre todo en los pocos pases que, en vez de aprovechar el camino paralelo a tablas o rectamente en su dirección, se los daba hacia los medios.
Uno de los lances más peligrosos del festejo se produjo antes del arrastre de este toro, con las mulillas desbocadas, galopando sueltas por la arena, que un mulillero intentó controlar poniéndose delante con los brazos abiertos. La escena fue como la de carrera de cuádrigas de Ben-Hur, salvo que este Messala Severus salvó milagrosamente la vida al ser arrollado, probablemente porque Cristo ya ha resucitado.
El cuarto lo toreó Román por la cogida de Galván, pero era el suyo, el que le correspondía en quinto lugar, de 540 kg de peso. Bien picado por Francisco de Borja, especialmente en la segunda entrada. El diestro le dio buenas distancias desde el primer muletazo, y aunque en la primera tanda en paralelo, mejoró en la siguiente, cuando se lo llevó más a la espalda. La faena fue vibrante porque el toro respondía con casta y prontitud, buscando siempre el engaño con codicia. A Román, que se colocó mejor en los primeros muletazos, le faltó, acaso, algo más de colocación en los terceros y cuartos, pero se dio cuenta de la exigencia de los aficionados y lo corregiría en la cuarta o quinta tanda. Citó, finalmente a recibir, saliéndose un tanto, y la estocada cayó algo delantera y perpendicular, pero arriba. Ovación en el arrastre al toro, gracias a que el valenciano lo lució como debía, y oreja para el diestro que repite trofeo como en los anteriores ciclos de San Isidro.
El tercero le correspondió a Gonzalo Caballero, que no adelanta nada en su carrera… profesional y no sé si en la personal. El de Mayalde no hizo sino ir a menos; el diestro le dio unas chicuelinas a su manera, y en la réplica de Galván, tras la segunda entrada, éste fue cogido, y al recogerlo el toro del suelo, le infirió una leve cornada en la cresta ilíaca derecha, por la zona de la espalda. Superado el susto, y con el diestro en la enfermería, Caballero realizó una faena… al toro y al público. Siempre desde fuera, toreando en paralelo, largando trapo hacia las afueras y con poca cabeza. El toro necesitaba distancias más cortas y que le bajase la mano, pero ni una sola vez lo llevó toreado. No fue un auténtico desastre porque tiene una gran legión de seguidores en la zona cara de la plaza. Pinchazo desde fuera y cuarteando, que ratificó, sesgando, con una media, de la misma forma y además colocada directamente en el rincón. Escuchó un aviso, antes de despenarlo con 6 descabellos y que el toro se echase por aburrimiento. En quinto lugar, salió el sexto, como en el trabalenguas americano del béisbol. Y le tocó de nuevo a Caballero, que anduvo entre la nada y el limbo de los justos, que ya ha suprimido la iglesia y los ha mandado a Dios sabe dónde. Lo mejor del toro y quizá de la corrida, fue un par extraordinario de Ángel Gómez, casi otro de Fernando Sánchez y la lidia de Iván García: eficacia y donosura asegurada. El matador le brindó el toro a Gómez. Nueva faena en paralelo, con tan larguísimos paseos entre tanda y tanda, que podría haberse ido a Quintanar de la Orden y volver entre tanto. Todo fue a menos muy rápidamente, por el mal castigo recibido en varas, y por esos pases del “celeste imperio” a pies juntos del inicio, que destroncan a los toros. Escuchó un aviso antes de entrar a matar, y después un pinchazo bajo, sin terminar de pasar, un bajonazo entero y verdadero y punto final.
Salió Galván a torear el sexto, que era el cuarto, ya saben, y el público se lo agradeció. Saludó al de Mayalde a la verónica, ganándole un poco de terreno, pero ahora sin agradecimiento del respetable, y el toro se fue por donde vino por su flojedad (cuatro caídas hasta banderillas). ¿Por qué no se devolverán a la primera? ¡Qué pesadez! Y a vueltas con otro sobrero de 600 kilos de Bohórquez (603 pesó el primero), feo, destartalado, hondo y grandón, pero sin corazón, aunque pareció más en los lances capoteros. De nuevo fue pura ilusión, cierta repetitividad pero sin casta y el torero perdiendo terrero. Por cierto, como su hermano lidiado en primer lugar, berrendo en barro o algo peor que sale por la culata del toro. Hombre, un buen manguerazo no está de más. Mal picado (mal puesto y marronazo, y acoso del lancero en el segundo encuentro); mal banderilleado; y mal toreado, lo siento; el bicho se movía con manifiesta incertidumbre, cara alta y con tornillazo final. Desde fuera, y con el pico, el toro se revolvía con cierto peligro, y habría que haberlo castigado oportunamente, visto lo visto. No estuvo bien Galván, pero… disculpémosle porque salía con hombría de la sala de curas. Lo mató, desde fuera, de una entera arriba, un poco atravesada.
A pesar de todos los avatares del festejo, y de la extraordinaria, excesiva, prolongadísima, duración del mismo, salimos con la certeza de que la oreja de Román tiene un peso específico muy superior a las dos de Talavante del inicio ferial, y entiendan feria como aquellas pueblerinas con tómbolas, tíos vivos y caballitos... Como el oro frente al latón… aunque tengan el mismo color.
Lope de Molina