Décimo cuarta corrida de la Feria de San Isidro 2026
Repito, en el ordinal de estas crónicas no tengo en cuenta los rejones porque es otro espectáculo diferente a una corrida de toros. Y asimismo es indignante. En Aranjuez vieron una corrida, nosotros dos. En Aranjuez no vieron toros y nosotros sí. En Aranjuez salieron dos espadas por la puerta grande y en Madrid sólo uno, pero el público lo pasó estupendamente, y hubo discusiones y comentarios después del festejo para todos los gustos y, entre los inteligentes, enriquecedores.
Yo, sinceramente, he de confesarles que me divertí; aunque me pareciera excesivo el premio de esa segunda oreja (“fuera del palco”, cobarde) y que Ferrera hiciera algunas de las locuras que hizo en el sexto toro. Si he de ser ortodoxo lo seré. Pero la heterodoxia, a veces, es aleccionadora, y además sirve de distracción frente al aburrimiento general del toro descastado, manso, inválido y el toreo superficial y mentiroso de tantas tardes. Y para aquellos “puristas” o “entendidos del gin-tonic” que ayer salían indignados, y que creen que las dos orejas de Talavante, o las de Urdiales, o tantas que se han cortado a lo largo de este ciclo de San Isidro, son más meritorias que las de Ferrera, les recordaré, sólo para empezar, que ayer hubo toros, no babosas ni otros lamelibranquios; les recomendaré que, ante todo, vean si delante de aquellos otros espadas había un toro de verdad, encastado, complicado, duro, serio o de un hierro que infunde pavor a los “estilistas del momento”, o que obligue, por su único nombre, a guardar respeto al aficionado y una muy seria distancia -no menos de cuarenta kilómetros, o a la distancia del Palacio Real de Aranjuez- a los coletudos de postín. Lo siento, sin embargo, y de verdad, por los pocos aficionados que quedan en Madrid, y espero que se les olvide el último toro para su salud mental. Y no olviden que ha habido días para indignarse mucho más seriamente que ayer, para “quemar la plaza” como se decía antaño -y a veces lo hacían-, o “asaltar el ruedo” y matar a cuchilladas a la indigna becerra que campaba por sus respetos. Así que cuidado con los sofocones y las indignaciones: todo en su justo término.
Porque ayer hubo una corrida hasta el quinto toro, que se desarrolló de una manera; y otra, por completo distinta, que sólo tuvo lugar con el sexto de la tarde. La primera con dignidad y toros; la segunda con el coso convertido en manicomio, merced a la irresponsabilidad del palco.
Y, si aun no ha dimitido al completo el equipo presidencial, con los incapaces de don Pedro Fernández Serrano y el infumable Madriles a la cabeza, no me cuenten ustedes historias de nada, y menos de indignación. Si éstos no saben presidir una corrida de toros ni en Villanueva del Trabuco, ¿qué diantres hacen aquí? No sé a que narices esperan… ¿a la siguiente legislatura? ¿A que se mueran todos los ayatolás o el sobrino de Fidel Castro? Me sumé, con sumo, con intensísimo, con regojizante placer, al grito casi unánime de toda la plaza de “Fuera del palco”, porque su actuación, en ese sexto toro, sí que fue indignante, aunque los motivos de unos y de otros fueran diametralmente diferentes; mira que es difícil, prácticamentte imposible, unificar el criterio de aficionados, público y gente que pasa por allí, pues lo lograron, enorme éxito, camino del exitus, de la fiesta brava. Y, como me dicen, si el señor Fernández Serrano es amigo del ministro Marlasca, como si lo es de Ku-Kus-Klan, de las amigas de Roldán, Tito Berni, Ábalos y amigotes, del suegro de Pedro Sánchez, del de Orense, Lugo o Badajoz, del comisario superior de Canarias, del Dalái-Lama (Tenzin Gyatso), o de la madre que le trajo al mundo; me importa un bledo. ¡Dimisión ya! Y si no ha tenido aun la decencia de ello, cese inmediato, por incapaz. Y Madriles... o que vuelva de banderillero artrósico de quinta fila, o se retire a cuidar de sus biznietos, si los tienen y le quieren, que ya me extrañaría…
A mí, lo que me indigna de verdad es lo de todos los días, con un público engañado y triunfalista, sin puñetera idea (que, por otro lado, considero muy digna, porque los jueces lucen puñetas y tienen opiniones e ideas, en general, muy dignas, aunque siempre hay ovejas o garzones -vaya pájaros- de todos los colores). Frente a ese tipo de espectáculo, frente a la bazofia infumable de tantos días, con la borrega chochona, y los diestros encumbrados, con los triunfos de pichiflus, o de pichiflash, que es lo que nos obligan a tragarnos todos los días, con el beneplácito mayoritario, y la aquiescencia del palco, sí que siento indignación. Frente a eso me indigno, me enervo y protesto, y me desahogo con la ironía diaria. Sí, con ese otro tipo de espectáculo, con el que al parecer, nadie -o muy pocos- se indigna y la Prensa del Movimiento canta como hazañas inigualables. Menos mal que ayer estaban rindiendo tributo, admiración, homenaje y pleitesía a la voz de su amo, allende Las Ventas. Y, sin embargo, con este otro, que vimos tan sólo en el último toro, no me cabe la más mínima duda: yo elijo a éste, rotundamente. Y los habrá que, fieles al sistema y a la Prensa del Movimiento, mañana insulten a este dignísimo espectáculo de cinco toros, y alaben las esencias primaverales, los fluidos aromáticos etéreos, las delicias almibaradas de Aranjuez -fresas al margen-… sin toros, con chotos. Para indignarse, ¡vaya!
Pero ayer, ¡ay lo de ayer!, fue otra cosa. Y como digo y mantengo que hubo dos corridas, vayamos con la primera. Tarde del 31 de mayo de 2026; se lidiaban toros del hierro de Adolfo Martín para Antonio Ferrera, Manuel Escribano y Paco Ureña. Toros serios de armadura, con pitones entre tocados (para arriba, no manipulados) y veletos, alguno casi cornipaso. Lean ustedes la definición ni no saben lo que esto significa… He dicho toros, porque un animal lo es en función de su edad y seriedad, de su casta y su dureza, y no sólo de su peso o trapío. Es cierto que ayer hubo un par de ellos que se tapaban con el sombrero, pero que tras un par de carreras se nos olvidaría, porque la casta prevalece, sin duda, sobre el relleno de carnes. Porque el toro de lidia debe ser de lidia, no de carne. ¡Oído a las masas cárnicas de los Garcigrande!, cien o más kilos encima y aborregados de carácter, inválidos de solemnidad (tres para atrás), mansos, sosos y descastados. Toros que, mejores o peores, más bravos o mansos, más pujantes, sencillos o claros, o duros y complicados, peligroso alguno, fueron de lidia, y devolvieron el honor y la fama de la divisa a su criador, que llevaba unos años de bache más que serio. Y si fui a la plaza con ciertos reparos por el hierro, volví a casa deseando ver otro encierro del mismo.
El primer toro de Ferrera fue un cárdeno bragado y meano, largo y bien puesto de cabeza, pero sin exageraciones. Ferrera lo paró, es cierto, perdiendo pasos, pero metiéndolo en el capote, cuestión bien meritoria en la que yo querría ver a tanto del pelo trenzado o del añadido falso. Siempre intentó, para ello, llevárselo bastante atrás, bien. Entró sin fijar, sin embargo, en un debe a su habitual dirección de lidia, a la primera vara, y empujando sobre un pitón, el izquierdo, el nefasto picador le sacudió a modo y con exceso. Pero eso sólo es medianamente indignante. Recibió hasta en el Documento de Identificación Bovina, DIB para los amigos. Lo sacó el propio matados del caballo, algo que siempre aplaudiremos, aunque el resultado artístico sea el que fuere (no fue brillante ayer), y volvería al caballo, de nuevo, sin fijar (y sólo protestaron los aficionados; desde el palco estarían hablando de fútbol o del resultado de Aranjuez, plaza de sus amores…), y se dejó pegar, sin salir suelto. En banderillas ya se veía que el toro era complicado, duro, pasadas en falso de los peones, y nadie, absolutamente nadie, al quite. Desde el palco ni una mención de atención y los del plumero a lucir palmito en el callejón, que para eso les pagan. El toro llegó a la muleta corto, defendiéndose por alto, revolviéndose con problemas. Ferrera intentaba colocarse en cada lance, sabedor de la importancia que a esto se le da por parte de tan sólo los aficionados de Madrid y vídeo hay que lo confirmará, y ello le obligaba a recolocarse perdiendo pasos entre sus pases, quizá en exceso. Pero el corto viaje del toro lo justificaba. Y eso no era falta de fuerzas, sino pura reserva por parte del de los cuernos, porque seguía con la boca cerrada, como llegaron a la muerte varios de sus hermanos… a pesar de la criminalidad de los puyazos recibidos. El peligro era evidente para los aficionados, los del primer gin-tonic estarían a otra cosa…, pensando en la plaza ribereña. Por la zurda no tenía un pase, entraba al paso y siempre sabiendo lo que se estaba dejando detrás. Pegó un arreón a un peón y casi se lo llevó por delante; repito, no era falta de fuerzas, sino complicación y reserva, y había que tener muchas agallas y torería, para quedarse en el sitio. Pero eso no es digno de aprecio, desde luego, para los indignados... Ferrera se dobló con él, cogió la espada, dejó sendos pinchazos, un metisaca bajo y una entera caída. Mal. Pero, ojo, el bicho seguía con la boca cerrada, era un prenda de cuidado y el espada había estado con dignidad en el trasteo.
El segundo toro, de Manuel Escribano, era otro cárdeno oscuro, sin cuajo, pero con dos velas por delante. Se fue a portagayola, por decirlo de alguna manera, y después salió huyendo, dando largas cómo pudo, desbordado por el animal. Luego vinieron unas verónicas con paso atrás, sacándolo algo. Entraría el toro de largo, pero al paso, con más alegría en la segunda, sin emplearse a fondo pero recibiendo su castigo, recargando pero saliendo sueltillo. De lo hecho por Escribano en banderillas es mejor no hablar; todo a cabeza pasada, y el primer intento clavando en el suelo. Comenzó en los medios, perdiendo pasitos en todos, y aunque intentó colocarse con la zurda pues…, no, no lo consiguería llevar largo, perdiendo pasos, al menos tres o cuatro, constantemente. Probablemente, como le dijeron, el toro necesitaba más distancia que el semi-encimismo en que quedó aquello, y el toro se quedaba corto y casi a medio viaje, obligándole a rectificar constantemente. Todo se fue complicando, y visto que no había respuesta del público, que estaría pidiendo la segunda cerveza…, le dio una estocada entera entre desprendida y caída. El toro, como el anterior, seguía con la boca cerrada, igualito que los de días atrás, que la abrían antes de terminar el primer tercio… con inyecciones en varas. Hubo un desarme a un peón, un aviso y un descabello.
El tercero, de Paco Ureña, fue un bicho feo, ensillado, como hecho a golpes, veleto de cara y con poco por atrás. El diestro murciano le dio unas verónicas aceleradas, pero sin paso atrás, que por fin despertaron a los aplaudidores profesionales. Pasó por varas sin mayor pena ni gloria, empujando lo justito, cabeceando un poco, y sacándolo Ferrera a su modo. Nuevo detalle que agradecer, con su estilo peculiar y rematándolo por alto para que no quejase su compañero si lo tiraba… Nuevo mitin en banderillas, sin aviso del usía o piezas acompañantes o delegadas. Inició Ureña la faena, llevándoselo a los medios, pero el toro necesitaba o la larga distancia, o meterse mucho en su terreno. Y como optó por la corta o media, al tercer muletazo le cogió y le dio sendas cornadas en el muslo izquierdo, y una tremenda cogida por el pecho que nos hizo temer lo peor. Se levantó sangrando, hizo retirar a la gente, cuestión de hombría y heroicidad, pero no pudo hacerle más que poco más porque el toro tenía las de Caín. Se le veía con ganas, pero sin fuerza en la pierna, y al final, en vez de irse a la enfermería, lo que hizo por su pie al finalizar la lidia, lo mató, tras una porfía, sin recompensa, de media caída, perpendicular y atravesada y un descabello. ¡Honor y gloria a los valientes! ¡Qué pundonor!
En el cuarto llegó lo más interesante y torero del festejo. Y eso que el toro se llamaba Mentiroso, un animal cárdeno bragado y meano, que le tocó en suerte a Antonio Ferrera. Otro toro largo, con dos velas que iluminarían un palacio, y sin duda más rematado que los anteriores. No hizo nada el ibicenco con la capa digno de mención, pero ya vimos que el toro tenía otro carácter, más boyantía y claridad, pero encastada. El picador le sacudió a modo, y aunque en la segunda vara lo agarró bien, le sacudió demasiado y le hizo la carioca. El toro empujó más, con fijeza al principio y luego cabeceando algo, vería un capote y saldría tras él. Y vimos el mejor par de la feria por exposición y clavando en la cara, del gran Ángel Otero, soberbio el tercero, muy bueno el primero. Ferrera se sacó a los medios a su rival, y allí, con la izquierda (que fue el mejor pitón de casi todos los toros), vio que lo podía torear, mejor que a todos sus hermanos juntos. Y fueron llegando buenos naturales, en redondo, templados y bien ligados, con el diestro al hilo del pitón y a veces bien colocado, y aunque la faena bajó con la derecha, no desmereció el conjunto. De lo mejor de toreo de la feria. Me gustó más con la izquierda, porque se lo llevaba más ceñido y más a la espalda, pero... el toro aprendió, cuestión de casta, y se le complicó en lo sucesivo por ese pitón. Así que el torero, al verlo -y hay que darse cuenta-, volvería a la derecha, y sin ayuda del estoque simulado, es decir como al natural, le dio otra tanda con la diestra muy buena, metiéndoselo en corto, pero llevándolo en redondo. Otra buena serie, pero al rematarla se atropelló un poco en el final. Faena ortodoxa, sin duda, inteligente y clásica, buscando la colocación y el temple. Volvería a despertar al público, que no está para exquisiteces y sí para “asustinas”, con su sempiterna heterodoxia, citándolo a la muerte desde lejísimos, dejándose ver desde unos veinte metros, llevando la muleta al hombro, y citando a recibir cuando alcanzó los 6 o 7 metros de distancia, sin resultado, y repitiéndolo a la mitad de distancia, dejando un pinchazo arriba y después, de la misma forma, una estocada entera, echándose un poco fuera, suficiente. Le concedieron una merecida -a mi juicio- oreja, y caigan sobre mí los pésames, tropelías y malas invectivas que quieran. No pedí la oreja, pero visto lo visto, es de las mejor cortadas de este San Isidro. Fuerte ovación al toro en el arrastre. De momento, salvo el percance de Ureña, y las “cositas” de Ferrera, la corrida no se salía de sus cauces normales.
Y salió el quinto para Escribano, que volvió a eso que ahora llaman “a porta gayola”, desde los medios de cualquier coso de España, Portugal, Francia o las Américas. Le dio la correspondiente larga sin temple y otros tantos trapazos, echando la pierna atrás, constantemente, y con desarme final. La primera vara cayó en las costillas o en la paletilla y luego rectificó; y en la segunda el “profesional” del caballo le dio otra también trasera y caída, con rectificación. Y luego veremos lo que hizo Ferrera y si fue mejor o peor que estos hombres de la acorazada. Escribano pasó en falso la primera vez en banderillas, ¡qué fatalidad!, dejó dos pares pasados y uno, como al quiebro, al violín. Bueno… Comenzó un tanteo genuflexo, en tablas y vimos que el toro iba cortito y se cayó dos veces, quizá porque le bajaba mucho la mano, también es verdad. Volveríamos a verle igual que en su primera faena: moviéndose mucho entre pases, con un toro de los de Ruiz Miguel, esto es, a los que le hacía faena el diestro gaditano; desde fuera, con el toro costándole ir, pero arrancándose cuando lo hacía con todo… Nos preguntamos si sería cuestión de distancias, de nuevo. Por la derecha, por llevarnos la contraria, el toro era más claro, y al fin le sacó una tanda ligada y despegada, de toreo en paralelo, sin decir gran cosa y rematando hacia allá. Volvería a la izquierda sin mayor éxito, con pases de uno en uno, encimista y con largas pausas entre ellos. Y por eso sonó un aviso antes de entrar a matar. Un pinchazo caído, otro igual atravesado, y dos descabellos. Nada de nada. Empezaron donde quiso el espada, y acabaron donde quiso el toro… en toriles.
Y llegamos a la segunda corrida, que nada tiene que ver con la primera. Y que se le fue de las manos a los del palco, a los incapaces que nos gobiernan en la plaza de Madrid.
Salió el sexto toro, Monedero de mote, cárdeno bragado y meano, largo y bien puesto, toro con trapío; y como Ureña estaba siendo operado de sus heridas, le tocó a Ferrera. Y se armó la que se armó. Yo me divertí viendo las reacciones de todo el mundo: unos aplaudiendo como locos, otros tirándose de los pelos, aquéllos indignados con el espada, estos otros con el palco, los más protestando sin saber qué, un maremagnum… y la versión horripilante -de nuevo acudan al diccionario de la RAE- de la heterodoxia de Ferrera. Todo un espectáculo. Ni en mis años infantiles en el circo Price, justo donde ahora está parte del Ministerio de Cultura -o lo que sea- de Urtasun, que no puede estar en mejor solar. Y además, se llama la Plaza del Rey, como debe estar el individuo de… breado. Como ya tenía cortada una oreja a ley, del cuarto, decidió echar toda la carne, y el espectáculo circense, en el asador.
Comenzó parando al toro con diversos capotazos heterodoxos, eléctricos, con ese capotillo azul (póngalo en aumentativo) que parece que le ha robado a algún superhéroe de comic la capa. De repente, loco de frenesí, corrió hacia la puerta del picador de tanda -que era de Ureña- le obligó a descabalgar, y se montó, con su ayuda en el penco de Equigarce. Y demostró, con gran enfado -o lo que hagan las cabras enfadadas- de los monosabios, que los pencos de la plaza pueden gobernarse sin espuelas, que no se necesitan pesadas gregorianas para picar, y que los caballos… ¡sorpresa! Saben trotar. Era de ver cómo protestaban los monos, desde su jaula, dando golpes con sus varas en la barrera, fantástico espectáculo. ¿Es ortodoxo; está capacitado legalmente a hacerlo, puede picar un matador de toros en corrida formal y legalmente? Será discusión estéril, porque no acabaríamos jamás. Existe la categoría profesional de picador, existe un Registro Oficial de los mismos, al que se accede, según el Reglamento nacional de 1996, vigente en esta plaza de Las Ventas, y de la Disposición Transitoria segunda del Real Decreto 1034/2001, que dice que los que quisieran inscribirse en el Registro, Subsección de Picadores de novillos, hasta que no se dictasen las pruebas selectivas funcionales que debieran cumplir, bastaría con que cumplieran los requisitos exigidos (la intervención mínima en quince tentaderos y con al menos treinta vacas).
No les aburriré con detalles, léanse lo que dice, pero para ser picador de categoría A (de corrida de toros) tendría que haber actuado en al menos 30 novilladas con picadores, y antes haber pasado por diferentes pruebas, entre ellas “su pericia como caballista y su conocimiento de la doma” y “su destreza en el uso de la vara de picar durante la ejecución de la suerte”. Hombre, es cierto que Ferrera probablemente no esté registrado como picador de toros; aunque ya saben que en Extremadura, con presentar una acreditación, en ruso, desde San Petersbugo… Pero dominio del caballo, manejo del mismo, y buen uso de la puya, lo demostró, muchísimo mejor que el 90% de los que han pasado con la acreditación correspondiente por esta plaza en décadas. Será que no quieren hacerlo… Por otra parte, y para los delicados y almibarados aficionados que se asustan… también Morante lo ha hecho, o Juan José Padilla y tantos otros a lo largo de la historia, desde Costillares y Pepe-Illo, pasando por Francisco Montes Paquiro, hasta Luis Miguel Dominguín y varios más, y todos en corridas serias, algunos incluso bajo reglamentos nacionales… No me pondré exquisito en esto, pero les puedo traer pruebas documentales las que quieran. Es una excentricidad, sin duda. Ferrera picó, movió bien el caballo, ¡inaudito!, ¡y sin espuelas ni gregoriana!; dejó primera y tercera varas en su sitio, marró en la segunda acometida -desde lejos- del toro a la carrera, y lo castigó muy poquito, es cierto. Dicen que pidió permiso a la presidencia y hay quien dice que ésta accedió, aunque yo no lo vi. Como tampoco vi cómo sacaba el pañuelo después de que Ferrera se apease del caballo de un brinco y se fuera a hacer una especie de quite con su cortina azul, recortes y un lance afarolado. Si lo hizo la presidencia, ¿por qué permitió que volviese a salir el caballo de picar, con el operario montado para lo de siempre? ¿Si no sacó después el pañuelo, y en eso sí que me fijé, por qué permitió su retirada y que actuaran los banderilleros? ¿Qué disparate es esto? ¿Qué autoridad tiene? Váyase a Villanueva del Trabuco, por favor, y no vuelva por estos lares. Ferrera ordenó retirarse al picador, que le obedeció, mientras en el palco Fernández Serrano y Madriles hacían gestos incomprensibles y ostentosos, no se sabe muy bien de qué, en vez de llamar al Delegado -aunque le vimos coger el teléfono aquello era un sinsentido, y que éste y sus alguacilillos pusiesen el orden correspondiente y calmaran los ánimos. Pues hubo cuarta entrada, con el “profesional” a caballo, banderillas de cualquier modo, Escribano pegado a tablas, en vez de en los medios, nadie al quite en los dos primeros pares, y un “fuera del palc” coreado por la Monumental y de tal guisa, monumental. Si esto no sirve para que lo cesen de inmediato, que venga Marlasca y nos lo explique. Y después de banderilleado, mal por cierto, el famoso presidente cambió el tercio, porque tras la salida del puyero no lo hizo. ¿Simple olvido o incompetencia supina?
La plaza ya era un manicomio. Así que adelante con los faroles -que a pedradas rompían en tiempos de Sabatini...-. Conste que lo del caballo se lo dije a mi compañero de abono antes de que sucediera…, avispado que es uno. Y que cuando, tras la salida del picador de “clase A”, no ondeó el pañuelo, o aquello era ilegal y antirreglamentario o el presidente andaba desbordado por las Batuecas, ya que sacó el moquero tras los garapullos, supuestamente para cambiar a… banderillas.
Ya nadie le hacía caso, claro; obvio, comprensible, meridiano. Pero tenía una cara de mosqueó -ya saben lo del ganado caprino-, monumental, como el malo de Madriles…, porque bueno no es. Pues, a pesar de todo, y con todo, cobardemente, tras la faena, vulgar, en paralelo, sin meterse el toro ni una vez como había hecho en el cuarto, y una estocada deficiente, se humilló la presidencia ante el espada y el público indignado y concedió la oreja. ¿Había petición dirá! Cobardes, digo yo. Con mayores peticiones se han negado trofeos en Madrid con presidentes de otros tiempos y otros arrestos.
El caso es que la faena que le abrió la Puerta Grande a Ferrera, mal que le pese al palco incapaz, y nos duela como aficionados, comenzó con un buen toro y un buen tanteo a los medios, aguantó alguna colada, pero todo fue en paralelo, largando brazo y trapo con muñecazo final, el toro se fue cansando, se hizo un lío Ferrera con el trapo en el remate de una de las series finales, embarulladas, dejó al toro en los medios, se fue a tablas, hizo el numerito de echarse la muleta al hombro y caminar en pos del toro, se le arrancó éste ya de cerca, y quedó algo más de media espada, que fue escupiendo, perpendicular, contraria, delantera y atravesada. ¡Fantástico! Escuchó un aviso, reglamentario por fin, trató de hipnotizar al toro en la barrera, para que doblase sin necesidad de puntilla, y visto que su capacidad hipnotizadora era escasa, lo descabelló. Una petición, ahora del público de todos los días, que se había dado cuenta de que lo que le gusta es el solar de Urtasun, esto es, el circo y no los toros, y con la escusa cobarde de la mayoría, el sumiso señor Fernández Serrano, accedió a concederle la segunda oreja. ¡Vivan los enanitos toreros!
Dos corridas en una. Ahora podremos decir a los emigrantes a Aranjuez, lo que se han perdido, sin que nos canten cómo Morante y Aguado les deleitaron, con unos lamelibranquios que se movían, dulce y baboseantemente, por allá.