Décimo novena corrida de la Feria de San Isidro 2026
-Pero, ¿era de dos o de una?
-De una, de una, sin duda.
-No, hombre, de dos. No tienes ni idea.
-¿De dos?, ni loco, ¿pero tu estás bien? ¿Has visto lo que ha hecho o no has ido a la corrida?
-Pero, caramba, si ha estado fenomenal… ¡Vaya estocada!
-Sí, sí, pero al principio despegado y llevándoselo lejos del cuerpo y rematándolo por allá.
-Bueno pero al final se lo ha metido para dentro…
-Sí, sí, cuando el toro ya estaba dominado, cansado y mareado; claro, así cualquiera.
-Ya, y la estocada recibiendo ¿qué?
-¿Qué?, qué muy bien, por eso le doy la oreja, pero las dos…
-Qué va, sólo con la faena ya había una, y con la estocada, dos. Justas y necesarias.
-Necesarias para los que no sabéis ver toros. Al toro habría que haberle dado una del torero.
-Desde luego, qué atrevida es la ignorancia...
-Peor es el triunfalismo imperante...
-Pues te propongo que le quitemos una por la malísima faena al sexto y asunto arreglado…
-Ves, olé ahí, ahí sí que coincidimos. Dos menos una, y se queda en una. Arreglado y tan amigos. Vámonos a cenar...
Y así podríamos definir y resumir la corrida de los “victorinos” de hoy, y la actuación de Román en el tercer toro, lo único sobresaliente de un festejo muy, pero que muy, desigual y con más toros -sin excesos- que toreros.
Hablar de la casquería me resulta estéril, porque sin apreciar lo realizado por los diestros, y el comportamiento del toro, dado lo veleto del palco -en el sentido aéreo y ventisquero, cambiante según los aires que le dan, y no en el del tocado cefálico de los toros-, y las veleidades del público, es absurdo por completo. Lo mejor que podríamos hacer es darle a todos los toreros, absolutamente a todos, sin discusión ni excepción alguna, las dos orejas y el rabo de cada res lidiada, para que todos se vayan contentos a casa, y a partir de ahí podremos discutir los méritos de cada cuál. Ya sé que es pensar mucho, y que hay que meditar y exponer argumentos, pero… Y, si quieren, les invitamos a dar una, cinco, quince vueltas al ruedo, a ver quién es el guapo que da más de dos o a lo sumo tres… a cinco minutos por “round”, como en el boxeo (sí, que sí, que ya sé que duran 3 minutos para el masculino y 2 para el femenino). Si conseguimos eso, se acabaron los “goles” en las corridas y habrá que empezar a valorar lo hecho o dejado de hacer; en los méritos de lo realizado, y no en el número de gentes que sacan a pasear su moquero al aire en cada corrida… porque mañana has de decir que estuviste en un espectáculo grandioso. Hombre, hoy con el Papa León XIV en Madrid, váyanse a verle y se lo contarán a su nietos. Y así no tendremos que hablar, ni de mocos, ni de los del palco… Sí, mejor no hablar del palco… porque el Papa no sé si podrá perdonarnos aunque nos confesemos.
Por cierto, en la salida a hombros de Román de ayer hubo menos jóvenes que en otras ocasiones; quizá porque la lamentable faena al sexto les dejó fríos o vacíos, o vació de “glamour” al diestro; quizá porque es un “probe” lidiador que no se adecúa a las formas y maneras de los espadas más citados en la Prensa del Movimiento. El caso fue, y es, que no atrajo a las multitudes que en otros casos hemos visto, y seguro que hubo mucho menos de la mitad de “selfies”.
La corrida de Victorino Martín, actual presidente de la Fundación Toro de Lidia, no lo olvidemos por las consecuencias que de ello puedan derivarse en los órdenes económico y civil, trajo a la escena madrileña una corrida muy desigual, no tanto en el peso -que siempre es secundario, sólo 52 kilos de diferencia frente a los más de 100 de otras vacadas de este san Isidro-, sino de hechuras y comportamiento. Pero no salió, en conjunto, como aquellas triunfales de los setenta o comienzos de los ochenta -hasta el desastre de Velador como semental-. Aquel torrente de casta desbordante, el revolverse indómito, la acometividad, se va dulcificando hacia una manejabilidad, hacia las embestidas más nobles, y aunque aun no ha llegado a los niveles de toreabilidad, ni le salen toros pastueños y aborregados, es cierto, y a Dios gracias, se atisban ya algunas señales que nos llenan de inquietud, y que nos embargan el corazón. No fue, ni mucho menos, el comportamiento de las corridas de estos dos últimos años, pero no podemos calificarla de mala, aunque quizá sí de mansa. Casta hubo, sin duda, pero no de aquellos tiempos, ni con las mismas dificultades. Los tiempos cambian, es verdad, pero no siempre todo evoluciona para mejor, por más que desde los púlpitos de todo tipo nos lo cuenten y adoctrinen.
El primer “victorino”, de Morenito de Aranda, fue un animal en el tipo de la casa, largo, veleto, degollado y con hocico de alcuza, pero… perdió las manos en el segundo capotazo siguió flojito (se ve que es el sino de todos los primeros toros en Las Ventas), se dejó pegar en varas, mirando por dónde andaba la salida, y en cuanto vio un capote lo siguió dócilmente. Morenito, Jesús Martínez en la intimidad, lo lanceó sin gracia, ni interés, perdiendo pasos hacia los medios de salida, frente a sus cortas embestidas. Llegó el animal, tras un paso por el segundo tercio, igualmente anodino, con poco viaje, flojo y cayéndose a la muleta. Cuando Morenito, Jesús, le bajaba la mano, daba con sus huesos en el santo suelo que habrá de volver a besar Castella en alguna ocasión, y sin confiarse, desde fuera
y con bastantes reparos, consiguió que el toro fuese aun peor. ¡Qué lástima, porque sabemos que sabe y puede! El toro al paso, empezó a quedarse en el centro de la suerte, le obligaría a pajarear mucho entre lances, aunque conseguiría sacarle pase y medio con la zurda bastante buenos. Pues nada, volvió a la derecha acto seguido… y el toro casi se lo come crudo. Y visto que por allí iba peor, quizá para mostrarle a la gente la imposibilidad de aquello, se dobló con movimiento, se fue por la espada y le dejó media estocada atravesada, con desarme, y él casi coge el olivo. Sonó un aviso y lo remataría con dos descabellos. El toro sólo desarrolló sentido por el pitón derecho, por el izquierdo era bastante mejor; no era tonto, pero tampoco tenía el picante y la chispa que todos querríamos. En el cuarto, y vista la experiencia previa, Morenito -que quizá no está para estas corridas-, se dobló con el capote, hacia los medios, exageradamente, castigándole bastante: aplausos. Tampoco fue bravo en el caballo el de Victorino, dejándose pegar, durmiéndose bajo el peto, en paralelo al caballo y cayéndose al salir del primer encuentro. Poca cosa, sin duda. Lo banderillearon como pudieron. Se lo sacó a los medios Jesús, y allá le dio una buena tanda a derechas, pero… ¡una y no más, santo Tomás!; después vino la descolocación, y el dar voces que se ha puesto de moda y que agrada tantísimo al público del tenis profesional. Por si acaso repetía, con la zurda le fue administrando los pases de uno en uno, con reposo, para acortar distancias en cuanto pudo, porque eso del corazón… Hay que prevenir infartos, y el toro, si se arranca a media distancia y viene con empuje, te puede dar un susto. Total, que lo ahogó y no nos lo mostró, una pena, morena. Se pasó de faena porque es otra de las costumbres que se van haciendo habituales, antes de embutirle un espadazo, en los mismísimos bajos, entero y verdadero, con pérdida de muleta; y escuchó otro aviso. Faena, lamentablemente, de más a menos, con apenas unas pinceladas de las que atesora.
Lo de Fernando Adrián, en esta su tercera aparición isidril -justificada en buena medida por el populismo que practica en su toreo y sus bajos honorarios-, lo hemos dicho ya, es para otro tipo de plazas. En los pueblos va a tener triunfos asegurados; en plazas de tercera o portátiles les gustará una enormidad, pero en Madrid, donde se exige más colocación, torería, mando, gusto y clase… lo tiene verdaderamente complicado. El segundo toro de la tarde tenía poco trapío en general, ensillado, con poca culata pero con dos velas por delante. No hubo historia que narrarles en el primer tercio: todo insulso, con el toro que se caería antes de la primera vara, mal puesto en suerte y poco, muy poco castigado por Pedro Iturralde, y eso que entró tres veces a ver si se lo dejaban a modo… Pasó por banderillas sin pena ni gloria, y se puso algo gazapón, haciendo hilo constantemente al peón de brega. Adrián le daría una larguísima serie de tanteo, no recuerdo el número de pases pero seguro que anduvieron sobre la docena, vulgares, sin levantar pasión alguna, y luego se puso a dar muletazos como si no hubiese un mañana. Venga, unos por acá, por allá, con una mano, con la otra, siempre desde fuera de la rectitud, perdiendo pasos entre éstos y aquéllos, todo metiendo pico ya saben para qué; una nadería que podría haberse resumido en dos únicas tandas y a otra cosa. Lo de aguantar en el sitio y ligar sin moverse… era de otra película. Al menos el toro tenía alguna transmisión y se iría complicando después porque no era el bobo de tantos días de figuritas. No sé cuántos lances le daría a lo largo de la faena, pero que fueron muchísimos eso es seguro, probablemente de récord, pero todo fue de una vulgaridad absoluta, lo siento, porque a mí me gusta, como a cualquiera, la estética o el dominio. Estocada, perfilado desde fuera, entera y algo desprendida y muerte de toro encastado, aplaudido en el arrastre. En el quinto volverían a repetirse los pitos al diestro durante la faena. Fue un toro cuajado… con una cabeza impropia de Madrid, acuérdense del cuento de Morris el alce enano. Pero hombre, Victorino, ¿no había otra cosa? Ya sabemos que el nivel de los veterinarios es el que es, y el que se mueve es desplazado hacia su casa por la Comunidad, a petición de la empresa (que es quien elige a los asesores artísticos, y así nos va, y que cobran de ésta….), pero si habían salido otros con más presencia y menos kilos… Lanceó Fernando Adrián a éste hacia los medios, perdiendo terreno, pasó el “victorino” por varas con más apariencias que verdades (hizo el puente), aunque vimos la octava rotura de vara en lo que llevamos de feria isidril, y provocó, en una tercera entrada, también sin castigo alguno, una caída de latiguillo del picador. Así que sólo cuenta la primera entrada… Cosas de la vida. El peor presidente de los últimos años en el palco, cambió el tercio… seguro que asesorado por el asesor colocado, pagado y propuesto por la empresa a la Comunidad. Al menos se le banderilleó medianamente, algo es algo. En la muleta todo fue de más a menos, pero a mucho menos. Series inacabables en las que el diestro no decía nada (si por lo menos hubiese gritado a la moda…), abuso espectacular del pico de la muleta, acortar distancias para que el toro pesase menos (cuando el toro lo que necesitaba era un par de metros), alardes encimistas, con péndulo incluido: una faena horripilante. Lo despenó, a Dios gracias, de un pinchazo arriba, una entera despedida y atravesada, llegó el consabido aviso; el toro que se echa y lo levanta el puntillero, y 3 descabelllos (que sumados a los que llevamos de feria, ya haré el cálculo, superarán los doscientos cincuenta, seguro)
Mejor suerte le cupo al valenciano Román. Y eso que al tercero le faltaba remate por todos los lados, aunque tuviese unos notables pitones veletos. Nada hubo digno de mención con el capote (lo que habría que haber pesado en la concesión de la segunda y festivalera oreja), en la primera vara le picaron un poco, salió perdiendo las manos y se caería. En la segunda vara, trasera y caída, rectificó el matarife en sendas ocasiones, a cada cual peor, convirtiendo aquello en una carnicería… ¿autorizada y tolerada por quién...? Volvería, como es de suponer, a caerse el bicho tras la misma. Destaquemos un tercer par de banderillas de Víctor del Pozo antes de llegar a la parte que únicamente interesa al 99% de los asistentes. Comenzó Román despegado, llevándoselo por las afueras, distanciado del toro y en paralelo, como midiéndolo o, si quieren, metiéndolo en el engaño, ¡vaya usted a saber! Pero como el toro repetía, fueron muy aplaudidos estos comienzos, inexplicablemente, y sin una sola voz que le dijera que se colocase o se lo llevase por algo que no fuese el Congo Belga. El caso es que fue consiguiéndolo, y cada vez fue acercándoselo más, pasándolo más cerca, y acabó por torearlo con más verdad. De menos a más, al contrario que… ya saben. Ligó y templó más que sus dos compañeros de terna, mejoró con la zurda, cuando por fin se colocó en el sitio de verdad, y ahí llegaron los mejores momentos del trasteo, tirando más del toro. Después de coger la espada, y tirarla al suelo, ¡pero hombre!, dio otra serie con la derecha, desigual, con algún muletazo bueno, y citó a recibir de verdad, dejando una estocada, en los medios, por arriba, quizás un poco perpendicular, pero de efecto rápido, muriendo el bicho en los medios, embistiendo, con casta.. El público, entusiasmado, pidió la primera oreja y el presidente le dio la segunda. Faena importante sin duda, con comienzo más flojo, pero yendo a más y rematada con una estocada de las que ya no se ven. No discutamos sobre la validez de los trofeos, pero recuerden que no hubo capote digno de reseña, que la lidia dejó que desear y que las primeras series tuvieron un metro de distancia entre el cuerpo del lidiador y el semoviente cuadrúpedo y cornúpeto. Pero… y siempre lo hay… devolvió en buena medida lo ganado en el sexto y postrer “victorino”, en una faena facilona, de nulo ajuste, tirando líneas hacia las Kimbambas, provincia del Congo, por cierto, despegada y quejándose en voz alta del toro porque salía distraído de la suerte cuando, en muy buena parte, era culpa suya. ¡Hay que ver, echar la culpa a quien ni la tiene, ni puede disculparse! ¡Eso no se hace! ¡Qué devuelva una oreja! Y eso que el toro, bien puesto de cabeza, iba y venía como un “domecq” cualquiera, con bastante nobleza en general, aunque con más brío inicial. Lo capoteó sin interés (ya tenía la puerta grande ganada), pasó por varas entrando al paso, empujando primero y dejándose pegar después, saliendo hacia los capotes salvadores de aquella tortura, fue mal banderilleado… y vino la ignominia. Tanteo genuflexo para alejárselo del cuerpo, lo llevó con la derecha, bastante distanciado, en paralelo, largo, pero sin metérselo jamás para dentro, y ahí acabó la cosa. El toro se distraía en la salida de los muletazos hacia el país vecino del Zaire, y él quejándose a gritos del toro… ¡Vivir para ver! Por lo menos, lo poco y malo, si corto, menos malo. Así que rápidamente, porque ya tenía la salida a hombros asegurada, cogió la tizona, le sacudió cuatro pinchazos por los bajos, uno de ellos con desarme muleteril, ¡Dios mío!, y media perpendicular, también caída y atravesada, que requirió un descabello. Uno más para la larguísima cuenta…
La pelea de los “victorinos” en varas fue bastante pobre en general, dejándose sacudir sin pelea, apenas apretando en los inicios, y aunque luego los hubo de diferente condición en la muleta -los dos más fáciles para Román, pero tampoco los de Adrián eran “alimañas”-, echamos de menos el picante y amplia sabiduría que los de antaño tenían. En cuanto a la casquería regalada desde el palco, con la generosidad habitual del peor presidente de los últimos años -y no me refiero a la política, que todo es mejorable-, si acaso pudiera justificarse en el primero de Román, con su labor en el sexto de la tarde, los deméritos le hicieron acreedor de una rebaja más que sustancial. Pero aquí nada importa.
Acabada la feria isidril, a falta de la corrida “in Memoriam” a Sánchez Mejías, que tendría más sentido en 2027 o 2034, pero no se les ha ocurrido a los pensantes de la empresa…, me retiro por el foro, vuelvo entre bastidores, echó el telón, y retorno a la catacumba de la que no debí salir desde el siglo áureo de nuestras letras… que he mancillado con estas crónicas.