Aún quedan hombres buenos custodiando la bravura. Es difícil y arduo llegar a ellos, tanto por la agreste orografía donde acampan ―gracias, Emi, sin ti no habría sido posible― como por la coraza que forja su carácter, bravo pero noble, como si de sus utreros se tratase. Pero en pleno corazón de la serranía conquense tuvimos la inmensa suerte de poder coincidir con los hombres que conducen las reses bravas de Alicia Chico desde la sierra de Albarracín a Vilches, en Jaén.
Esta ganadería es la última en realizar la vereda, no son los últimos mohicanos, eso nos pilla lejos, pero sí se percibe el final de algo ¿o no? Ya no quedan hombres como ellos: Tomás, Raúl, Miguel, Emilio, Paulino y Eleuterio. Hombres de anchas y férreas manos, curtidos por el frío del camino, con horizonte en la mirada y calor, mucho calor, en su alma.
Llevan unos días de camino y hacen noche cerca de La Cierva, tienen suerte en esta jornada y van a poder encerrar las vacas en un cercado, lo que les permitirá dormir algo más tranquilos. A la mañana siguiente tendrán que ir en busca de una vaca que se había quedado atrás, pero esa es otra historia.
Encerradas las más de cuatrocientas cabezas de ganado con ayuda de sus perros ―cruce de alano―, y con la facilidad y sabiduría que les da el trabajo, se permiten un rato de relajo frente a la lumbre viva y esclarecedora que ilumina la España vacía que ellos llenan y guardan.
Charlan con calma, con reposo, sin prisa y con sinceridad, con el corazón en sus trabajadas manos porque no hay mejor forma de combatir el frío. Sus palabras son pocas, pero certeras, honestas y rebosantes de sabiduría. Su carácter montaraz se parece al de sus vacas: duras, encastadas y con genio.
La conversación gira alrededor del toro, de lo que debería ser, de lo que se ve y, sobre todo, de lo que no se ve. Su generosidad para con los animales no tiene fisuras: se hace el camino pensando en ellos, dándoles sus jornadas de descanso, brujuleando para hallar los mejores lugares para que pasten. Pero es que esa generosidad también la tienen con cualquiera que se acerque a ellos. Su hospitalidad casi asusta.
Aún hubo más; cuando arreciaba el cierzo y el silencio cubría el cielo negro, boca de lobo la noche, Tomás se sinceró: «lo de santacoloma es exigente, te pide que le abras caminos, que primero le tires líneas, no puedes confiarte ni quedarte descubierto, pero si le consientes y le tragas, este toro al final se entrega y te regala quince, veinte embestidas, y luego ahí rebosa la nobleza».
Aquí no hay jerarquías, nadie es más que nadie; abruma el modo en el que estos hombres buenos te abren las puertas de su casa, que ocupa el espacio que va de la vereda hasta el cielo, y le obligan a uno a recordar que la palabra es ley y que un simple apretón de manos encierra más lealtad que cien firmas en un contrato.
Ya va llegando la noche, la lumbre ilumina el centro de la sierra y llega la hora de retirarse para dejar descansar a estos montaraces que lejos de dejar que el fuego se apague lo avivarán con su cariño, afición y amor por el toro. ¿Encontrarán acaso a alguien que lo releve? ¿Alguien que sea capaz y tenga el arrojo de recoger la antorcha?
Porque, aunque no nos lo creamos, la Verdad no está en Instagram ni en Facebook. Está en el sentir de estos hombres que afirman sin rubor que “Esto ―y Tomás mira alrededor, reposando la vista entre los pinos y las vacas―, esto es mi vida”.
Escrito por Rebeca Fuentes Arcos y Óscar Escribano, socios de la Asociación El Toro de Madrid
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