El miércoles nos devolvió a una realidad incombustible: la pérdida de casta de los toros es uno, aunque no el único, de los males que acucian a la fiesta del siglo XXI. Íbamos con la ilusión de recuperar para el ruedo venteño una corrida completa del mítico hierro de Pablo Romero, hoy Partido de Resina. Nos habían dejado buen recuerdo dos de los lidiados en septiembre del año pasado… Pero el pasado es eso, pasado. Y nos encontramos con un encierro lamentable, o con una encerrona insufrible, como mejor les parezca. Además, el cartel de matadores se las traía... ¿Dónde está el CAT? ¿Se aprueba todo lo que debe venir a San Isidro, el mayor escaparate del toreo mundial, según decide la empresa? ¿El pliego de condiciones permite estas cosas? ¡Dios mío! ¿Quién redactó ese engendro infumable para volver a dar la plaza a la empresa anterior? Exigir responsabilidades a un Centro de tal condición, con tales mimbres y notabilidades, nos parece de todo punto infructuoso. Siga la fiesta… y no la taurina, precisamente. El callejón al poder, con “p”, no se asusten.
Los del antiguo hierro de Pablo Romero salieron a su aire, cada uno al suyo, y el aire que les dio, fue diferente para cada cual. ¿Fueron duros, malos, regulares, encastados a la defensiva, descastados? Fueron diferentes de tipo, de trapío, de mansedumbre, de comportamiento, de todo; más que una ganadería parecía una pasarela de reses que no llegaban a ser de lidia, sino un muestrario de animales para que escogiéramos… el peor. Y no sé a qué carta quedarme, la verdad. Se podrá argüir, y no faltará razón para ello, que la lidia fue desastrosa, los mineros de a caballo espantosos, y que de ello se derivó la condición ulterior de los cornúpetas; cierto. Pero cómo justificar sus embestidas a los de la acorazada Equigarce, cómo salieron del encuentro con los lanceros bengalíes, que, por cierto, se lucieron de lo lindo en su labor aniquiladora…
Incluso, para colmo de calamidades, al tercero le plantaron una divisa equivocada, quizá para hacernos ver que ese animalejo no tenía nada que ver con aquellos cárdenos hondos, profundos, badanudos, de amplios pechos y cuerpo cilíndrico, típicos del mítico hierro, de procedencia… Ahí no me pillan, que los programas e historias oficiales nos mienten más que letras tienen. Miren cómo se formó la ganadería, inicialmente, y luego pasen por alto cualquier posible cruce o refresco en los más de ciento treinta años de existencia, supuesta y falsamente, endogámica.
La presencia de Calita y de Colombo se debe justificar, a mi parecer, por el inexcusable cambio cromático; no sólo porque da color internacional a San Isidro, santo universal, pero nacido en Magerit; sino porque luego hay que contratar a los toreros de la empresa en las Américas, del Norte y del Sur. Así que, cambiamos a tal por cual, tu me pones a éste y yo te pongo a aquél, y asunto arreglado. Y mostramos que liberales -con pasado comunista- somos, qué abiertos a los países hermanos, qué oportunidades damos. ¡Qué oportunidades damos!, sin duda…
Pues dicho lo dicho, vayamos al tajo; no al Tajo-Segura, claro, más seco que el desierto almeriense, sino al que seguro nos lleva al infierno… La malas intenciones no quedarán sin castigo.
Se nos anunciaba, para este día 13 de mayo, un corridón de Partido de Resina para los… y ahí me reservo el calificativo de diestros, Antonio Ferrera, Ernesto Javier Tapia Calita y Jesús Enrique Colombo. Terna internacional, un español, un mejicano y un venezolano.
El único de los tres que hizo algún mérito fue el mallorquín de Buñola, no mucho, cierto, pero puso ganas y pundonor, estuvo atento a la lidia y quiso agradar, practicó su heterodoxia y nos dejó alguna pincelada en el cuarto… y pare ahí la cuestión. En su primero supo sujetar al toro, que andaba un poco suelto y a su aire, en los mismos medios. Lo puso en suerte para varas, y lo sacó de allí, personalmente, sin intervención del típico y tópico peón de brega, sin grandes alardes artísticos. Dos puyazos traseros y caídos, en algún caso, aunque el toro no salió tan suelto en la segunda como en la primera ocasión. Ferrera decidió mostrarnos algo que yo no había visto nunca: lidiar en el segundo tercio al burel (eso sí lo he visto muchos veces), permitiendo que sus tres peones pusieran un par cada cual (de eso no tengo recuerdo), permitiendo que pudieran lucirse. La verdad es que nada resultó como cabía esperar, y los tres avezados banderilleros (Ángel Otero, Miguelín Murillo y Fernando Sánchez, ¡vaya cuadrilla!), pasaron sin mayor pena ni gloria alguna. Los tres pares fueron un poco a cabeza pasada, aunque el mejor lo puso Murillo. Inició la faena Ferrera, aunque no se diera cuenta el público, con algún semi doblón interesante, pero siguió después algo sucio y atropellado en general. Por largar mucho trapo, defensivamente, ni con derecha, ni con izquierda conseguiría llegar al público, siempre algo despegado y fuera de la estricta rectitud. Lo despenó, porque el bicho era una pena auténtica, de una estocada entera, contraria y un poco atravesada. El toro no dijo ni “mu”, lo que nos sorprendió porque es su decir natural. Con el cuarto de Ferrera, recuperaríamos la divisa original, celeste y blanca… ya verán. Lances perdiendo pasos hacia los medios, antes de que pasara por varas como quien huye del hombre del saco. Y es que era, como sus hermanos, un bicho inteligente: ir por ir, pero ir para “na”... Se complicó en banderillas y sólo vimos un par aceptable, en cuarta instancia, de Fernando Sánchez. Pero, hete aquí, vino lo más interesante del festejo, con un torero porfión, ante un cornúpeta que iba con la cara alta, distraído, sin fijeza, y al que le acabaría sacado algún natural más que decente, a base de insistir. Quizá en ello pecó, porque lo hizo al final en exceso para tan paupérrimo resultado; pero le agradecemos el esfuerzo. Escuchó un aviso antes de dejar una estocada entera desprendida. Al menos se justificó.
A Calita le debieron instruir antes del paseíllo, diciéndole que en Madrid gustan que el torero se coloque en su sitio para torear… y esa fue la principal preocupación del mejicano. El torero, iba a decir azteca pero al parecer no debe quedar ninguno ya, después de que por allí pasara Hernán Cortés (según la Sheinbaum)… Pues nada, el torero de Naucalpan, que según una revista que nos dieron pesa 70 kilos, mide 1.80 (suponemos que metros y no yardas o pulgadas yanquis), tiene 5 tatuajes (no sabemos dónde), le gusta el tequila, los tacos (de comer), las hamburguesas, la pizza, la pasta y la carne (tampoco sean mal pensados), la ropa de lujo y los Mercedes (no sean mal pensados, los, no las), y que es apasionado y leal… fiel a esta última condición optó por colocarse siempre delante de sus toros tal y como le habían dicho. Eso no fue óbice para que recibiese al segundo perdiendo terreno hacia los medios, antes de que el toro se cayese. El toro salió suelto de ambos encuentros con los tanques equigarcenses, y en banderillas sólo destacamos un buen quite de Ferrera, atento a ello. Con la muleta, de uno en uno, colocado, pero echándose el toro para afuera, necesitó de muchísimo movimiento entre pases para recolocarse. Aquello fue larguísimo. Entre que el toro flojeaba, iba a media altura, soso y cada vez con menor recorrido, parecía que a su matador le pagarían por pasos recorridos o, como se decía antaño, por kilómetros. Nihilismo absoluto; es decir nada por un lado, nada por otro, nada de nada en conjunto. Le sacudió un metisaca bajo, cuarteando, dos pinchazos con iguales méritos y un bajonazo, aguantando; fantástico. O sea, una estocada autolítica. En el quinto no hay que apuntar nada con el capote. Pero fue el único que se comportó en varas como debiera, al menos en la primera, porque en la segunda salió suelto tras cornear el peto. El toro, como varios de sus hermanos, esperó mucho en el banderillas, hasta el punto de que hizo pasar en falso a Juan Sierra, igual que lo hizo el anterior con Ángel Otero, aunque expuso en el siguiente encuentro. Sin ganas de embestir, cortito, con la cara arriba, en fin, como el resto de la corrida, el bicho mostró cualidades dignas de repensar sobre la reata, semental y selección. Calita no caló para nada en los tendidos (me temo que he puesto en grave riesgo mi vida, dado el carácter mejicano y sus ciento y pico mil desaparecidos… actuales, no de cuando sus habitantes eran todos españoles.. hace ya más de dos siglos completos, ¡como para haber cambiado algo!, digo yo). Pero eso sí, y mis disculpas hacia el diestro con el que no tiene nada que ver, éste es incansable, inagotable. Pases de uno en uno, colocado, pero teniendo que moverse muchísimo entre ellos, para recolocarse. En resumen, insufrible. ¿Hubo toro para más? Incógnita indescifrable (ni Alan Turing la descifra). Le dejó un espadazo entero, saliéndose un poco y alargando el brazo.
El tercer toro era más que feo, horrible, y salió con una divisa roja que no sabemos a quien pertenecería. Tenía carita de novillo, cuello largo, recogido de vientre y tipo de raza indeterminada. Brusco y saltarín desde el principio, Colombo (que no es el eficaz y socarrón teniente televisivo), fue intentando meterle en el engaño, perdiendo terreno hacia todos los tercios de la plaza… Fatalmente picado, el supuesto Pablo Romero, tras de un soberano batacazo, se quedó inmóvil en el suelo, “sin mecha al parecer” (verso de Espronceda, no mío), y después de la segunda entrada volvió a lo mismo, como una estatua de sal (aunque en este caso, el Santo Job fuimos nosotros, los pacientes espectadores de aquello). Lo quitó Ferrera, personalmente. Sin embargo, algo debió encenderse en su interior porque acudió alegre a banderillas, para que Colombo le plantara tres pares, no a cabeza pasada, sino desde el mismo costillar, tomando el olivo en sendas ocasiones. La faena pudo haberla hecho desde la mismísima Venezuela, tales eran las precauciones y despegamiento de uno y otro, y el mandar al toro hacia las afueras, cuestión que el bicho obedecía aunque rechistando a veces. Y eso que embistió con ganas en los dos primeros pases de las dos primeras tandas; pero el animal empezara a meditar que eso de que le marearan… Inteligencia toruna; el toro debía ser inteligente porque se lo pensaba todo muchísimo. Sonó un aviso sin entrar a matar, y después hubo un pinchazo hondo desprendido, dos descabellos, el primero bastante caído, y los de Ben-Hur haciendo lo suyo. El último fue el más grande de la corrida, pero también sin cuajo de Pablo Romero. Largo, es cierto, pero degollado, sin badana, hocico de alcuza… juzguen por ustedes mismos. Colombo lo paró, sacándolo hacia los medios con mucha “movisión”. Visto lo visto, don Pepe Aguado, ejecutor supremo del tercio inicial, lo acosó saltándose las rayas, para nada… ¡Manso de solemnidad! En banderillas contemplamos otro espectáculo nunca visto por el que subscribe: Colombo pasó cuatro veces en falso, sin dejar un solo palo; y cedió su quehacer a la cuadrilla, que en cinco pasadas más, sólo dejó dos de ellos colocados. El presidente cambió el tercio, por aquello de la prevención de riesgos laborales. A nadie se le ocurrió poner, ante la inmovilidad del animal hacia las afueras, un par por los adentros, en paralelo a tablas, a la media vuelta o de dentro afuera… ¡para qué! El toro iba aprendiendo acadio, sánscrito y arameo, por escrito, y hablado fluidamente. La faena fue como el Titanic, larga como un transatlántico, pesada como sus miles de toneladas, y yéndose a pique en los minutos que siguieron al toque de clarín. No contabilicé, ni los pases, ni los interminables minutos que pasaban entre lance y lance, entre serie y serie, por no sufrir, ni mortificarles a ustedes. Eso sí, Colombo creía, y era el único en la plaza, en lo que hacía, y nos pidió aun más calma con la mano. ¡Dios bendito! Es cierto que en el Caribe todo va mucho más despacio… Y ya, desesperado todo el mundo, le largó un sablazo como por la paletilla, y a otra cosa, mariposa.
Y lo dicho… ¿dónde andarán aquellos “pablorromeros”?