Indulto.- Gracia por la que se perdona la vida a un toro. Nieto Manjon, Luis – Diccionario ilustrado de Términos Taurinos – Espasa Calpe – Madrid –
1987
El caso del indulto en la tauromaquia resulta contrario al significado en la vida civil, mientras que en esta el Estado al aplicar el indulto perdona al reo condenado, premia al delincuente arrepentido, en el mundo del toro es también una medida de gracia, que premia a ese toro excepcional, con una presencia -trapío- acorde para padrear, con una morfología y hechuras ajustadas al fenotipo del encaste y, que haya demostrado su bravura extraordinaria en el primer tercio, su fuerza, nobleza y emoción y también su comportamiento sobresaliente en los restantes.
Apenas ha empezado la temporada, cuando en Bargas -Toledo-, el pasado domingo 1 de marzo en un festival (11 orejas y 2 rabos) se ha concedido el indulto a Carcelero, de Santiago Domecq -en la foto-, novillo que le había correspondido a Tomas Rufo.
En el plano estadístico podemos contar los 11 indultos a lo largo del siglo XIX. En el siglo XX se indultaron entre novilladas y corridas 42 animales, pero en lo que llevamos en el presente cuarto de siglo han sido indultados más de 350 reses. La pasada temporada en España y Francia se indultaron 23 toros y 4 novillos. En nuestra Plaza de Toros de Las Ventas, ha habido un único indulto, Velador de Victorino Martin, indultado en corrida concurso en 1982, toro que correspondió su lidia a José Ortega Cano.
Las primeras noticias sobre el indulto se remontan al siglo XIX, sin que todavía se hubiese reglamentado su concesión. Se concedió a los animales cuyo comportamiento con los caballos había resultado excepcional, así en Pamplona el 7 de julio de 1858, se perdonó a Chocolatero, sexto de la tarde, toro tostado oscuro, de la ganadería de Zalduendo, lidiado por Julian Casas El Salamanquino, tomó 22 varas, mató diez caballos e hirió a otro.
Partiendo de la base que soy profundamente contrario a la concesión del indulto en los toros, tengo la obligación de respetarlo al así estar recogido en los diversos reglamentos taurinos a lo largo y ancho del mundo tauromaco.
Y digo que no estoy de acuerdo con la concesión del indulto por la sencilla razón que no ha completado, como toro de lidia, el fin para el que ha sido creado, el culmen de su vida, la muerte, muerte en leal y sincera lid con su adversario de lidia, el torero. La muerte del toro es la razón de la culminación del ritual de la lidia. El indulto es como una suspensión mística de la liturgia que evidentemente debería quedar como algo muy excepcional.
Si justificamos el indulto y por tanto justificamos no matar, atentamos contra el rigor ético de la tauromaquia.
El indulto debe recoger los méritos conjuntos del toro y su criador, sus cualidades genéticas extraordinarias, casta, bravura, fiereza, fuerza, poder, movilidad, entrega y durabilidad, méritos de los que puede disfrutar, o no, el matador, que en estos casos deja de serlo, porque cuando el toro es verdaderamente bravo, el mérito del torero se multiplica. “ ¡Que Dios te libre de un toro bravo!”, le sentenciaba Juan Belmonte a Marcial Lalanda.
El torero actual al enfrentarse a un animal de bravura y nobleza, para llegar al desenlace del indulto, frecuentemente alarga la faena más allá de las necesidades de la misma repitiendo pases y pases sin orden ni concierto llegando a emborronar todo lo anterior acontecido.
En el buenísmo que caracteriza a nuestra actual sociedad, nos lleva al inconsciente malestar de la muerte, llegando a la conciencia de estos públicos la sensación del perdón.
La sensibilidad actual exige que el toro reciba la muerte pronta, muchas veces mal ejecutada, para ahorrar sufrimiento al espectador, rápida, sin exigir que sea digna, con el debido respeto que se merece el animal.
Esto nos lleva a pensar, uno la bondad del actual público, que posiblemente no este lo suficientemente preparado a la hora de juzgar la categoría del toro, y dos, las presidencias de hoy en día que deben aplicar el reglamento y moderar la exagerada generosidad del espectador.
Hoy se utiliza el indulto, fundamentalmente como premio al torero, amparado en el buenísmo y sentimentalismo de estos públicos, la poca cultura taurina de los mismos, que confunden nobleza o bondad con bravura, que no evalúan la emoción de la lidia e influido por el nombre del torero, y por la estética de la faena, pervierte, desvirtúa el mérito del astado.
Al animal indultado se le puede sentir lúgubre , al no ver culminado aquello para lo que ha sido criado, y se ha entregado, derrochando casta, bravura y nobleza sin la culminación, la entrega de la muerte en un ritual sagrado para su especie, su criador, su matador y su público, porque no ha dado su fin en la ceremonia trágica de la corrida, que es la liturgia del enfrentamiento entre la vida y la muerte, santo y seña de nuestra condición de seres mortales.
El toro debe morir en la plaza, salvaguardando su integridad por su bravura, la dignidad del torero que lo ha lidiado y la respetabilidad de los espectadores que han asumido el hecho de verlo, porque la tauromaquia se verifica mientras el toro esté en la lidia, puede que dada su bravura se resista a morir, ensalzando más su condición, aún a pesar de que esta lucha terminal pueda incomodar la sensibilidad de muchos de estos públicos de ahora, en contrapartida muchos de nosotros homenajeamos la agonía de la fiera, animal totémico, convertido en héroe.
La tradición del espectáculo no puede abandonar su dignidad.
El indulto del toro no es ético, desnaturaliza la corrida y pervierte la selección genética del toro y los parámetros de su criador, el ganadero.