EL TOREO DE AYER Y EL DE HOY
A los toros hay que ir dispuesto a sufrir; provisto de lupa para comprobar la casta y fortaleza de las reses, la integridad de sus astas, el discurrir de la lidia, el mérito de los lidiadores, la calidad de los lances…
Joaquín Vidal
En el ayer, el toro bravo, era bravo porque embestía, por el hecho que acometiese con empuje reiterado a los caballos, ya era considerado toro de lidia; hasta los que no embestían a los caballos, si mostraban su predisposición a perseguir a los de a pie, así eran considerados.
Por tanto había muchas formas de lidiar, y todas se aplaudían cuando eran las adecuadas, y no se prefería, como ahora, una sola manera, la del parón y las manos bajas. El público aplaudía a matadores cuando alardeaban del valor y de su conocimiento de la profesión, dispuestos a matar todo lo que saliese por chiqueros, dando la condición exacta y completa de buen matador de toros, que no podrían ser nunca tal, si no era también un buen lidiador, cuando se lidiaba con recursos y con sentido defensivo hasta al toro más complicado. Se ponía atención en la lucha ofrecida y el consiguiente peligro, de donde nacía la emoción sentimental, la emoción del susto y sobresalto, más frecuente y sincera, que la hoy emoción estética.
La casta es una promesa que debe garantizar el ganadero y la ostenta el hierro de la res, luego está la probabilidad de la bravura, nunca una certeza; aunque sus ancestros hayan peleado brillantemente en la tienta, porque al toro, que es animal de gran memoria genética, la casta le lleva a tornarse defensivo o en cobarde mansedumbre, su nativa fiereza becerril.
Lo primero que importaba era la pureza y eficacia de la suerte de varas, que es principio y fundamento del toreo, la causa que hará al toro, lo ahormará para que después demuestre lo que podrá hacerle el matador, porque en ella está la grandeza de la fiesta y la verdad de la lidia.
Se admitía al peón que iba por fuera al toro que se colaba por debajo de la muleta, y se practicaban las suertes de matar a paso de banderillas, al hilo de las tablas o a media vuelta, el pase ayudado, con las dos manos. El lidiador aplicaba la variedad de su ciencia tauromaca según las condiciones del astado, toros que se revuelven, cortan el terreno, tienen arrancadas broncas; se daba importancia a estar cerca de los pitones en el momento de la conjunción, en el centro de la suerte y nadie pensaba, ni osaba, en ceñirse después y mejorarse, colocándose detrás de la oreja del toro, porque ni entonces ni ahora, ni nunca, hirieron ni hieren los toros con las orejas.
En cuanto a la estética del arte del toreo, esta comenzó su evolución buscando la plasticidad y el ritmo; inició con el cordobés Rafael Molina Lagartijo, y fue creciendo con Rafael Guerra Guerrita, para venir a menos después, pese a la elegancia de Antonio Fuentes y la alegría de Ricardo Torres Bombita, hasta llegar al resurgimiento de la eficacia, belleza y brillantez de José Gómez Joselito y Juan Belmonte. Componiendo la postura escultórica frente al riesgo. Desde esos momentos acá se ha venido toreando cada día más cerca, por supuesto con un enemigo muy distinto. Manolete con su sublime estilo artístico, esperando al toro sin adelantar la muleta, Domingo Ortega con el singular manejo enérgico de la muñeca, Paco Ojeda con su particular sentido de las distancias, y José Tomas invadiendo el terreno que tenía asignado el toro. En el instante de la suprema inmovilidad, la figura del torero se agranda, se sutiliza, transfigurándose en una fuerza espiritual invisible, que colma el sentido del espectador, emocionándolo.
En lo que se refiere a la plasticidad de la faena, a la lentitud, al ritmo, se ha ganado mucho en la conjunción; el encuentro que pasó de ser rápido y fugitivo, se ha convertido en un elemento de grupo escultural, perdiendo en la carencia de estos, arte y profundidad.
Debido al trabajo de determinados ganaderos tan preocupados ellos en eso que llaman bravura, y que han logrado convertir en aquello tan mal sonante, “toreabilidad”, la de un toro colaborador que con una depurada técnica del torero, encandila a unos determinados espectadores..
El buen momento plástico del toreo lo fija la instantánea, donde no se recoge un solo instante de inmovilidad, dando al lidiador y toro una impresión estática, teniendo en cuenta que cuando en la lidia la técnica domina al arte, la realización plástica se frustra. Por eso el nuevo público se ha desviado de lo que es técnica y eficacia, para aplaudir casi exclusivamente lo que es escultura.
Enrique Ponce, Espartaco, El Juli, y un largo etc..representan en gran medida, la institucionalidad del actual toreo y la plástica estética en el mismo.
Pero en lo que se refiere a la eficacia y al saber lidiar, como tendría que ser obligación del torero de verdad, se ha perdido casi completamente, pues ahora los gustos van por otros derroteros; hoy solo gusta la faena bonita -en belleza hemos ganado-, con un toro mucho más fácil, pues hoy prácticamente todo lo que sale por chiqueros embiste, de mejor o peor manera. La faena de recurso y sabiduría, y de valor también, claro está, aunque no pueda torearse desde muy cerca, con un toro difícil, no solo no se aprecia, sino que no se admite, porque la masa de público exige que se toree igual a todos los toros.
Toros que salen de los laboratorios ganaderos con una sola clase de bravura, toros nobles y pastueños, que embisten derecho, que no puntea, que se queda quieto después de cada lance para que así el torero lo renueve, que no acude sino al cite, y que no embiste nunca intempestivamente, en definitiva un toro cómodo.
Lo cierto es que hoy en los ruedos no se ve más que una faena de muleta, siendo siempre la misma en esencia, más o menos valiente, más o menos bella/estética, más o menos inspirada; pero en esencia totalmente desligada de la función natural de toda la faena en los tres tercios: la muerte del toro. Por eso tenemos una pavorosa decadencia en públicos y afición, que sólo se centran en el preciosismo.
Si una faena no es toda ella de derechazos y naturales, no se la estima buena. Si un torero inteligente se dobla con el toro huido o consiente a un toro manso, o simplemente machetea con el pico de la muleta a uno que se desparrama peligrosamente, el público lo desdeña olvidándose que la suerte esencial es la de matar al bruto, y a ella deben estar subordinadas las demás. La fiesta ha entrado en una fase de monotonía y de cristalización, que está muy próxima a la fosilización.
Hoy que la la gente va a la plaza sin saber ni preocuparle el ganado que se lidia y que se sienta en su localidad en espera de recrearse en la postura más o menos artística, pero siempre estatuaria, del torero de turno, nadie, o casi nadie se fija en la suerte suprema -la estocada-, más que para empujar con la imaginación, a fin de que el torero acierte a la primera, en cualquier sitio, si es que la faena que hizo el espada resultó ser de las que ahora hacen fulgor. Porque esta suerte, en la que mas riesgo corre el torero, desgraciadamente ya no interesa, y por tanto al matador contagiándose de ello, se quita al enemigo de en medio de la forma más fácil, sabiendo que al proceder así se gana el fácil beneplácito del público.
Este año de 2026, de “sueños y esperanzas”, articulan los revisteros taurinos digitales, al hilo de los nuevos públicos -jóvenes- que inundan nuestras plazas, donde dicen deben convivir “la memoria y la renovación, la experiencia y la ilusión”, deseando.. “un año de emoción… y de futuro”.
Pero nos encontramos que las ferias, ya a estas alturas anunciadas, no se salen del sota, caballo y rey; diestros tan manoseados como Talavante, Luque, de Justo, Roca Rey, Castella, Pereda, Borja Jiménez, Ferrera, Manzanares, Urdiales, Escribano, Ureña, David de Miranda, Uceda Leal o los sevillanos Aguado y Ortega, son con los que los empresarios esperan colmar sus propósitos mercantiles, habiendo conquistado, según han podido comprobar en las últimas temporadas, a núcleos juveniles muy activos, grupos de jóvenes que eligen y comparten contenidos taurinos en las plataformas digitales, y en muchas ocasiones sin procedencia alguna de familias con tradición taurina.
Un público joven que se mueve en grupos afines en gustos, educación, amistad y que socializan con otros, dispares en origen, medios y hasta conceptos ideológicos, en una plaza de toros que es lugar de encuentro de la máxima libertad y germen de emociones. A este conjunto de jóvenes aficionados, es al que hay que orientar y presentar la tauromaquia, y contarles que no es solo un espectáculo de ocio y esparcimiento, sino que es sentimiento, sensibilidad, inquietud, en definitiva que la tauromaquia es un concepto de vida con altos valores humanos. Un verdadero acercamiento al pensamiento, la libertad y a nuestra cultura hispana.
Porque la tauromaquia es pasión y donde esta se impone, el conocimiento y la razón aumentan. Esto debe convertir a aquellos que se acerquen a ella con respeto, sinceridad e interés en aficionados, y por tanto a gozar del único y singular rito que es una corrida de toros, y no a convertirse en público de toros, en una masa reverente, modosa y bien avenida que comulga con esos principios taurineos que tan de moda están.
Esperamos a Víctor Hernández, Fernando Adrián, Román, David Galván, Tomas Rufo, Daniel Crespo, Gines Marín, Morenito de Aranda, Colombo, Fortes, Manuel Diosleguarde, Juan de Castilla, Isaac Fonseca, Jarocho, Molina, Damián Castaño, Luis Gerpe, Álvaro Lorenzo, Gómez del Pilar, Clemente, Javier Zulueta, Diego San Román… toreros con expectativas, que deben ser el nuevo aire, el oportuno repuesto del actual escalafón con matadores muchos de ellos con más de cuatro lustros de alternativa.
Francisco Javier Píriz Collado, miembro de la Asociación El Toro de Madrid