La penúltima tertulia de la Asociación El TORO de Madrid, antes de ir a renovar nuestros abonos, tuvo como protagonista a uno de los nuestros, el maestro Fernando Robleño. Maestro con todos los predicamentos.
Roberto García Yuste hizo de maestro de ceremonias tras la deferencia del actual presidente, Carlos Rodríguez, que le cedió tal honor. El acto principió guardando un minuto de silencio, muy de verdad, por el eterno descanso de Nicolás Cubero, alumno de la Escuela Taurina de Arganda del Rey - Fundación El Juli. Estos detalles de sensibilidad, que tanto se echan de menos por otros pagos, engrandecen a cualquier grupo humano. ¡Olé!
María Álvarez cargó con la responsabilidad de presentar a alguien tan conocido y tan querido por la asociación; se ató bien los machos y cargó la suerte regalándonos unas tandas magistrales de emoción, sin dar tres cuartos al pregonero. No se dejó impresionar ni por el momento ni por el auditorio y su brillante texto, mezcla de literatura y valiente introspección, evitó, a pesar de estar a la vera de uno de los nuestros, cualquier empalago hagiográfico. María terminó con la misma mesura con la que empezó. Otro ¡olé!
A partir de ahí, el ilustre invitado, guiado por el antiguo presidente, fue desgranando poco a poco los pormenores de su carrera, su relación con Las Ventas, las tardes inolvidables por tantos motivos, los toros que lo marcaron, sus miedos, sus decepciones por el trato de las empresas y, por encima de todo, la tranquilidad de su conciencia.
“Hay Puertas Grandes que no se recuerdan y faenas que nunca se olvidan”, si hay una frase que se podría destacar de Robleño es esta. Su carrera ha estado preñada de momentazos, de arrojo cabal, pero sobre todo, de gestas que, como es natural la afición tiene bien guardadas.
Salió a relucir el último 12 de octubre y todo lo que sucedió para que Fernando Robleño no pudiese disfrutar plenamente de una fecha que estaba reservada para él. Haciendo gala de una clase digna de mejor causa, el de San Fernando de Henares no tuvo el menor desaire para su padrino de alternativa, quien, a la postre, le birló, con puesta en escena incluida, todo el protagonismo. Lo que en realidad le causó desazón, fue el haber pinchado a su toro. Dejémoslo estar.
Robleño, nobleza obliga, tuvo que rendirse a Francia y a cómo lo han tratado a lo largo de toda su carrera. Su torería lo ha convertido en poco menos que hijo predilecto de Céret, aunque él y sólo él, sabe las fatigas que ha pasado en aquellos ruedos tan particulares. Todos nos pudimos hacer una vaga idea de lo que es el túnel de Céret, sus ritos musicales y la seriedad de lo que encierran sus chiqueros.
Nadie se extrañó de que confesase sin rubor que ama más al toro bravo que al toreo; ahí quedó eso. Recuerden que es uno de los nuestros.
Las preguntas que se le hicieron, en ningún momento trataron de incomodarle ni tampoco él buscó polemizar. Los circunloquios le ayudaron a escabullirse tras los encastes en lugar de matizar a alguna ganadería y tampoco se entretuvo en afear a tal o cual empresa. Elegancia y bonhomía a partes iguales.
Todos sabemos que toreros como Fernando Robleño han dado bastante más de lo que han recibido de una fiesta tan ingrata con los modestos. Sin duda esto pasa en todos los gremios, pero el pequeño detalle que distingue al toreo del teatro o la literatura es que aquí, los errores se pagan en el hule.
No era la primera comparencia de Robleño en esta tertulia, ni será la última, porque volveremos a saber de él a través de la Escuela Taurina José Cubero “Yiyo”, o cualquier otro proyecto. Quedó meridianamente claro que quien tantas veces se jugó la vida, va a seguir entregado al mundo del toro.
Siempre tuve la sensación viéndolo vestido de luces, tan lleno de honradez y verdad que Fernando Robleño, más que un torero, siempre me pareció un hombre. Perdón, quise decir HOMBRE.
Bienvenido Picazo
Abonado del Tendido 9