En la tercera tertulia de este primer ciclo de invierno 2026, hemos tenido el honor de contar con la presencia del insigne D. Rafael Cabrera Bonet, médico, especialista en Medicina Legal, Forense y Toxicología, además de Técnico Superior en Higiene Laboral. Es también desde hace años, presidente de la Unión de Bibliófilos Taurinos y miembro de esta Asociación. En esta ocasión, como gran aficionado y erudito de la tauromaquia, tiene infinidad de libros, artículos y colaboraciones sobre el tema, viene a visitarnos con motivo de su última publicación “El toro de lidia y la dehesa”, encabezando su charla con el sugerente título “Toros y..caracoles”.
Con su habitual cordialidad, gracejo, ingenio y simpatía ha estado durante las dos horas del acto, disertando sobre el semblante del toro de lidia, sus características, su evolución y estado actual, que amenizado con sus siempre divertidas peripecias y anécdotas, ha deleitado a la concurrencia.
El conferenciante ha expuesto su propia definición de los polémicos conceptos de trapío, casta y bravura del toro, lustrándonos con textos clásicos de José Bergamin o Félix Moreno Ardunay entre otros, dándonos unas pinceladas sobre encastes y ganaderías. Ha dejado claro que la definición de estos conceptos a lo largo de los tiempos y las modas es la que ha cambiado, nunca su esencia.
D. Rafael Cabrera Bonet, como excepcional conferenciante y buen comunicador, nos ha vuelto a invitar a la reflexión y naturalmente a la polémica en la tauromaquia.
La fiesta del toro es virilidad, fuerza, pasión y la emoción la decide la peligrosidad, el mayor riesgo exige, por tanto, de la agilidad y el dominio del torero para salvar las complicaciones, dificultades y peligros.
Por los chiqueros de la Plaza de Toros de Las Ventas, que más quisiéramos que fueran toros de más de cinco años los que salieran, toros grandes, respetables, como los que lidiaban los matadores de primeros del pasado siglo. No serán parejos de aquellos que lidiaban Guerrita y Frascuelo. Ni los que, en sus comienzos tuvieron que despachar Joselito y Belmonte. No se parecen a los que hacían frente Machaquito, Bombita y Vicente Pastor, porque hoy lo primero que ocurriría es que no se les podría lidiar como ahora. Y no por miedo, que también, sino por infundir más respeto y determinar otro tipo de precauciones. Las causas son distintas; se trata de la movilidad y acometida del animal, de la ocupación de esos terrenos que tanto discutimos y son pieza fundamental en la lidia.
Y si los espadas, al hacer sus faenas, sin poder aplicar el estilo que en la actualidad se practica, volviesen a aquel otro toro, el de las distancias, el de la forma precautoria y obligada, harían sentirse defraudado a este público. Poco a poco se le ha ido acostumbrando a un acercamiento hasta lo inverosímil, hasta haber agotado ya las posibilidades. Y como esto tiene aparentemente más emoción es indudable que gusta más. Los públicos de hoy en día, verían
reducida la sensación de arte y el sentido de bravura, que como nos contaba nuestro tertuliano ha ido evolucionando, ha ido cambiando con el paso de los tiempos.
Se trata de otra técnica, la del toreo, que viene naturalmente impuesta por las condiciones de las reses. Por la lógica y particular evolución de los ganaderos, que bien por asuntos crematísticos o por sus particulares gustos y de los públicos han derivado en el actual toro de lidia. La necesidad de acomodar el tipo de la res a la forma del toreo lleva, como todas las tendencias del arte, a que una vez implantadas se acentúen, exagerándolas, y los excesos no pueden ni deben tolerarse.
Hoy el público en general, por este cambio indiscutible que tenemos en gustos y preferencias, manifiesta un mayor interés por el tercer tercio de la lidia, despreciando los primeros, y se tolera un peor estilo en la suerte de matar con tal de que la faena haya sido lúcida, vistosa y de agilidad, aunque haya sido engañosa. Se ha perdido la lidia, que ya apenas interesa, imponiéndose este determinado estilo.
Los toreros, dicen, sirven a los gustos del público, que es el que manda. Pero la afición debe persistir, denunciando los defectos e inconvenientes que acompañan al actual toreo, que si efectivamente gusta y se ha impuesto no debe ser objeto de sacralizaciones tauromáquicas.
Hay épocas de crisis, de menor interés, pero ello se ha debido principalmente a los artistas actuantes. No hace falta referirnos a la figura de Manolete, El Cordobés, Espartaco, Ponce o El Juli, figuras carismáticas que sirvieron para levantar la afición en el mundo taurino, y que eran seguidos con vehemente entusiasmo, y que aprovechándose de las circunstancias acomodaron y ajustaron el toro a su propio estilo. Esto nos debería llevar a plantearnos si aficionados, público y espectadores, aprueban o rechazan estas determinadas formas.
Si lo de antes era mejor o peor es un tema a discernir, pues lo que manda en cada momento son las formas que se han impuesto, son las que predominan, son las que concurren en las preferencias y que nos vemos condenados a aceptar y en muchos casos a soportar.
Lo que quiere el aficionado es que no se le engañe, que las cosas se hagan con verdad. Y el toreo de ahora, si tiene algo, es una falta de verdad, de sinceridad, pleno de artimañas, que solo de manera obcecada se puede negar. A este toro que ya sale toreado, al que se le domina dócilmente, al que no se precisa lidiar para prepararlo para el momento culminante, que es el de matar, es al que se le rinde pleitesía. Y todo esto nos lleva a la degeneración que indudablemente se está produciendo en la tauromaquia.
En esta ocasión no ha lugar presentación alguna, D Rafael Cabrera Bonet, por todos conocido, fue acogido con unas cariñosas palabras por parte de nuestro presidente D. Carlos Rodríguez-Villa Rey, a esta que es su casa.