Leyendo el avance de los carteles de los que se ha hecho eco el portal dirigido por Marco Antonio Hierro, de la Feria de San Isidro 2026, he recordado las declaraciones de nuestro presidente Carlos Rodríguez-Villa Rey, en el programa “A Pie de Albero”, donde hablo de “la integridad” en la fiesta, más exactamente de la falta de esta, abriendo varias reflexiones sobre el asunto.
A la Integridad, podemos definirla, en lo que nos ocupa, como la cualidad moral del ser íntegro, completo, recto e intachable, que actúa siempre con coherencia, rectitud, honradez, probidad, lealtad, dignidad y entereza con los principios y valores demandados. Formulaba Ortega y Gasset que “La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera resulta imposible comprender la segunda”. La Fiesta refleja el actual estado
de nuestra sociedad y esta se contextualiza irremisiblemente en el toreo. En esta España en crisis de identidad, despersonalizada, masificada, dirigida, informatizada, digitalizada, consumista, con unos dirigentes en minorías, intoxicada por medios de comunicación, que desdeña el buen gusto, y sobre todo sin capacidad crítica, precisamos que la ética, la sinceridad y la integridad del espectáculo desborde en nuestra sociedad.
Por supuesto que hay fraude; por supuesto que hay engaño; por supuesto que hay muchos problemas y por supuesto que hay mucha picaresca, porque hay muchas personas que vive de la Fiesta, y no todos actúan con la responsabilidad, seriedad, honestidad, honradez y limpieza que debería caracterizarles.
El toro, base donde se asienta nuestra Fiesta, que en apenas veinte minutos tiene que demostrar todo lo que lleva dentro, se encuentra en la actualidad, a tenor de los gustos e imposiciones del taurinismo, con un animal que vienen desarrollando lo que podíamos llamar una “bravura negativa”; astados con sentido de defensa, cuando el auténtico, el verdadero toro de lidia, debe tener un claro instinto de ataque. Bien es cierto que el toro de lidia es inexplicable, pero a día de hoy nos encontramos en un escenario ganadero donde prima la bravura y la nobleza sobre la casta, y que a través de esta, para mí, equivocada selección, por lógica, degenerara en mansedumbre.
El criador de reses de lidia, en su romanticismo, con vocación, muchas veces heredada, es el depositario de la inestimable riqueza genética y ecológica que supone el toro. Gracias a sus esfuerzos ha sido posible su conservación y mejora, en muchos aspectos; somos conscientes que con su ganadería apuesta su dinero, se juega su prestigio, ilusión y afición, sin embargo las imposiciones mercantiles y del taurinismo han hecho posible que se conviertan en comerciantes con el escaparate en la dehesa, seleccionando para ello un toro comercial, en vez de ser el suministrador de reses con casta, de toros con singularidad, plenos de esa emoción en sus animales que los aficionados demandamos.
También, el ganadero se encuentra en la terrible encrucijada de la manipulación fraudulenta de su ganado, la mayoría de las veces arrastrado por asuntos meramente económicos, dejandose llevar por esos taurinos “supervisores” en la ignominia del arreglo de los cuernos, del “afeitado”, eso sí, siempre respetando las apariencias. Bien, que con el “manoseo” de las admitidas fundas, se le ha facilitado la labor, pero no debe dejarse atraer por esos cantos de taurinismo que le lleven a sucumbir, a caer en manos de esos desaprensivos, desalmados e impresentables veedores, empresarios, toreros, apoderados y demás traidores a la ética de la tauromaquia.
Responsabilizar a los toreros que lidien reses con defensas naturales alteradas, a los ganaderos como responsables subsidiados, y a los empresarios en los casos que el “afeitado” se hubiera realizado dentro de las instalaciones de la plaza que gestionan, deberían limitar estas acciones. Las sanciones, deben ser radicales y acordes con los tiempos. La suspensión del ejercicio de sus funciones a los actuantes que se presten a esta denigrante actividad pondrían inmediatamente coto al desmán.
El toreo, como proceso racional de la lidia del toro se encuentra en la actualidad viciado por usos y costumbres deleznables, que los lidiadores deberían proscribir sin vacilación, que una crítica solvente debería denunciar sin tregua y que una afición seria y responsable debería exigir esa integridad de la que adolece.
El torero, sus profesionales, representan los valores humanos de la fiesta de los toros. Para la lidia ordinaria es indispensable la suerte de varas, porque los puyazos, cuando se dan en su sitio, un poco delanteros mejor, desangran más fácil al toro, hacen la embestida más lenta, sus derrotes y hachazos menos violentos, le templan y ahorman, porque al toro de verdad, con casta y celó, no hay muleta que le ahorme si llega a ella sin el oportuno castigo del
picador.
En la corrida, el toro frente al caballo recibe una irascible paliza desde esa inexpugnable fortaleza de una cabalgadura sin movilidad, rodeado de gualdrapas, con un profesional muchas veces cuestionado y siempre acompañado de unos auxiliares que se empeñan en intervenir en la lidia. Hoy se pica cuarteando con el caballo, apoyándose en la vara para hacerlo y despidiendo al toro por las ancas, y muchas veces antes de deshacer la reunión, el picador da vueltas en torno al animal, barrenando. Todo a expensas de un primer encuentro, que picador y espada tienen convenido, no para reducir la pujanza del toro, sino para acabar con ella. Lo que debe administrarse con medida se convierte en una masacre en este primer tercio. Tercio trascendental en lo bueno y en lo malo, para el proceso de la lidia que aún queda pendiente.
En la charla con nuestro presidente, Sergio Hueso, director del programa de Torolive, incidió sobre la necesidad que tiene la Plaza de Las Ventas de Madrid, de tener una báscula en el patio de caballos donde puedan dar fe los veterinarios, que se cumple el reglamento (Art. 60.3 del RET), y de una vez por todas acabemos con lo que muchos aficionados creemos, una desconsideración en la primera y principal plaza de toros del mundo. Si el CAT o la empresa concesionaria no lo hacen, propondríamos se incluya en el próximo pliego como exigencia.
El segundo tercio, el de banderillas es apenas reivindicado, como en otros tiempos, en su belleza y gallardía.
El último tercio se ha convertido en un monocorde e insoportable reiteración de pases la mayoría de las ocasiones carentes de sentido y profundidad, porque ligar los pases no es empalmar unos con otros, y menos recurrir a redundancias como esa de añadir el de pecho con la mano izquierda al pase por alto que remató una secuencia de redondos. La belleza de la faena de muleta está en su precisión que está reñida con la larga duración de la misma, sus interrupciones, parones y adornos.
La suerte suprema, la de matar, que debería realizarse en corto y por derecho, cayendo la estocada en el hoyo de las agujas, se ha convertido en un acabar rápidamente, no importando si esta cae desprendida o baja, la importancia se la da la rotundidad del estoconazo, consciente, el matador, que estos nuevos espectadores no soportan la insistencia en la muerte.
En cada interpretación del toreo, donde la personalidad junto a los convencionalismos adquieren singularidad, los lidiadores deben tener conciencia de lo que cada uno es capaz de hacer para tener un sentido litúrgico y rituario, que den una verdadera significación a la tauromaquia. Se deben a su consustancial integridad.
Todos estos elementos que conforman la Fiesta, deben apoyarse en la solidez que da la tradición o la costumbre, en unas normas sean escritas o no, en una consistencia razonable y legal, en definitiva en un reglamento que regule un espectáculo tan complejo. Los reglamentos taurinos, a lo largo de los siglos, siempre han sido discutidos, pero es la letra del mismo la discutible y nunca el espíritu del mismo.
Es ahí, cuando se toman decisiones ajenas a la razón, a la ética del toreo, porque o no se comprenden o no se ejecuta el espíritu de la norma dictada, cuando entra en juego la figura de las presidencias.
La garantía de la integridad, seriedad y rigor de la Fiesta depende de los presidentes. Funciones de la Presidencia. (Art. 7.2 Ley 10/1991 de 4 de abril y Cap. III Art. 37 al 43 del Reglamento de Espectáculos Taurinos 1996)
El Presidente debe conocer perfectamente el Reglamento Taurino para aplicar el mismo, en las operaciones preliminares del festejo:
- Desembarque de las reses.
- Reconocimiento primero de las mismas. (Art. 49 a 52 RET 1996)
- Reconocimiento segundo.
- Reconocimiento de caballos.
- Reconocimiento de puyas (14) y petos.
- Reconocimiento de banderillas (4 pares por res y 2 pares negras), y enseres.
- Cabestros y otras comprobaciones.
- Formación de lotes.
- Sorteo.
- Enchiqueramiento.
- Prevenciones todas.
- Especial atención debe prestarse a los servicios sanitarios, equipos médicos y ambulancias, según se recoge en el R.D. 1649/1997 de 31 de octubre.
Durante el festejo, auxiliado por veterinario y asesor taurino (Art. 41 del RET 1996), en pos de la realización litúrgica del festejo (Art. 68 a 86 del RET 1996)
- Ordenar el comienzo y término del festejo.
- Dictaminar los cambios de tercio.
- Dar los oportunos avisos a los diestros.
- Ordenar la devolución de las reses a los corrales cuando considere no se ajustan a lo reglamentado.
- Conceder los trofeos a los matadores y el indulto al toro, en las condiciones que se establezcan reglamentariamente.
- Adoptar cuantas medidas sean necesarias para el desarrollo del espectáculo.
- Proponer motivadamente las sanciones que correspondan (Título X Art. 95 a 97 RTE)
Y finalizado el mismo:
- Reconocimiento postmorten de las reses lidiadas (Art.58 RET 1996)
- Documentación final.
Es por tanto la misión del Presidente sumamente compleja y delicada ya que de su actuación se pueden derivar perjuicios de muy difícil o imposible reparación si las medidas adoptadas no se ajustan al sentido común y al derecho.
Las presidencias son el responsable y garante de la integridad de la tauromaquia.