Octava corrida de la feria de San Isidro de 2026
No sé cómo anda la enseñanza en España, me temo que no demasiado bien. Uno pertenece a otro plan de estudios, y el galimatías de siglas y tramos de la actual no cuadra con los tiempos en los que uno estudiaba en el colegio. La cultura general, aquella que se basaba en el aprendizaje de historia y geografía, literatura y matemáticas, física, química y religión, me parece que ha sido sustituida por otras asignaturas, no sé si más útiles (tampoco las he estudiado), pero sí distintas. Me precio, eso sí, de haber sacado, en su momento, un sobresaliente en Historia del Arte, y lo dejo ahí. Hubo un día en el que, también en la plaza de toros, el público más formado, el de sombra y zonas aledañas de sol y sombra o sol, se sentía orgulloso de apreciar el buen toreo, y si era exquisito, tanto mejor. Veíamos con gusto a Antoñete, Manolo Vázquez, Manolo Cortés, José Fuentes, Curro Vázquez, y ya no les cuento, si sonaba la flauta de la casualidad con Curro o Paula, sin olvidar los méritos de Julio Robles, de Roberto Domínguez y de tantos otros. Todo, sin desdeñar el poderío o la tauromaquia ética de tantos otros espadas de aquel momento de la historia taurómaca. La lista sería mucho más amplia, sin duda.
Pero hoy en día las tornas han vuelto grupas, y se aplaude cualquier vulgaridad desde cualquier tendido de la plaza. Los exquisitos ocupantes de las localidades de sombra, vitorean a deshora -no sé si ebrios- a España, aclaman los bajonazos, aplauden fervorosos la lidia desordenada, el perder terreno con el capote hacia los medios (en vez de ganarlo), los pares en la paletilla y a cabeza pasada, las trapacinas de mal gusto y todo tipo de “inas” (manoletinas, bernardinas, espaldinas, pedresinas, arrucinas…) en las que toro, no se le lleva toreado, cosido a la muleta, atemperada su embestida, y el animal va por su lado, el lance por el suyo y el trapazo sale sucio, los desarmes... La sociedad evoluciona, sin duda, no sé si para bien, pero me temo que no. La ignorancia de lo que es la tauromaquia camina a pasos agigantados. Visto lo visto, hay que volver a enseñar Historia del Arte en las escuelas; y que pase por el aula, especialmente, el público de sombra.
Las vulgaridades y destoreo de ayer, fueron, en buena medida, aplaudidas con fruición por ese indocto público de sombra, que a punto estuvo de regalarle otra oreja a Fernando Adrián, recolector de despojos de la primera plaza del mundo y torero que ha salido el doble de veces por la Puerta Grande, que Morante o que el Juli, como prefieran ustedes. Menos mal que aun anda lejos de las 14 de El Viti o de las 12 de Paco Camino, pero todo se andará con la ayuda del Altísimo.
Con ello no me refiero a Dios, Nuestro Señor, sino al ocupante del palco madrileño de la presidencia, el inefable don Pedro Fernández Serrano, o su compañero de luces don José Antonio Rodríguez San Román, al que ayer le dio una charla el educado e inefable Madriles, durante casi media hora después de que devolviera un toro que no se podía levantar del suelo. Sin duda le comentaba que era un exceso, que el bicho se había tropezado, que el tirón con el capote…, que si la televisión…, que si un calambre…, la falta de agua o el pienso de corrales…, que hay que esperar, hasta satisfacer su instinto clarividente a que el toro resucite el día del juicio final. ¡Vaya asesor! Conste que el de Fuente Ymbro se había caído hasta en tres ocasiones previas y que dobló las manos desde que salió, echándolas por delante en los capotazos de saludo, y que hasta el más torpe aficionado ya se había percatado de su invalidez. Todos… menos el del palco, sus asesores, y los que están más atentos al gin-tonic o la cerveza, claro. ¡Qué charla le dio y que aspavientos hacía el antiguamente iluminado Madriles!
La corrida de Fuente Ymbro, anunciada para este domingo, pasó sin complicaciones, rara avis; bien presentada, sin excesos, con pitones y bastante pareja, menos en el sobrero que saldría en sexto lugar, que la desigualaba -ya saben que los grandes y cuajados, desigualan siempre-. Fue una corrida con movilidad, a veces con casta, que no fue demasiado brava o más bien poco en varas (no les aburriré con todos sus pormenores, pero fueron los más los que se dejaron pegar, hicieron el puente, cornearon el peto o salieron sueltos), y que tuvieron juego en la muleta. ¡Hombre!, no les digo que todos fueran de Puerta Grande, que de esos sólo hubo uno, el tercero de Fernando Adrián, al que mucho aplauso en la sombra estuvo a puntito de concedérsela, pero hubo cuatro que llevaban, como solía decirse, las orejas colgando. Sobre todo, segundo, tercero y cuarto, y también, el primero, más soso, pero que tuvo la mala suerte que le tocase un diestro aun más sin sal, Perera.
El pacense que nos roba la paciencia recibiría a su primero con la misma desgana que podría ir yo a un examen de física cuántica, ¡qué le vamos a hacer! Nada de nada. Pasó el toro manseando en varas, y aunque Fini expuso bastante en el tercer par de banderillas, no terminó de levantarle el ánimo. Desganado, se lo llevó el matador al cinco, a ver si por allí le despertaban… y sorprendentemente ni con esas… ¡Qué injusta es la vida! Hasta pasaron de él los bonancibles aplaudidores de sol, visto que no lo llevaba toreado, que echaba mucho el paso atrás para intentar ligar, que le enganchaba la muleta a cada paso-pase, que le desarmó la horrible fiera una vez y en fin que aquello fuese un compendio de muletazos sin cuento que sumaron entre 56 y 58 (según nuestras cuentas y las de compañeros mártires). Puede que el toro fuese un pelín incómodo, que punteara a veces, fruto de tanto enganchón, y que se revolviera en alguna otra ocasión, pero tampoco ofrecía grandes dificultades, y más para quien asume ser uno de los grandes del momento taurómaco. No se supo, a ciencia cierta quién toreaba a quién. Una casi entera, caída por el rincón de Ordóñez, un aviso y un descabello se llevaron al toro al otro mundo. Este pasó sin mayor pena ni gloria, pero, increíblemente fue bastante aplaudido en el arrastre (creo que para fastidiar a Perera). Al cuarto lo paró con verónicas hacia los medios, pero sacando un poco, en cada lance, la parte más baja de la espalda… No me obliguen a entrar en detalles; sería que el bicho se ceñía. Pasó el toro por varas como quien pasa por un análisis de glucosa en un dedo, hizo un quite el maestro de poco eco, quizá la gente ya estaba cansada; Duarte dejó un buen tercer par, y llegamos a la parte interesante… para la mayoría. Visto lo insustancial de su primer trasteo, decidió elevar los ánimos, con un mejor toro, desde los medios con esos horribles pases por la espalda donde no se lleva toreado al toro, pero que dan mucho susto, ¡ay qué susto, Dios mío! Y comenzó una faena de las suyas, descolocado pero ligando con pasito para atrás y... nada, como siempre. Así agotó al toro, y a nosotros, con 60 muletazos, y con el bicho cayéndose y parado decidió colocarse un poco mejor, a ver si la gente dejaba de recriminárselo; pero la faena ya carecía absolutamente de emoción e interés. Un pinchazo caído, con desarme y tomando el olivo (segunda vez en dos corridas); pinchazo hondo caído, un aviso y al fin una estocada entera, algo trasera y tendida.
El segundo toro le tocó a Paco Ureña, que “sólo” le daría 55 muletazos en una faena larga, algo tediosa, con mucho pase de uno en uno, con poco bagaje a pesar de que entresacamos tres o cuatro naturales con clase. Poca cosa para más del medio centenar de ellos. No anduvo muy sobrado de fuerzas, es cierto, pero tanto respiro, tanta pausa para dejarle coger aire, enfrían cualquier faena. Fue mal picado y mal banderilleado, eso sí, y por eso finalizaba las series levantando la cara -el toro, claro-. Al menos el espada lo lidió en los medios y hubo mejor colocación que con el primero. Pero a punto estuvo de desbordarlo y le desarmó. El de Murcia insistió, insistió e insistió, con muletazos enganchados tantas veces. Menos mal que al fin se paró, se templó, y decidió proseguir de uno en uno, que fue cuando salieron esos tres o cuatros buenos naturales, antes de acabar encimista. Un pinchazo arriba, un aviso, estocada entera, algo desprendida y se acabó lo que se daba. Salto un espontáneo animalista, pero no fue lidiado. Al menos Ureña paró al quinto con tres verónicas, paso al frente y una larga. Le molestó el quite de Adrián, tras un pasaje de varilargueros prescindible, y el toro empezó a defenderse por arriba. Bien por los trallazos y el tirar al toro, don Fernando. A la muleta llegó con la boca abierta, cabeceando y un poco al trote, y Ureña se lo llevó a terrenos del 7, tendido donde se le aprecia mucho. Pero ni por alto ni por bajo, le conseguiría sacar gran cosa; tenía que dejarlo respirar bastante, le enganchaba la muleta constantemente, y aunque intentó colocarse en su sitio, la faena era tan complicada como lo iba siendo el toro. No le arrancó éste la mano, en un pase, de milagro. Y tras aquello, cogió el acero, armó el brazo, y… le endilgó un espadazo chalequero de campeonato... de esgrima. Sonó otro aviso, el quinto de la tarde.
El mejor de la tarde le correspondió, ¡cómo no!, a Fernando Adrián. Lo recibió con unos vulgares capotazos sin mayor historia. Lo picaron requetemal en ambos encuentros, el toro apretó un poco, se dejó y salió al primer capote que vio. En el quite le vimos unas chicuelinas que eran como trallazos, con enganchón y perdida del capote. Muy buenas tardes, pero.. Menos mal que pareó Ángel Otero para levantarnos los ánimos. La faena fue un conjunto, en el tendido 10, asombroso, muy superficial, descolocado y acompañando las embestidas, de muy poca profundidad. Apenas se colocó en un par de ocasiones en la rectitud, para acabar encimista. ¡Vaya toro desperdiciado! No importaba nada, el público aplaudía en la sombra enfervorecido, aunque hubo alguna voz que intentó iluminarles desde un palco. Un aviso sonó antes de entrar a matar, Dios es justo, lo que hizo el diestro de un pinchazo y una casi entera caída. 57-62 muletazos, récord de la tarde… hasta ese momento. Al sexto lo devolvieron tardísimo… Como las gentes, incluso las de sombra, son así, se ovacionó a un cabestro que no entró cuando debía y lo hizo un rato después. Gran nivel de conocimientos e inteligencia taurómaca. El sobrero era del mismo hierro. Fernando lo recibió con verónicas genuflexas, como a kilómetro y medio de las que le recuerdo a Paco Camino; no importa, ovación. El maestro tuvo que tomar el olivo al acosar el toro, a los que están por ahí. Una primera vara, con el toro muy mal puesto, entrando al relance y con puyazo en la paletilla, fue fantástica. Pero o les aburriré con la pelea del manso, que siempre apretaba para dentro y que ya mostraba cómo iba a ser después. Y en efecto… se cumplieron las expectativas. El toro no era sencillo, llevaba la cara por las nubes, y eso con 621 kilos, es mucho, se lo pensaba y arrancaba a tiro hecho. Pues ni un muletazo por bajo. Enganchones, desarme, huída a la carrera ante un acosón, el toro que se lo piensa todo, y acaban ambos en el tercio o más acá, toreando desde y para fuera, y por fin, ¡loado sea el cielo!, decidió el diestro doblarse un poquito; sólo un poco. Lo dejó para las mulas, de una estocada, saliéndose, que hizo guardia, muy atravesada, claro. Sólo necesitó siete descabellos y, por eso, entre tanto, sonó otro aviso, el sexto del festejo. Sólo le dió 40 con la muleta, cifra verdaderamente exigua para la tarde, pero, ay, los descabellos...
Ovaciones sin cuento para todos y para todo. Al público de sombra sólo le faltó aplaudir al espontáneo… Hay que retomar la asignatura de Historia del Arte, sin duda.
Lope de Molina