A la vista de lo acontecido en las dos primera corridas de la temporada en nuestra Plaza de Toros de Las Ventas es interesante revisar la percepción de las mismas por parte del público asistente.
Y no me refiero a esos espectadores frívolos o a los turistas que acuden a la plaza a presenciar un espectáculo más, a los que les interesa poco la pureza del toreo y a los que tenemos que agradecer su asistencia a nuestras corridas, porque además de divertirse y satisfacer su curiosidad, coadyuvan económicamente a su celebración.
Me refiero a esa afluencia, estos últimos años, de jóvenes sin antecedentes familiares tauromacos, interesados por el acontecer en las plazas de toros; que se acercan a ellas de forma curiosa y sana, pero ausente todavía de la pasión de un asistente a una corrida de toros, o mejor dicho, de los motivos que en otros tiempos apasionaban, y que comportan a ese nuevo espectador taurino de hoy, un carácter distinto al de otras épocas.
Hay una mayoría entre estos jóvenes que acuden a las plazas de toros, que van a ellas por el simple prurito de esparcimiento, sin conceder importancia a otras razones esenciales del espectáculo, tratando de imponer en este, un sello de euforia, que por nuestra parte no deberíamos censurar, pero si denunciar de su abuso y degeneración del fundamento de las corridas de toros.
Al toro de antaño, íntegro, bien presentado, fiero, hondo, duro y sobre todo encastado, aquel al que hay que dominar, poder, mandar y enseñar…, y un claro ejemplo de él, es el que hemos visto en algunos ejemplares en la apertura de temporada, hay que concederle todo el respeto, la consideración y la importancia que se merece.
No es mi objetivo en este comentario analizar el comportamiento en las corridas, de toros y toreros que hemos podido ver estos últimos domingos, para ello tenemos perspicaces analistas que nos hacen precisas crónicas de lo allí sucedido. Sin embargo me gustaría consignar mi opinión sobre el arte de lidiar reses bravas. Toros encastados especialmente criados para la lidia, por ganaderos ilustrados por su afición.
Lidiar y torear son sinónimos. Siempre que se lidia, se torea. Y para torear bien se tiene que haber lidiado. Lo que hoy en día se hace con el perritoro, es otra cosa …Sin embargo, los públicos de hoy, escasos de auténticos aficionados, de aficionados recalcitrantes, no lo entienden así. Interpretan el verbo torear solo cuando el torero realiza aquella faena de lucimiento; pero cuando tal labor consiste en la brega con el toro, labor justa, adecuada, ejecutada para corregir defectos o querencias y preparar al burel debidamente para ejecutar la suerte suprema, lidiar meritoriamente, sin duda, dicen que eso no es torear.
Tanto es así que, por error de apreciación, estos públicos ignaros permanecen indiferentes ante una buena lidia, por práctica y conveniente que sea, al carecer esta del lucimiento por ellos deseado, llegando en algunas ocasiones a la censura. Y, por el contrario, se entusiasman fácilmente, premiando el toreo que les parece brillante y artístico, sin tomar en consideración, sin saber discernir esa colaboración prestada al torero, para su lucimiento, por una res pastueña, ese mediotoro de recta y suave embestida, y sin problema alguno que resolver.
Los buenos aficionados no pueden caer en tal error, pues saben que tanto en uno como en otro caso se torea siempre, porque no puede haber toreo si quien lo practica no es lidiador. Y no es lidiador el que ignora las reglas fundamentales de la tauromaquia.
Los reacios a considerar las normas clásicas para la lidia de reses bravas deben leer la historia del toreo, partiendo del siglo XVIII, época del coloso Pedro Romero, hasta nuestros días; las primeras figuras del toreo ejecutaron este, siempre, con subordinación a dichas normas clásicas y fundamentales.
Lidiar es, en realidad, el conocimiento del torero de las condiciones y reacciones que ofrecen las reses, las querencias y los defectos naturales adquiridos durante la lidia misma; y acoplar su trabajo a tales condiciones o reacciones; a corregir tales querencias y defectos, para así poder dominar a su antagonista. Una vez conseguido, vendrá el torear, tal como interpreta este vocablo los espectadores.
Es evidente que para lidiar y dominar a los toros se necesita, además de técnica, el valor o la ausencia del miedo por imperativo de la voluntad que lo elimina; de no ser así sería imposible realizar la misma.
Torear es, el estilo particular y por tanto peculiar del diestro que lo ejecuta, dotado de más o menos estética, armonía, elegancia y porte artístico.
En algunas Bellas Artes, en literatura, por ejemplo, se admiten licencias. En la lidia de reses encastadas, no. El toreo no admite más licencia que la marca, el estilo personal del torero, que se pone de manifiesto cuando desarrolla una labor técnica acorde con las condiciones del toro.
El resultado de una corrida de toros, sin excepción alguna, debe ser el triunfo de la inteligencia del hombre -valor, técnica y arte-, sobre el instinto animal del toro de lidia -casta y fiereza-, que entraña ese peligro y emoción por el dramatismo que engendra.
Es por tanto imprescindible que el verdadero aficionado, el enamorado de nuestra incomparable fiesta de toros, cale en los nuevos públicos que se acercan al toreo y que mediante la recomendación de lecturas, tertulias, encuentros, etc. divulgue las básicas reglas para la lidia de reses bravas, analice con ellos los puntos fundamentales del Reglamento Taurino, y de forma imparcial juzgue, junto a ellos, la labor de los actuantes, con actitud seria, justa y responsable, porque así premiarán con su aplauso lo verdaderamente meritorio, y rechazarán con su repulsa lo falso e ilícito.
Francisco Javier Píriz Collado
Miembro de la Asociación El Toro de Madrid
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