La corrida de Jandilla, para la cual me cuentan que se reconocieron, o quizá rechazaron 17 toros, tuvo que ser remendada -demos gracias al Cielo- con dos toros de don Santiago Domecq. Verán que el don, lo pongo por delante muy pocas veces; unas por honrar el nombre de la persona -este es el caso-, y otras irónicamente, por ilustrar de “la gran sabiduría, que mostró su señoría, en la compra de animales”, que son versos dedicados al Marqués de Perales, cuando se encargó de comprar los toros de las fiestas reales de 1803. La verdad es que las dos octavas no tienen desperdicio, con sus tintes de fresca crítica y veladas alusiones, que podrían venir al pelo de cualquiera de estas crónicas, para tantos ganaderos y para cualquier político del momento.
Pues, sin tener presente comentario alguno sobre lo que ayer salió por toriles, les diré que “ni tanto ni tan calvo”; los toros no fueron ni tan bravos como seguro los pintan, ni tan fieros, ni tan mansos que no permitiesen el toreo de los estetas o posibles y próximas figuras. Es más, como suele ocurrir desde hace ya décadas, los tres primeros fueron mucho peores que los tres últimos; se trata de que salgamos con mejor sabor de boca, y que se faciliten los inválidos o mansos por delante para solaz de los públicos adocenados y serio regocijo de sus espadas. Podríamos hacer una estadística, la hice en su momento con una muestra de unos 10.000 toros, para demostrar que los tres primeros de cada festejo se caen, de promedio, el doble o casi el triple que los tres últimos. ¿A que resulta curioso? Pero todo es mera casualidad, o que los toros suelen echarse la siesta a las siete de la tarde y al despertarse se levantan, como uno mismo, tambaleante y despistado, y que como los tres últimos salen a partir de, iba a decir de las ocho, pero ya serán las ocho y media o las nueve,- según lo pesados que estén los coletudos (récord de avisos este san Isidro quizá de la historia…, pues eso), ya se habrán lavado, arreglado, aseado y puesto a modo de salir de paseo.
Ayer, pasó lo mismo con los tres primeros “jandillos”, mientras que salió un cuarto que, aunque manso en varas, no vayamos a confundir los términos, fue un gran toro para la muleta, con “las orejas colgando”, como suele decirse y que patéticamente desaprovechó Emilio de Justo, por más que se empeñen en que las perdió por la espada; y los dos remiendos de don Santiago Domecq, que llevaban usía por delante, uno más boyante y el otro un pájaro de cuidado, encastado, complicado, y hasta peligroso por el pitón izquierdo, que que pegó sustos por doquier, y nos entretuvo a los aficionados en sobremanera.
Pero lo que no hubo ayer, fueron espadas a la altura, ni de los tristes y caedizos, aunque pastueños primeros, ni de los encastados segundos. Se supone que estamos frente al posible recambio generacional -de Justo ya está para que empiece a pensar en un futuro como terrateniente-, pero fueron incapaces de torear como se debe ni a unos, ni a otros. Salvemos la actuación de Víctor Hernández en el complicadísimo último, porque, a pesar de sus dos aparatosas cogidas, se mantuvo firme en su lugar, se colocó en el sitio, lo intentó someter de cualquier manera, todo digno de encomio, pero no pudo con el toro, que estuvo por encima del diestro (bueno, por encima, por debajo y casi por en medio). La verdad es que es decepcionante, y así podríamos haber titulado estas torpes líneas, pero como sucede tantas veces, uno ya ni se siente decepcionado por no encontrar diestros que dándoles las facilidades posibles en cuanto a la elección del ganado, naufraguen a la fosa abisal de las Marianas de forma tan notoria. Esto del toreo contemporáneo, de pueblerinas formas, de asustinas constantes, por los que supuestamente deben torear mejor y lo hacen más a menudo -eso, lógicamente no se lo hacen a los de don José Escolar, Saltillo, don Adolfo Martín, Pedraza de Yeltes, Partido de Resina u otras corridas que salen encastadas, claro, incluso a la de El Torero-, es auténticamente lamentable. Sale un toro con casta y se acabaron las tonterías. Sale lo que piden los coletudos más encumbrados por la prensa, o por sus apoderados que manejan el cotarro táurico, y todo son espaldinas, pedresinas, arrucuinas, bernardinas, manoletinas y otros pases -no se pueden llamar lances- en los que no se manda sobre la embestida de la res, no se la lleva cosida a la muleta, no se la desvía de su trayectoria natural, no se templa en lo más mínimo, y son telonazos que agradan muchísimo al público más indocto, que tanto más los aplaude, cuanto más cerca pasa el toro, desgobernado, del cuerpo del espada (que es cuestión de suerte, entendida como la de El Enano del Boletín de Loterías y Toros, esto es una auténtica lotería). Pues ni con las “asustinas” consiguieron los tres figurones de ayer tocar pelo, y no fue sólo por el mal uso del estoque -se les llama por algo “matadores de toros” o “espadas”-, ni aun por el deficiente uso del descabello, que ya debemos de pasar del centenar y pico en este San Isidro. En cualquier momento los contaré…
A Emilio de Justo le salió un primero, que no era ensabanado, como ponía el programa, sino berrendo en negro y algo carbonero, botinero y capirote, eso sí, y salpicado. Para no perder la costumbre se cayó el toro (con y) en unos lances de recibo, ¡olé ahí!, con muchas precauciones y alejándose lo posible del cuerpo del espada, con muchas palmas porque los jueves y viernes son día de ello. Para aquello suele recurrir el diestro a dar genuflexo esas a modo de verónicas, que ayer no decían nada. La primera vara, la tomó el toro con cierta fijeza, con la cara abajo e intentando romanear, aunque el picador anduvo muy mal, corrigiendo, requetecorrigiendo, para que el toro acabase saliendo suelto como una exhalación… ¡Uy, eso de la bravura…! Se volvería a caer de salida con las chicuelinas obligatorias, perdió las manos y le dejó reposar antes de llevarlo a la segunda vara, que consistió en un análisis de sangre, para que el bicho volviese a salir suelto. Borja Jiménez le volvería a dar las obligatorias… chicuelinas, apenas aplaudidas. Lo parearon aceptablemente, pero el toro ya buscaba aire y abrió la boca (al contrario que los “escolares” de hace nada, a la hora de la muerte, paradojas del ganado encastado). De Justo se llevó el toro, ganando terreno a los medios, a media altura porque de otra manera lo hubiera tirado. Estuvo más o menos al hilo de un pitón toda la faena, pegando unas voces, como siempre, tremendas, que parece que entrena en una cancha de tenis, pero que al público le suenan a supremo esfuerzo… Con la zurda, al torear al hilo y descubrirse algo, el toro se le ciñó, ¡qué temeridad!, aunque le sacó algún natural bueno y salió de algún apurillo con recursos, molinetes, reboleras y otros pases para quitarse de en medio. Le dio los tiempos precisos para que el toro no se le cayese, ligó a veces, pero claro, le faltó profundidad. Casi al final le dio una serie al natural con la derecha, sosteniendo la espada con la izquierda, quizás de lo mejor de la faena, pero con poco eco en los tendidos. Se ve que cuando se torea de verdad, como la gente no está acostumbrada, pues no lo aprecian igual, ¡c´est la vie! Después de coger la espada, dio la mejor tanda a derechas, y procedió a dejarle un pinchazo hondo, caído y atravesado; y una entera igual de caída. El toro se defendería del acoso del peonaje con coces, sonó un aviso (y llevamos tropecientosmil), le dio ocho descabellos, tuvo que oír un segundo aviso, y lo despachó... sobre la hora con dos descabellos más. Fantástico. Al menos le destacamos algún pase o serie en los casi 15 minutos empleado en “esto”. El cuarto fue uno de los toros de la corrida. Aunque feo, escurrido de atrás y con poco trapío, las dos velas por delante le tapaban. Mucho lance variado de recibo y poca calidad, en aquéllos. Apenas lo picaron en la primera vara, empujó sobre el pitón izquierdo, no se emplearía apenas nada, y a la salida se caería, como procede, aunque recargó para salir suelto; en la segunda, aun hicieron menos ambos, toro y picador. Tras pasar por banderillas sin mayor historia que un largo recorrido en su viaje, el toro, llegó a la muleta repitiendo, aunque con las fuerzas justas para tomar tres y el de pecho, porque si no se caía, pero se fue creciendo en lo sucesivo, y cada vez con mayor boyantía. Y el diestro, desde fuera, con el sempiterno paso atrás del toreo, para ligar, moderno, lo desaprovechó. Era toro para torear con pureza, con clasicismo, no al modo populachero y facilón, cediéndole terreno en cada lance, perdiendo ese paso en vez de cargar la suerte y poner a la plaza en pie. Así que mucho grito, muchos “bieeeennn”, y poco de verdad. Sólo al final, como en su primera faena -esto es, cuando el toro va agotando sus recursos físicos- llegó alguna serie más vistosa, más seria, y sin perder terreno. El toro fue a más, y él a menos, aunque se recuperara algo al final. Un espantoso bajonazo trasero dejó en nada el posible triunfo popular, pero a los aficionados nos dejó el amargo sabor de haber desaprovechado un toro que, aunque manseara en varas, fue a más y tenía un cortijo en cada oreja. Tardó una enormidad en coger el descabello y eso motivó que el toro fuese recorriendo media plaza y mostrando a todo el mundo el pedazo de puñalada ejecutada, sonó un aviso un rato antes, un descabello, segundo aviso y otro descabello. En total, ayer, con toros muy aprovechables… cuatro avisos y 12 descabellos tras bajonazos. Vamos cómo para pensar que viene el relevo…
El segundo de la tarde apareció por toriles para un Borja Jiménez absolutamente descolorido, desconocido, y desnortado. Ni es el diestro que pudo y sometió a los victorinos hace ya tres años, ni es un esteta de nada, ni parece que toree con un mínimo de capacidad. No sé si la desorientación le viene por el lado del apoderado, Julián Guerra, de la fama o de la Prensa del Movimiento. Al menos le fue ganando terreno hacia los medios (no perdiéndolo, como es habitual), con unas verónicas de saludo, no muy artísticas, pero eficaces. En la primera vara derribaría el toro al caballo, coleándolo un mono, que es cosa autorizada en el reglamento, aunque lamentable, porque significa que los matadores o peones no están a lo que deben, y en la segunda entrada se arrancaría de lejos, volveríaa cogerle por los pechos, pero ahora ya no derribó, no lo picó, se dejó pegar, se quedó en paralelo, corneando con el pitón izquierdo; en suma, a menos en la suerte de varas. Víctor Hernández hizo su quite... pero no me acuerdo nada de sus gaoneras. El toro se dolió en banderillas una barbaridad, pero iba largo y alegre en el capote del lidiador. Al bajarle la mano en el tanteo muleteril el toro se caería, ojito... Lo volvió a tirar al bajarle la mano, en la siguiente. Molestaron el viento y el cabeceo defensivo del toro, y la faena fue un conjunto de enganchones sin cuento. Series periféricas sobre los medios del 5, aunque al final saldría alguno limpio. Al toro le fue costando cada vez más, tardearía, casi se amorcilló antes de la muerte, y él dale que te pego… ¡pero hombre, mesura! Un pinchazo caído, inmediatamente un aviso, y luego otro pinchazo igual, travesado, y una entera desprendida, con desarme. ¡Vaya un lujo de estoqueador! El quinto toro fue una preciosidad en todos los sentidos, en el anímico y en el fenotípico. Serio, bien hecho, con trapío, bien armado y sardo de capa, noble boyante y embestidor. Claro, era de don Santiago Domecq, que últimamente no quieren las figuritas de papel. Guapo de verdad, ¡muy bien! Ya podrían traer una corrida de este hierro en vez de tanta miseria portuense… y lo dejó ahí por no pasar de Salamanca a otros lares. Lo recibió Borja, ahora sí, con lances perdiendo terreno hacia los medios. No fue bravo en varas, corneando, empujando poco, haciendo el puente (cosa feísima en un toro), y saliendo suelto del segundo encuentro. No lo picó mal Vicente González, de lo mejor de la tarde. Muy bien lidiado en banderillas por Juan Carlos Rey, nos hizo concebir esperanzas de resurrección… del diestro. Pero ¡ca!, como dicen en La verbena de la Paloma. Comenzó por populacheras espaldinas en los medios, luego siguió desde fuera con lances enganchados, sin temple (ya conocen la excusa del viento, que al parecer es invento moderno y que antes no existía…). Había mucho toro y poco de toreo, por desgracia. Absolutamente desdibujado, apenas le vimos tirar en serio del toro en una ocasión y le enganchó el muletazo. Por fin se colocó un poco al final, dándole medios pases, que ya no llegaron a nadie, sin respuesta en los tendidos, ¿se lo imaginan? Pues eso. El precioso toro se lo había comido a él. Una estocada casi entera, desprendida y atravesada, y dos descabellos ¿Dónde estará ese diestro que nos hizo concebir esperanzas?
Tampoco le fue mejor a Víctor Hernández. Su primero fue un toro grandón, gordo como una croqueta, al que no le dio un capotazo limpio, y se lo llevó a los medios perdiendo pasos. No hubo apenas varas, cayéndose tras la primera… El toro se quedaba corto de viaje, como era corto y gordo de hechuras. Banderillas sin mucha historia, antes de que Hernández iniciase su faena en el 5, con lances por alto, por delante y por detrás, sin torear, pero asustando a las buenas gentes del lugar, que lo aprecian mucho. Y claro, ese tipo de inicios forzando al toro por alto lo desgasta una barbaridad, así que en las siguientes series, despegadas, con la derecha, al toro le costaba ya muchísimo terminarlas. El toro, a mi juicio, estaba bastante justito de fuerzas, y le tenía que dejar respirar mucho entre tanda y tanda. Por la izquierda, el toro cabecearía y desarmaría; y a partir de entonces, tardeó, y enganchó el trapo constantemente. Sólo al retomar la diestra le dio dos y el de pecho limpios, antes de ofrecer unas “asustinas” por la espalda y bernardinas para los más sensibles y otros guiños al populismo. Con el toro muy parado dejó media estocada, echándose fuera, atravesada, sonó un ya tradicional aviso, y lo descabelló, chantatachán, a la primera, ¡increíble! El sexto fue otro de don Santiago Domecq, sin el cuajo o belleza del anterior, pero encastado, complicado y con un pitón izquierdo peligroso de veras. Le enganchó a Hernández en el primer capotazo por el pecho, lo arrastró como veinte metros, cogido por la chaquetilla, y creímos que llevaba una cornada fatal, pero la Providencia estuvo al quite. Loado sea el Señor. ¡Fue espeluznante! Recuperado rápidamente del susto y de la segura paliza, nada hubo hasta que el picador decidió masacrar al toro en el caballo, dándole más que a toda la corrida junta, y que a las de Juan Pedro y Garcigrande unidas. Varas auténticamente criminales… pero había que… Salvar al soldado Ryan. El toro se defendió de aquello como pudo, tiró cornadas al peto, hizo el puente, recargó… Imposible. E igual de imposible llegó a banderillas -un mitin- y a la muleta. Si fue complicado de salida, no les cuento cómo llegó después de aquello. Cara alta, peligroso por el izquierdo, duro por el derecho, incierto en sus arrancadas, bruto en sus embestidas, enganchando la muleta, pero encastado y con genio, no un tonto del bote aborregado. A pesar de intentarlo, de uno en uno, en cuanto se descuidó Hernández, lo volvió a coger por el izquierdo, enganchándolo por la axila, mientras el diestro se asía al cuerno…, librándose así de una cornada. La verdad es que estuvo muy valiente y bien colocado en la faena, digno de alabanza, pero no pudo someter al toro; dicho a la antigua, el toro le pudo a él. Se salvó de milagro, y con eso y su disposición nos basta, lo siento, por una vez me muestro sensiblero como el público contemporáneo. Desde fuera le dejó una estocada caída y tendida, con desarme, le dio tres descabellos, sonó un aviso y tras tres descabellos más, el toro se echó.
Corrida interesante, especialmente en los tres finales, como suele suceder, y con tres toreros que, por el momento, no cumplen con las expectativas, ni mucho menos, que teníamos depositadas en ellos… Y lo malo es que, de seguir así, se adocenarán como tantos. Esperemos que, sin viento, mejoren mucho, pero que muchísiiiiiisimo.