La frase tradicional es en sentido positivo, como todo el mundo sabe: “Nos están vendiendo una moto”, lo que significa, ahora en sentido negativo, que nos están colando una estafa de cuidado, un timo en toda regla, un pufo, vaya. Pues lo mismo suele ocurrir con la corrida de Juan Pedro Domecq, en estos tiempos Morenés de segundo. Atrás quedaron los Núñez de Villavicencio y Díez, que eran “algo”; Solís, que se inventó aquello de la mansa e insulsa “toreabilidad”, y ahora le toca a la nueva generación la búsqueda de ganado vacuno que permita a las figuras estar “a gusto”, “sentirse”, “expresarse”, y otras mamarrachadas de los toreros más sensibles. Probablemente a Robleño, por poner un ejemplo reciente de torero retirado, al que todos hemos visto, nunca se le hubiese ocurrido decir tamaña estupidez.
Porque, como hemos dicho, la corrida se basa en la existencia de un toro de lidia; de lidia, ¡oiga!, de lid, de lucha, al que hay que someter, dominar, llevar por dónde no quiere ir y sacarle lo que no quiere entregar. Y si se hace con estética, luciendo al toro, con gentiles maneras, mejor que mejor.
La “juampedrada en ojo de boticario” de ayer viernes, ha debido trastocar todo el árbol geneálogico de los “domecqs” de supuesta lidia, de la “toreabilidad”. En vez de salir, como hace días, ñoños, pastueños, flojos, inválidos, obedientes y sumisos desde el principio, ayer nos soltaron seis ejemplares -uno fue retirado por manifiesta invalidez, que desde el palco cuesta muchísimo ver-, desabridos, desagradables, mansos, complicados, alguno con mala uva -no era de la uva de sus finos-, moviendo los cuernos de un lado a otro, en vez de llevarlos arando los predios familiares, en fin, un fracaso.
Antaño se decía que si salía una corrida mansa y descastada, el ganadero -cuando lo eran, y no criadores de borregos o gente que depositaba su honor en la cuenta corriente-, mandaba toda la reata al matadero, deshaciéndose, llegado el caso, incluso de la ganadería para que no quedase manchado el apellido. Ahora muchos han cambiado el apellido por el nombre de la empresa agropecuaria, con S.L. al final, el nombre de la finca, para que nadie los relacione con lo que puedan mandar a las plazas, y hasta nos resulta complicado a los aficionados saber quién es el auténtico propietario de aquello, porque hay CEOs, y otras personas o nombres interpuestos, a veces sociedades, en todo un entramado inextricable, que desmerece de la historia ganadera que tenían a gala los afamados ganaderos de hace décadas o siglos. ¿Se imaginan ustedes a Lagartijo, Bombita o Joselito, lidiando toros de Agropecuaria de Matalpino de la Vereda? ¿O de Sociedad ganadera de la Caserilla de Abajo?
Al menos estos “juampedros” llevan el nombre de su criador y podemos identificarlos sin duda. Eso sí, mienten como bellacos en lo de la antigüedad, 2 de agosto de 1790, ya que ésa no es la fecha en que se presentara don Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio, ni es la fecha en que se presentó el duque de Veragua, cuyo ganado fue desechado por el primero para meter reses del marqués de Tamarón y del Conde de la Corte, o sea nada que ver con lo anterior, aunque conservando hierro y divisa; ni es la fecha en que se presentaran, en unión los duques de Osuna y Veragua, quienes compraron la vacada a la viuda de Fernando VII, la reina María Cristina de Borbón, que tampoco se presentó en esa fecha y que vendiera lo de Vázquez comprado por su difunto esposo, mezclado ya en sus manos con los de Fuentes y Gaviria, ni es la fecha en la que lidió en la Corte el rey, cuando vivía, tampoco es la fecha en que se presentó Vicente José Vázquez en Madrid (16 de junio de 1800), y ni siquiera existía este Vicente José, como ganadero, en 1790. Fantástica patraña que perdura a través de los tiempos. Esa fecha corresponde, eso sí, a cuando el conde de Vistahermosa lidia en Madrid por primera vez. Por la misma razón, con los mismos mimbres, cualquier ganadero actual podría atribuirse la misma antigüedad o remontarse al siglo XVII, porque seguro que hubo un antepasado que tuvo unas vacas, aunque no fueran suyas.
Después de esta digresión histórica, pasemos a la histérica de los animales de ayer. ¡Madre mía, qué toreabilidad! No sé que hará el actual ganadero con todas las madres y sementales de los cinqueños que ayer salieron de toriles. Si lo que busca es esa mansa condición de los del otro día, están sentenciados a muerte, sin duda, en las pistolas a presión del matadero más cercano al Castillo de las Guardas, o al Jerez del “solar solariego” de su propietario. ¡Vaya condición sacaron! Pero, no se asusten, no es que fueran bravos o encastados, es que fueron reses con mal talante, desagradables en su trato, incómodas en el manejo, antitéticas a lo que pretende el criador, esto es, o puro y simple desconocimiento de lo que tiene en casa, o todo lo contrario, dada la composición del cartel, con espadas de otro nivel, acompañados, por si suena la flauta como en el cuento de El burro flautista, con el aguado Aguado, cuya esencia ha quedado reducida, en este San Isidro, a límites bajo mínimos de pura dilución acuosa. En cualquier caso, si penoso fue lo del otro día, el de la corrida de la Prensa, idéntica condición tuvo lo de ayer sábado, pero en otro sentido. Si se enteran, por la Prensa del Movimiento, los del añadido peludo del grupo A, de cómo salieron los de ayer, y su caletre o el de sus apoderados les lleva a reflexionar, ya puede ir preparando don Juan Pedro barbacoas para todo Jerez de la Frontera con la vacada. No se apuntarán ni uno.
Ni Uceda Leal, con su veteranía, maestría y buen gusto, lo estuvo con estos bichos. Le tocó un primer animalejo, negro listón, listillo, con poca culata que se tapaba un poco por delante, léase con unos cuernos... El toro pasó por los dos primeros tercios y el recibo sin decir ni mu, que es propio de cualquier res vacuna, expresión bóvida habitual, sin emplearse en lo más mínimo, y saliendo suelto cuando le hacían daño. Se llama instinto de supervivencia. Hizo un quite Clemente, por chicuelinas, verdaderamente inverosímil, porque el toro estuvo prácticamente inmóvil. Fue banderilleado con alguna apretura en los dos últimas pares y llegó el animal a la muleta, con más genio, visto que no dejaban de molestarle, incluso con alguna codicia en los lances iniciales. Uceda no está ya para estos trotes, ni galopes, tiró algún muletazo con clase, sobre todo en los de adorno, pero con la zurda, como el toro se complicó, se quedaba corto y lanzaba el gañafón al final, terminó por ser breve, doblarse, irse por la espada, y dejarle un pinchazo hondo, casi media, arriba, sin terminan de pasar y 3 descabelllos (que sumar a los infinitos que llevamos en la Feria). Bastante mal. No sólo no progresa adecuadamente, sino que… suspenso. En el cuarto, un bicho en el tipo de croqueta rebozada, colorado como pasado por la sartén, cortito, gordito, bajito y sin sabor a jamón, salió Uceda más decidido, pensando quizá en que el manjar era de los “juampedros” de la Prensa. Pero no. Lanceó hacia los medios ganando terreno, pero como el toro se le revolvía en cada lance y él tenía que corregir la posición, no quedó lucido, aunque tuvo mérito. Como el bicho iba perdiendo las manos (las pezuñas blancas lo delataban), apenas lo picaron en varas, que está muy feo pinchar la croqueta de otro… Volvería a hacer el quite Clemente, ahora por tafalleras, y el toro, por clemencia, no lo cogería… Se caería en banderillas, ¡a buenas horas, mangas verdes!, discretos los garapulleros, y comenzó la última parte de la cuestión. Por bajo el animal se caía, y por alto protestaba y tiraba la cornada correspondiente. Quizá, aleccionado por Emilio de Justo, Uceda decidió dotar a su faena de unos gritos enormes, como de esfuerzo supremo e insuperable, por ver si la gente ante lo denodado del trasteo, se apiadaba y aplaudía por el trabajo. Yo creo que nos espantó a todos verle convertido en un altavoz, en vez de en el torero clásico, refinado y sobrio que ha sido siempre. Fue tirando lances, que es como decir que el toro pasaba por allá, lejos de su refinamiento habitual, aplaudidos cuando gritaba y silenciados cuando se callaba; nueva moda que se impondrá a buen seguro, como lo ha hecho en el tenis. Si Santana, Orantes, Gisbert y demás… levantasen la cabeza... Como los pases, por el mal carácter del toro, no salían templados, y él nunca terminó de dominar las embestidas, nos cansamos pronto, recurrió al encimismo por si acaso, y tampoco, el toro se paró (¡casta desbordante!), tardeó y se calló y cayó. Menos mal que se lo quitó de en medio de una estocada perpendicular, un tanto delantera, que aunque tirándose con ganas, no nos recordó al gran estoqueador que en tiempos fue.
El segundo de la tarde le tocó a Clemente. Era un toro con muy poco remate, lo mirases por dónde lo mirases. Toro también flojito, caedizo antes de varas, al que el diestro de Burdeos se llevó a los medios, que pasó por varas cayéndose… y que por fin en el palco vieron que era un auténtico inválido. Pañuelo verde, y salieron los bueyes de Florito hijo, al que se le notan los estudios, pues los dirige y domina mejor que el padre. Saldría en su lugar un sobrero de Montalvo, sospechoso de puntas, que no estaba anunciado el día que se lidiaron los seis del mismo hierro, misterios de la ciencia veterinaria o de las cuentas de la empresa, o ambos. No vimos mucho de recibo, ni antes de varas, fue mal picado en éstas, visto que no era un “juampedro dulce y almibarado”, sino desagradable toro salmantino, el bicho se defendería como pudo, quitándose el palo, cabeceando, luego empujó algo, salió en cuanto vio un capote, y casi lo mismo después, saliendo todavía más suelto y doliéndose, ya sin pudor, en banderillas. ¡Vamos, que si lo llega a saber… se queda en la finca de San Fernando! Salió con ganas el francés en la muleta, y el tanteo tuvo “su aquel”, me explico: al segundo trallazo por bajo se caería el animal cuadrúpedo y al cuarto trallazo por bajo se volvería a caer. A partir de entonces, repetiría con cierta brusquedad, pero de momento estando por encima del torero. Éste, al hilo del pitón, y luego mejor colocado, tiraba líneas con una y otra mano, entre la indiferencia general, aunque siempre hay aplaudidores incansables. Visto que ni el toro mejoraba sus brusquedades, ni que el torero llegaba a dominarlas y encauzarlas adecuadamente, cogió la espada y le dio una entera caída. Como había que mejorar, en todos los aspectos, salió Clemente más dispuesto en el quinto, yéndose a porta gayola, para librarse por poco de ser arrollado y perdiendo el capote. El de Domecq tenía muy poca culata para una plaza como la de Bollullos de la Mitación. No mejoró con el percal en lo sucesivo, y empeoró todo en varas, donde le sacudieron a modo, por si acaso. Me ahorro, por caridad, narrarles las banderillas, porque el bicho fue complicándose y sacó la mala uva que no es propia de los Domecq. Tampoco es que Clemente mejorase su condición con los iniciales pases del celeste imperio (los que sólo engañan a los chinos, en frase clásica), lances o telonazos por alto, por donde transcurre el toro sin ser toreado. A la brusquedad de su embestida sumó el cabeceo incómodo, y las malas intenciones por arriba. Y ahí se dio cuenta el diestro galo que, bajándole la mano -¡toquen los ángeles celestes sus más gloriosos sones!-, lo llevaba mucho más toreado, con menos problemas y con más profundidad. Se colocó, ligó un par de tandas buenas, pero… en un descuido, el toro, que ya lo había hecho varias veces antes, se paró al iniciar un pase, le cogió seriamente y pareció que llevaba una cornada de importancia, aunque luego se descubrió que era fractura de húmero. Lo mató Uceda, sin darse coba, esto es, cuadrándolo de inmediato, de tres cuartos de espada, un poco atravesada, con pérdida de muleta -porque no estaba la cosa para heroicidades-, que requirió de 5 descabellos infructuosos, antes de que el toro se echase por su cuenta. Aquí discutimos entre los abonados próximos si el toro se había parado justo a la hora del embroque, igual que hizo de salida en el capote, o es que el matador se descubrió, sin querer, al estar un poco encima y mostrar la muleta a un lado… Tonterías de aficionados. Es posible.
Lo de Aguado fue… aguado por completo. El diestro venía vestido de “carne de pollo y oro”, una especie de canela desvaída. Igual de desvaído que el tercer toro, que era poquita cosa. Le dio una lances de recibo, como a la verónica, sin gracia, sucios y sin interés. Bien picado, ¡oh milagro!, por Espartaco, pero empleándose mal bajo el peto y saliendo suelto, quizá vimos lo más clásico de todo el festejo en las dos verónicas y media de Uceda, muy elegantes. La réplica de Aguado, por chicuelinas, alguna salpicada, no fue del mismo nivel, se enrolló mucho en el capote pero el toro pasaba como por la M-30. Pareó bien Diego Ramón Jiménez, menos mal. Inició Aguado la faena a pies juntos, dejándole pasar y luego, cuando se metió un poquito con él, el toro protestó y dejó de gustarle. Siguió sin gustarle con la derecha y con la izquierda. ¡Hombre, no hay derecho que a un figurón le echen este tipo de toros, pobre hombre! Y todo porque cabeceaba un poquito al final de los pases, porque no tenía ningún otro problema. Pues nada, esto fue la misma nada, con protestas del respetable, y tras doblarse con la horripilante fiera, lo despenó de sendos pinchazos caídos, y media estocada en las costillas, atravesada, necesitando sólo la décima parte de los descabellos del otro día, dos. Sólo dos. A su parecer el toro debía tener un peligro sordo, ciego, mudo, anósmico y parestésico. Lo mismo en el sexto, que ya es verdadera tortura para un esteta. Toro colorado, ojo de perdiz, feo, degollado y avacado de hechuras; impropio para Madrid. De vez en cuando el toro o Aguado pasaban por ahí y le daba un capotazo. El animal manseó en varas, cabeceando, dejándose pegar y saliendo suelto… en las tres que Aguado ordenó, por si se le quedaba crudo. Quizá el presidente estuviese dormido, o el que lo estaba era Aguado. Se caería antes de banderillas, aunque pareó bien Iván García, metiéndose mucho en su terreno, porque el toro no se arrancaba. Quizá ya hayan adivinado el por qué de su inmovilidad. El diestro, además, comenzó la faena doblándose con el toro, por bajo, por si quedaba algo… vivo por ahí. Luego siguió, de 1 en 1, desde fuera, sin mando, haciendo pasar al toro por dónde a éste le interesaba, por sus no demasiado próximas cercanías -imagínense la red vial de ferrocarriles del ministro Puente y se harán idea-. Con la izquierda, más fuera siguió dando pases, sin llevárselo jamás a la espalda, ni siquiera toreado. El toro, el torero, la presidencia y el público se aburrieron, el toro se distrajo, y el diestro aprovechó la ocasión para dar por terminado el suplicio, y lo mandó al más allá de una estocada casi entera, atravesada.
Lo dicho, no hay derecho de que a Aguado y compañeros mártires le echen reses de esta calaña. Los pobres Uceda y Clemente, no tuvieron la culpa, seguro. Pero Juan Pedro, ¡ay Juan Pedro!, si no fuera por lo recaudado, cuántas vacas deberían ir al matadero...