Recuerdo las fiestas del pueblo de mi tío como el lugar donde uno empezaba a despertar a la vida.
Era un sitio pequeño que parecía conectado por un hilo invisible donde todos sabíamos de todos.
Aquellos días, la gente estaba ociosa y con buen ánimo, esos momentos en los que cualquier humano te parece el más entrañable del mundo.
Todos nos conocíamos y todos nos saludábamos.
Una noche, mi tío, que era amigo de la familia de Andrés Vázquez, había quedado en su casa para cenar.
Yo no tenía ni idea de quién era ese hombre, pero recuerdo que la gente preguntaba con curiosidad: ¿vais donde Andrés Vázquez?, ¿qué, vais a cenar donde el torero, no?, ¿bajáis a Villalpando, donde Andrés Vázquez?..
Aquel interés que suscitaba en ese nido de peluqueras, hacia, que a los ojos de un niño, aquel acontecimiento pareciera más importante que de costumbre: allí había un torero.
Tardaría treinta años en descubrir, con nostalgia, aquella naturalidad desacomplejada con la que casi todas las personas — de forma casi religiosa — veneraban a aquel hombre castellano, que hablaba con una envidiable sencillez calmada.
Tardaría treinta años, en saber, que los toreros, fueron un día personas a las que se respetaba.
Qué tiempos en los que la gente iba a los toros y no tenía que justificarlo.
Estaban ahí y formaban parte del mismo prestigio moral que cualquier otra cosa, y aunque nunca hemos sido de hacer mucho caso a nuestros héroes, no dábamos el coñazo.
Recuerdo que el día que murió el Yiyo estaba en casa de mi abuela. Nos dio la noticia mi tía, y en mi familia, que nunca han sido muy aficionados, cayó como un jarro de agua fría.
Aquella tragedia tuvo calado en la sociedad, pero después, ya todo se volvió impermeable e inhumano.
Ahora tenemos esto que parece un charco ranas, una guerra de trincheras entre los que quieren darle matarile, y los que se empeñan en salvarlos; vamos ,que te sitúes donde te sitúes: un turras.
El otro día, mientras escuchaba a un ganadero hablar como si fuera el último día de su existencia, pensaba: qué lejos está la sociedad de esta gente, que profesa un amor hacia el toro tan grande, que nadie podría sino admirar, porque quiero pensar, que el amor, es de esas cosas que siguen poniéndonos de acuerdo.
¡Pero qué amor, si a los pobres toros los matan, dirá alguno!
Y aquí es donde uno se ve empujado por la obligación moral de cargar la suerte , diciendo que si, que ya, pero que aquí no se va a quedar ni Jordi Hurtado, y que esa gente, quieren a los animales desde el respeto, no desde el sentimentalismo humanizoide; vamos, que la hierba es verde, y tú, otra vez: un coñazo.
Debe ser verdad eso que se dice: el mal que padecemos no es la envidia, es el desprecio.
Miro dentro y está todo envenenado con la toxicidad del servilismo, del triunfalismo y de la mentira de unos hombres, que han perdido de vista el sentido primordial del rito: crear belleza frente a la certeza de la muerte.
Al final va a tener razón mi señora, que dice que ya no hay hambre, ni rebeldía, y mucho que perder. Quizá seamos nuestro propio verdugo.
Ahora, cada vez que vamos a la plaza, tiene uno la sensación de que no va a ver toros, va a salvarlos.
Hace unos días, en nombre de este nuevo puritanismo que cobra forma de pornografía moral, han prohibido a los enanos torear. Dicen que eso es una cosa denigrante y que el mundo tiene que evolucionar.
A mí nunca me ha parecido vergonzoso ver a un enano torero, jamás me reiría de él; ya me gustaría tener su valentía. Vergonzoso es esta forma de tiranía.
Los chavales, que se habían forjado un oficio, ya encontrarán otra cosa mejor, que eso, al neo puritanismo taurofobico, le debe parecer de lo más normal.
A mí, en esto, me tendrán siempre enfrente.
El estado de la cuestión no augura buen futuro, pero quien sabe, cuanta más gente se alza en una cruzada contra algo, más posibilidades hay de encontrar el efecto contrario al que se busca. La historia nos lo ha dejado escrito ya muchas veces.
Mirar a “los nuestros” es desolador: entre los acomplejados que se esconden por el qué dirán, los acomplejados que te sacan a Lorca en la primera cita y los acomplejados que se enfadan con Albert Serra porque en la gala de los Goya no ha gritado: ¡Viva el Viti!, te llenamos todas las ferias.
A Serra le ha pasado aquello que contaba un día un ganadero, que tienen la escuela de la calle y te resumen una tesis antropológica en una frase: cuando la gente ve que puedes triunfar, te empuja para llegar a la cima, y cuando te ven arriba, te quieren despeñar.
Odiar una cosa y la contraria siempre ha sido muy nuestro.
El tío ha caído en un lugar donde el talento y la confianza en uno mismo, está más perseguido que un cristiano en Korea del Norte.
Seguro que los mismos que ahora la desprecian, dirán algún día que todo esto era campo.
El domingo empieza la temporada en Madrid. Vienen los toros de Cuadri, que nos traen dos primaveras en sus pitones.
En comeuñas los crían como los niños de antes: analógicos, rebozados en el barro, con heridas en las rodillas y sin saber nada de nuestras miserias.
Dios los bendiga.