Invitados: Curro Vázquez
Presentación del invitado, por Alejandro Agustín
Señoras y señores, muy buenas tardes: es un honor y un placer presentar ante ustedes al maestro Curro Vázquez, figura que encarna con naturalidad y sin estridencias el clasicismo eterno del toreo; un torero de temple, gusto y hondura cuya vida profesional ha quedado profundamente ligada a Madrid y a la Plaza de Las Ventas, y cuyas lecciones —como vimos hace apenas unas semanas, en el homenaje a Antoñete— siguen enseñando a las nuevas generaciones cuál es la medida justa del arte taurino.
Manuel Francisco Vázquez Ruano —el rubio de Linares— nació el 1 de mayo de 1951 en el seno de una familia humilde y trabajadora. Desde niño sintió una vocación profunda, silenciosa, de las que no necesitan proclamarse. A los doce años su familia se trasladó a Madrid, y fue aquí, en esta ciudad que marcaría su destino, donde comenzó a forjarse el torero que luego conquistaría los tendidos venteños. En los años sesenta, cuando los chavales que soñaban con ser toreros se forjaban en la Casa de Campo, en El Pilón o en los ruedos de Vistalegre, allí estaba él: un joven rubio, de mirada limpia, con cara de niño y una seriedad impropia de su edad, que aprendía observando, imitaba los gestos de los mayores y soñaba con trenzar un día el paseíllo en Las Ventas.
Pronto empezó a destacar entre los jóvenes que se preparaban en Madrid. Tenía gracia andaluza, pero una sobriedad castellana en su modo de estar. Su toreo era natural, elegante, sin afectación; tenía ya ese aire ordenado y templado que luego sería su sello. Aquel chiquillo de Linares se convirtió en una de las grandes promesas apadrinadas por El Pipo, el mítico descubridor de talentos. Con él aprendió la disciplina, el respeto por el toro y la paciencia necesaria para abrirse camino en un mundo que no regalaba nada.
Debutó con picadores el 20 de abril de 1969 en Vistalegre, donde causó auténticos alborotos entre los aficionados. Aquella plaza de Carabanchel, tan popular y tan torera, fue el escenario donde se reveló un artista distinto: un torero que hacía las cosas despacio, con sentido, con un temple que llamaba la atención incluso entre los más veteranos. Ese mismo año, el 12 de octubre de 1969, vestido de blanco y plata, tomó la alternativa en esa misma plaza, de manos de José Fuentes y con el toro “Batanero”, de la ganadería de Barcial. Fue un debut con todos los matices: la emoción, el compromiso, y también la cornada que, como una marca de destino, se llevó en su estreno.
Confirmó la alternativa en Las Ventas el 15 de mayo de 1971, con Antonio Lomelín de padrino y José Falcón de testigo, ante toros de Alonso Moreno de la Cova. Y desde entonces Madrid fue su casa, su espejo y su juez.
La suya no fue una carrera fácil. Fue un torero que tuvo que ganarse cada tarde su lugar: a veces condicionado por las contrataciones, otras por las cornadas, otras por la dureza de un sistema que no siempre premia la verdad. Pero Curro fue siempre fiel a su concepto. No toreó para gustarse, sino para expresar lo que sentía. Por eso, cuando la inspiración le visitaba, su toreo alcanzaba cimas que pocos podían igualar: muletazos hondos, naturales largos, compás sereno, una elegancia andaluza sin empalago. Toreaba con el cuerpo, pero sobre todo con el alma.
Madrid, esa plaza exigente y sabia, lo reconoció enseguida. La afición venteña no tardó en adoptarlo como propio. La Monumental no fue para Curro un escenario más, sino un templo. En ella vivió sus triunfos, sus crisis y sus resurrecciones. En septiembre de 1979 cortó una oreja a un toro de Camaligera, y aquella oreja —aquella “oreja de oro”, como se dijo entonces— cambió su rumbo: Madrid despertó con él y le miró de otro modo. Desde ese momento, su nombre empezó a pronunciarse con respeto y con afecto.
En 1982 llegó la tarde del renacer: el toro Sacapolvos, de la ganadería de El Torero, le brindó la oportunidad de una de esas faenas que marcan una vida. Dos orejas, Puerta Grande y la confirmación de un artista. Aquella tarde fue la consagración de un torero que llevaba años buscándose y que, por fin, encontró su plenitud en el escenario más exigente del mundo.
Y apenas un año más tarde, en plena Feria de San Isidro de 1983, una cornada gravísima propiciada por un asaltillado toro de Alonso Moreno volvió a ponerlo a prueba. Estuvo al borde de la muerte, pero volvió. Y volvió con la serenidad y la hondura de quien ha visto de cerca el límite y ha decidido superarlo. Esa vuelta, con más arte y más verdad, con más profundidad que nunca, lo convirtió en un torero aún más grande.
Los años ochenta fueron su década dorada. Fueron años de madurez, de faenas medidas y de tardes inolvidables. La lentitud, el temple, la limpieza del trazo, el compás justo: todo eso definía a Curro Vázquez. Toreó con la hondura de los artistas de vocación, con la elegancia de los que no buscan el aplauso fácil. Y en esos otoños madrileños se fraguaron las tardes más puras de su carrera.
Hasta que llegó el 30 de septiembre de 1989, con los toros de Victorino Martín. Aquella tarde de la Feria de Otoño quedó grabada para siempre en la historia de Las Ventas. Con el toro Borrador, Curro firmó una faena breve, medida, perfecta: muletazos lentos, trincherillas con sabor añejo, un kikirikí final como rúbrica de su torería. La plaza se rindió. Joaquín Vidal escribió: “Curro Vázquez toreó al cuarto Victorino como sólo pueden hacerlo los que tienen convertido en ministerio su oficio.” Fue la confirmación de que su arte no conocía el tiempo, sólo la inspiración.
Madrid, que todo lo ve y todo lo guarda, lo elevó al rango de “torero de Madrid”, título simbólico, sentimental, intransferible. En esta ciudad se sintió comprendido y querido. Porque nadie puede ni debe olvidar que Curro Vázquez, junto a Antonio Bienvenida, Antoñete y Luis Francisco Esplá, es uno de los toreros que más veces ha realizado el paseíllo en Las Ventas; que, por su magisterio, ha torero las despedidas en Madrid de tres maestros del toreo —Andrés Vázquez, Manolo Vázquez y Antonio Chenel—; y que, por las mismas razones, ha acompañado a Curro Romero en todas las comparecencias extraisidriles y extraordinarias que el Faraón ha tenido en el coso venteño.
Hablar de Curro es, inevitablemente, hablar de Antoñete. De su maestro, su amigo, su espejo. De ese encuentro entre dos almas toreras que compartían una misma manera de entender el toreo: la naturalidad, el valor sereno, la pureza sin artificios. Su relación, nacida en los entrenamientos del Olivar, se transformó en una amistad profunda, fraterna. “Utilizábamos el mismo lenguaje”, recordaba Antoñete. “Y así nació una gran amistad.”
Antoñete representó una forma de sentir Madrid, y Curro fue su heredero natural. Cuando el maestro del mechón blanco se retiró, fue él quien recogió el testigo, quien mantuvo viva la llama de ese toreo clásico y castizo que tanto emociona a esta plaza. “Desde que se retiró Antoñete —escribió Navalón—, uno de los pocos que me ha llenado algunas tardes se llama Curro Vázquez.”
Y hace apenas unas semanas, en el festival-homenaje a Antoñete celebrado el 12 de octubre de 2025 en Las Ventas, la historia volvió a repetirse. En un cartel destinado a enlazar generaciones, Curro volvió al ruedo para dictar, en vivo, una auténtica lección de tauromaquia. Tomó el capote como quien abre un libro sagrado y dibujó una media verónica que detuvo el tiempo. Con la muleta, en terrenos del seis —sus terrenos—, ligó los pases con delicadeza, cadencia y largura. Los olés no fueron de cortesía; fueron de verdad. Los jóvenes aficionados, muchos de ellos sin haberlo visto torear en su plenitud, tomaban nota. Los veteranos, emocionados, volvían a reconocer al torero que tantas veces los había conmovido. La crónica de aquel día lo recogía así: “El primer maestro que tomó la tiza fue Curro Vázquez, y su lección consistió en la belleza de la torería. Media verónica magistral, naturales largos, templados, hondos. Elegancia, cadencia, serenidad.”
Aquella mañana, la plaza entera contuvo el aliento. No era un gesto nostálgico, sino una clase viva. Curro no salió a buscar la foto: salió a sostener la antorcha. Y lo consiguió. Aquel día Madrid comprendió que su arte sigue siendo vigente, que su temple y su naturalidad continúan dictando cátedra.
Curro Vázquez fue —y sigue siendo— un torero de tardes más que de temporadas, un artista que no se dejó llevar por las modas, sino por los principios. Su geometría perfecta del pase, la rectitud del cite, la muleta ofrecida con el pecho por delante, la suavidad de su verónica, la hondura del natural, la elegancia sin afectación y el valor sereno dibujan el retrato de un torero que, con altibajos y momentos de inspiración suprema, dejó en la historia obras imprescindibles. Toreó cerca de un centenar de festejos en Las Ventas, cortó numerosas orejas y salió dos veces por la Puerta Grande, pero las cifras son lo de menos: lo que permanece es la emoción. Porque Curro Vázquez es, como alguien escribió con acierto, el último torero de lujo: en él conviven la elegancia, y el valor, la sobriedad y la inspiración, lo clásico y lo original. Su legado no se mide en estadísticas, sino en el respeto que inspira su nombre y en la huella imborrable que dejó en quienes lo vieron torear de verdad.
Hoy, en esta casa de la afición, en esta Asociación que ama el toro y defiende la verdad del toreo, estamos de enhorabuena al contar con su presencia. Porque su nombre está unido a una forma de torear que no se negocia: la del arte entendido como verdad, como riesgo asumido, como entrega plena.
Y es justo terminar con una imagen: la del rubio de Linares caminando por Madrid, acercándose a Las Ventas con el corazón sereno, dispuesto a dejar en el ruedo todo lo que es. La del torero que torea como vive: con hondura, con medida, con emoción. Esa figura —la del hombre que hace lo que dicta el alma— es la que hoy recibimos con gratitud y admiración.
Muchas gracias, maestro Curro Vázquez, torero de culto y de ceremonia, por acompañarnos esta tarde y bienvenido a la Asociación El Toro de Madrid.
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