Presentación del invitado, por Alberto Herrero
Permítanme - y permítame también nuestro invitado- que hoy me atreva a compartir esta introducción con otro protagonista. Estoy seguro de que no le importará a nuestro querido Florito, que precisamente hoy aprovechando su presencia, dedique unas palabras a ese ser enigmático, esencial, cuya sola presencia dotada de toda su integridad y fuerza natural, da sentido a todo cuanto sucede entorno a nuestra afición. Hablo, claro está, del toro.
Y es que cuando el toro se hace presente en su máximo esplendor, todo queda subordinado a él. Su anatomía proporcionada, su mirada altiva y su movimiento con ademán señorial, conforman una de las más altas formas de belleza que el hombre pueda contemplar. Al mismo tiempo es fuerza, instinto, pero a la par, templanza. Porque la naturaleza alcanza en el toro un equilibrio casi sagrado: fiereza y nobleza, poder y entrega. Es por ello que se le teme y se le admira a la vez. Su silencio impone más que cualquier palabra, y su quietud, antes de cada embestida, contiene todo el misterio de la creación.
Pero el toro, en su esencia, no es solo un animal. En él se representa la plenitud de una tierra mediterránea que, desde Creta hasta Hispania, siempre lo veneró. Pueblos bañados por nuestro Mare Nostrum que han ido forjando una cultura mantenida a lo largo de siglos, donde alrededor del juego con el toro surgieron ritos y entorno a su muerte, una liturgia.
Esa herencia milenaria sigue viva entre nosotros. Cuando el toro irrumpe en la arena, rompiendo el silencio con su galope, somos testigos de la repetición de un culto ancestral. No asistimos simplemente a una corrida, sino a esa ceremonia de reconocimiento mutuo entre el ser humano y la naturaleza. En ese instante, la plaza se transforma en templo, y el toro bravo, en la deidad que lo consagra.
…Ese toro bravo, que es la última criatura libre del Mediterráneo. Vive en estado de pureza, bajo la ley de la intemperie y del tiempo. Nadie le impone su modo de ser: nace para mandar, para defender, para embestir. No conoce la sumisión ni la falsedad. Por eso su irrupción en el ruedo no es solo el comienzo de una faena: es una lección de autenticidad. Frente a su presencia, el artificio humano se reduce a lo que es: un intento de poner orden frente a la grandeza del caos.
Por todo ello, La Fiesta no debe apoyarse en la comodidad del hombre, sino que debe girar entorno al protagonismo del toro y su dignidad. Sin su verdad, la Fiesta se desmorona. Su bravura es fruto de siglos de selección, y la misión del hombre será salvaguardarla y respetarla para permitir que el animal siga demostrando su legitimidad y su grandeza.
Y si el toro es el eje, el corazón y el misterio, no menos esencial es aquel que lo custodia. El que lo acompaña desde la dehesa hasta los chiqueros, el que lo entiende sin palabras, el que vela por él antes de que suene el clarín.
Ese hombre tiene nombre propio y es, sin duda, uno de los que mejor conocen al toro en España y en el mundo: Florencio Fernández Castillo, “Florito”.
Florito, a decir justicia, es un sabio del toro. Desde que vio la luz allá por 1962 en su Talavera natal, respiró el ambiente de una familia ligada a la Fiesta. Desde niño forjó su personalidad entorno a esa voz paterna de mayoral y el olor a ganado bravo, entre chiqueros y corrales, aprendiendo sin percatarse un idioma que pocos hombres dominan: el lenguaje del toro.
Tras probar suerte como novillero y ver su nombre anunciado en los carteles como “El Niño de la Plaza”, pronto comprendió que su posición ante la bravura debía ocupar otro lugar. En 1983 se hizo mayoral – por convicción- y tres años después acudió a la cita que Manuel Chopera y el destino le tenían guardado para que su figura se volviera inseparable de la Plaza de Madrid. Su labor, como jefe de corrales durante casi cuarenta años y posteriormente también como veedor, le han convertido en el centinela del rito, en el guardián de su autenticidad. Cada toro que ha pisado la arena de Las Ventas ha pasado antes por sus ojos, por su criterio y por su respeto.
Allí, en la trastienda de los corrales donde el silencio huele a expectación, Florito actúa con sabiduría, con paciencia, analizando la mirada de cada toro, intuyendo su carácter, midiendo su distancia y anticipándose a sus reacciones. Dominando una conversación sin palabras repleta de gestos y tiempos.
Pero más allá de todo el conocimiento técnico, nuestro hombre conduce esta relación siempre sujeta a una ética donde impera el respeto al animal, al verdadero protagonista, tratándolo como lo que es: un ser digno de toda consideración a quien cuidar y proteger en su plenitud, y así honrarlo hasta el momento de la lidia.
Su relación con los cabestros —sus inseparables compañeros— es otro signo de su saber antiguo. Con ellos, Florito ha formado una cuadrilla perfecta, silenciosa y eficaz. Su manera de templar los bueyes, de llevarlos con suavidad, de evitar el caos en los momentos de tensión, es pura música de oficio. En los momentos más comprometidos, cuando el orden de la lidia peligra o el toro se resiste a volver al corral, es cuando su temple y su oficio se hacen visibles. No hay aspavientos ni protagonismo, sólo eficacia y serenidad al servicio de la dignidad del espectáculo.
Florito, a lo largo de su carrera también ha peinado el campo bravo seleccionando toros con ojo de artista y sentido de la justicia. Su criterio, asentado en esa intuición labrada por el trato diario con el animal, se hace ley entre los ganaderos, que confían en su palabra. Donde un profano ve un toro más, él ve una historia, una promesa, un carácter.
Por su trayectoria y su humanidad ha recibido premios y distinciones, pero ninguno le importa tanto como el respeto del toro y del público. Sabe que la verdadera gloria está en el deber cumplido, no en el aplauso. Y por ello Madrid pronuncia su nombre con la naturalidad que se pronuncia la de un gran torero, porque aun sin vestir el traje de luces, es un lidiador discreto, humilde; un artesano del orden y el temple.
(Ya concluyo) - Florito pertenece a esa estirpe de hombres que sostienen la Fiesta desde la sombra. Por ello, recibirle hoy en la Asociación el Toro de Madrid no es un mero acto social, sino también el homenaje a la relación del hombre con el toro y el respeto hacia todo lo que esto representa. Sirva como tributo al símbolo y a su guardián. Porque si el Toro es el Rey, Florito ha sido su fiel y silencioso custodio.
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