Invitados: D. Tomás Prieto de la Cal
Presentación del invitado, por Alberto González
Buenas tardes. Sean todos bienvenidos a una nueva sesión del Ciclo de Tertulias Invernales de la Asociación El Toro de Madrid. Hoy tenemos el inmenso, el incomparable honor de recibir a un hombre cuya vida es, simple y llanamente, indisoluble de la historia viva del toro bravo: don Tomás Prieto de la Cal. Para comprender verdaderamente la magnitud de su labor silenciosa y el peso histórico que recae a diario sobre sus hombros, debemos remitirnos a los albores mismos de la Fiesta de Toros tal y como la conocemos, a la génesis de una sangre fundacional que constituye un patrimonio genético irremplazable.
Los primeros antecedentes de esta mítica estirpe los encontramos en la figura de don Gregorio Vázquez. Ejerciendo como proveedor en Utrera de los ejércitos reales, don Gregorio fundó su vacada hacia mediados del siglo XVIII, partiendo de reses de los cartujos de Jerez y de los dominicos de Sevilla. Poco después, incrementó el rebaño cruzando todo con sementales del marqués de Casa Ulloa, de origen Cabrera. Don Gregorio debutó en Sevilla lidiando toros con divisa blanca y negra en abril de 1763.
Tras su fallecimiento en 1778, tomó el relevo su hijo menor, Vicente José Vázquez, quien heredó la manada y transformó la crianza del toro bravo en una auténtica obsesión. Con una sed inagotable por perfeccionar la bravura, buscó reunir las cualidades de las mejores vacadas de su tiempo. Como los cruces resultaron demasiado ásperos, decidió insuflar a sus reses un poco de la nobleza que atesoraban los toros del conde de Vistahermosa. Ante la rotunda negativa del conde a venderle su ganado, Vicente José recurrió a una argucia: compró al arzobispo de Sevilla el derecho de percibir los diezmos de la comarca. Al presentarse en la finca como recaudador, obligó al aristócrata a entregarle parte de su ganado como tributo eclesiástico.
De este cruce genial entre las hembras negras de Vistahermosa y los toros de Cabrera —en los que predominaban los colores arena y fuego—, germinó la portentosa raza vazqueña. Vázquez extrajo la quintaesencia de la bravura valiéndose de la consanguinidad y sistematizando las tientas a campo abierto por acoso y derribo. Forjó así un animal que personificaba un pacto zootécnico perfecto: un toro más bajo y noble que el de Cabrera, pero más fuerte y grande que el de Vistahermosa. Su fiereza encajó a la perfección con la tauromaquia defensiva de la época.
A su muerte en 1830, su patrimonio tuvo que ser enajenado. El rey Fernando VII adquirió la flor y nata de la vacada por 300.000 reales a través de Fernando Criado Freire. Tras ser severamente tentadas en Casaluenga por Sebastián Míguez y Francisco Sevilla, 700 reses emprendieron un largo viaje hacia la Dehesa Nueva del Rey, cerca de Aranjuez. Durante este trayecto, la fiera condición vazqueña cobró la vida del infortunado vaquero Ginés Moragas. Nacía de este modo la Real Vacada.
Tras la defunción del monarca en 1833, el ganado regio recayó en la reina gobernadora, María Cristina de Nápoles, vendiendo esta el hato en 1835. En ese instante, el decimotercer duque de Veragua, don Pedro Alcántara de Colón, formó sociedad con su primo, el duque de Osuna, pagando la misma cantidad de 300.000 reales para hacerse con la legendaria manada. Los escritos más románticos argumentan que los duques tomaron la decisión de sacrificar todo el ganado cruzado con la raza Jijona presente en la ganadería vía Fuentes y Manuel Gaviria, para salvaguardar exclusivamente la sangre vazqueña, lo cual consiguieron gracias al conocedor Sebastián Míguez, quien había marcado discretamente a los productos cruzados con un zarcillo en la oreja. Estudios más documentados demuestran que esto no es sino una leyenda y que lo que sí tuvo lugar fue una selección por los nuevos propietarios conducida a consolidar la ganadería en torno a lo más vazqueño de la misma. Entre 1835 y 1849, los duques de Osuna y Veragua lidiaron asiduamente en Madrid cientos de toros de casta vazqueña. Aunque al principio estos animales mostraban una gran variedad de pelajes, a partir de la década de 1860 comenzó a predominar la capa jabonera gracias a la descendencia del célebre semental Charrengue. La presencia constante de estos toros dividió a la afición madrileña en dos bandos: los «gazpacheros», partidarios del toro andaluz (más bravo y noble, pero causante de más percances mortales), y los «patateros», defensores del toro de la tierra (más duro en varas, pero con tendencia a rajarse y huir).
Devolviendo el honor a la divisa roja y blanca original, estos poderosos toros ejercieron un dominio absoluto y aterrador durante todo el siglo XIX. El público de entonces vibraba con un enfrentamiento heroico y brutal en el que valientes varilargueros, como Francisco Sevilla «Troni», se batían a duelo con toros de un salvajismo inigualable. Los veraguas, de tremenda presencia y agresividad, protagonizaron espectáculos y hazañas casi mitológicas que infundían pavor; como ejemplo, se recuerda que en el año 1894, en la plaza francesa de Nîmes, seis toros de esta mítica casa tomaron la friolera de 72 varas, ocasionaron 70 tumbos y arrebataron la vida a 20 caballos. Como dato esclarecedor, nótese que algunos años, como en 1896, la ganadería llegó a lidiar en Madrid 48 toros y 26 novillos, o mejor dicho, toros para novilladas. Algunos autores afirman que por el elevado precio de 4.000 reales por toro al que llegaron a pagarse, se llamó al billete de 1.000 pesetas «un veragua», aunque seguramente la verdadera razón fue que, en 1876, ese billete llevaba impresa la efigie de Cristóbal Colón.
Sin embargo, el inexorable paso del tiempo y la profunda revolución técnica impuesta por los albores del toreo en redondo en los inicios del siglo XX, exigieron un comportamiento diferente. Las nuevas formas necesitaban toros con largura en la muleta, y los ásperos veraguas fueron marginados como toros a contraestilo. Esta marginación precipitó que en 1927 se vendiera definitivamente la ganadería a los hermanos Martín Alonso, quienes en 1930 la enajenaron a Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio. Su hijo, Salvador Domecq y Díez, vende a José Enrique Calderón, ganadero de Marchena, el lote de Veragua puro que le correspondió a la muerte de su padre. En agosto de 1945, un año y medio antes de fallecer, Calderón decide vender su vacada presintiendo que sus herederos no tienen su mismo interés en ella.
El núcleo puro vazqueño estaba casi borrado. No obstante, en 1945, un general de caballería obró el milagro del rescate: don Tomás Prieto de la Cal y Divildos, quien le compra a Marcial Lalanda el antiguo hierro de Florentino Sotomayor deshaciéndose de inmediato de la flaca vacada de origen albaserrada que le vendieron con el hierro y, aconsejado por sus amigos de la familia Pérez Tabernero, le compra dos lotes de animales a Enrique Calderón. Uno es de origen Veragua puro: doscientas cincuenta cabezas, entre las cuales estaban ciento veinte vacas de vientre y dos sementales. Tomás Prieto de la Cal, empeñado en preservar los últimos toros de sangre vazqueña, compró inicialmente la finca andaluza Los Alburejos. Sin embargo, adquirió finalmente la finca La Ruiza, trasladando hasta allí a su ganadería a pie para poder disfrutar cómodamente de su afición. En aquella época La Ruiza albergó fiestas por donde transitaban desde el rey Pedro de Yugoslavia hasta estrellas de Hollywood como Ava Gardner y Rita Hayworth. Durante los quince años siguientes, bajo la influencia de figuras del toreo —principalmente Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez—, la ganadería vivió una época gloriosa. Pero a finales de la década de los 60, la enfermedad del ganadero provocó una profunda decadencia en la gestión de su vacada, evidenciada en la falta de selección y control en la cría. Esto, unido a las retiradas de Dominguín y Ordóñez, provocó que la ganadería fuera quedando paulatinamente excluida de los eventos y ferias de mayor relevancia.
La verdadera y más dramática prueba de supervivencia para esta antiquísima sangre aconteció en el doloroso año de 1975. El óbito de don Tomás dejó a un niño de escasos nueve años, nuestro invitado de hoy, como el depositario legal absoluto de aquel inmenso y abrumador peso histórico. En ese oscuro abismo de incertidumbre, la firmeza, valentía y lealtad inquebrantable a la memoria de su esposo por parte de su madre, la marquesa de Seoanes, obró como un escudo protector infranqueable. Ella se negó en rotundo a ceder a las presiones del mercado o a mandar aquellos imponentes jaboneros al matadero, garantizando con mano de hierro que esa reserva biológica de arena y fuego llegara incorrupta, pura y desafiante al momento exacto en que aquel chiquillo de pantalones cortos pudiera regir por sí mismo su destino.
Y es precisamente ese niño de ayer el hombre que nos honra profundamente hoy con su presencia y su magisterio. Frente a todos ustedes comparece un faro de estoica integridad. Si para su recordado padre la crianza representó la cumbre de un lujo brillante rodeado de la élite de su tiempo, para nuestro protagonista custodiar celosamente esta sangre constituye un sacerdocio vital, su oficio y la más profunda razón de su existencia. Él carga diariamente con el peso de conservar el medio de vida y bienestar de numerosas familias que habitan su feudo, forzado a derrochar ingenio organizativo.
Él es un guerrero silente que se yergue contra la estandarización, nadando a contracorriente de un implacable sistema moderno. Mima a un toro puro, fuerte y atlético que forja su osamenta de manera natural. Ha comprobado que los pastos de las márgenes del río Tinto hacen a sus animales más fuertes, despreciando categóricamente las vitaminas que otros añaden a la alimentación. Es un purista que se niega a someter a sus astados a la humillación de las fundas y los artificiales correderos, prefiriendo que sus animales se ejerciten libremente en La Ruiza.
Atesora en su pecho una pasión salvaje, silenciosa, recóndita y completamente desprovista de las fatuas superficialidades de los mandamases taurinos. Su vocación hunde diariamente las botas en el barro espeso y en las madrugadas infinitas del campo bravo. Observa con elegante y aristocrática distancia las habituales mezquindades de los burócratas contemporáneos, soportando incomprensiones y afrentas con una dignidad sublime, plenamente consciente de que proteger a toda costa una joya genética única tiene un altísimo y a veces amargo precio. Convive a diario y de manera íntima con la peligrosa fiereza de sus toros, aceptando un tenso parte de guerra matutino cuando su mayoral le informa de las bajas en la camada. No titubea ni un segundo en interponer su ruidoso vehículo todoterreno para evitar valientemente que sus enigmáticos gigantes, poseedores de un pésimo e individualista carácter gregario, se maten entre sí a cornadas letales al oscuro cobijo de los eucaliptos.
Su titánico esfuerzo no ha sido en vano. A base de inmensos sacrificios, ha reconquistado territorios sagrados, lidiando en Francia y materializando triunfos indiscutibles. Plazas exigentes han sido testigos de la casta y la fiereza de los Tigres de Veragua. Los cuatro hijos de don Tomás —María, Tomás, Fernando y Teresa— constituyen los futuros guardianes de tan extraordinario legado.
Señoras y señores, nos congregamos esta tarde aún de invierno para reverenciar con absoluto respeto al albacea indiscutible y protector numantino de la inmemorial casta vazqueña. Un hombre de integridad recia, dolorosa y pura como el fuego. Un guardián insobornable del campo bravo que se ha dejado el alma, los desvelos y la vida entera en las marismas para conseguir, contra viento y marea, que la sinfonía de trapío, de bravura antigua y de esplendor jabonero siga entonándose, de forma magistral e inmortal, en las soledades de La Ruiza.
Si tuviéramos la suerte de tener entre nosotros a D. Luis Fernández Salcedo —gran aficionado, descendiente directo de los Martínez de Colmenar y posiblemente el que mejor ha escrito sobre el toro en el campo—, y tuviera que empezar hoy a escribir su fantástico libro «Trece ganaderos románticos», es muy posible que pensara en don Tomás Prieto de la Cal para dedicarle uno de los capítulos de tan exquisita obra.
Es para todos nosotros un enorme privilegio y una inmensa alegría cederle hoy el uso de la palabra. Muchas gracias, ganadero.
Resumen de la tertulia, por Pepeíllo
“Romántico con futuro”
Acompañado por sus hijos, se presentó D. Tomás Prieto de la Cal, ganadero de reses bravas a la vez que un romántico empedernido, en la Asociación el Toro de Madrid. Un pasado, un presente y un futuro donde sus ideas fueron defendidas con claridad desde el principio de faena hasta que la noche nos saludó recordándonos la despedida.
Los ponentes nos metieron sin preámbulos en la tertulia. Desde el primer momento en la faena no hubo probaturas. El invitado sabía los terrenos que pisaba desde el principio, los aficionados tenían ganas de escuchar a nuestro invitado de lujo y se enfrentaron directamente a su labor. Fue el presidente de la ATM, Carlos Rodríguez Vila-Rey quien primero fijo los caracteres de nuestro invitado con palabras justas y claras. El principio de faena no pudo ser más esperanzador. Pero fue nuestro socio, Alberto González, quién continuó lidiando con la historia de la ganadería de D. Tomás Prieto de la Cal Picón, dando con sus palabras el sitio que merecía. Palabras que sirvieron para que su rostro mostrara una satisfacción de reconocimiento que la faena se estaba haciendo con la verdad por delante y lo más importante, sin ventajas ni adulaciones innecesarias. Faena breve y con las palabras justas. Tanto D. Tomás como los aficionados presentes así lo entendieron. Faltaba el último tercio, y nuestro invitado no tuvo más remedio que venirse arriba intentando dejar en su sitio a un encaste que la historia, su historia, ha marcado que así fuera.
Hay que aclarar que el tiempo fue benevolente con el encaste vazqueño antes que llegara a manos de su padre en el año 1.945. De lo expuesto por Alberto González, en los inicios José Vázquez cruzó su ganadería con sementales de Cabrera y con sangre de Vistahermosa, con el fin de mejorar su proyecto y tratando que su ganadería encajara en los gustos de la época. Pero con el paso de los años, la ganadería se encontró con personas enamoradas de este encaste y que fueron decisivas en su mantenimiento, como también lo fueron otros que de haberla prolongado en sus manos no estaríamos hablando hoy de los animales que pastas en la finca La Ruiza. Uno de ellos fue el mayoral Sebastián Míguez, que se encargó de trasladar la ganadería adquirida por el rey Fernando VII al entorno de los pastos de Aranjuez, evitando que la totalidad de la ganadería fuera cruzada con la casta jijona. En manos del conde de Veragua, la ganadería estuvo en la cúspide de la bravura, La capa ensabanada apareció con el semental Charrengue, lidiado en Valencia. Después de copar la cima en manos del duque, cuando apareció el siglo XX, comenzó a ser un problema ya que el toreo moderno no admitía la exigencia de este encaste. El padre de nuestro invitado, D. Tomás Prieto de la Cal, compró ganado y hierro a Marcial Lalanda eliminándolo después. Posteriormente adquirió la ganadería de José Enrique Calderón, de procedencia veragua, trasladándola a la finca Los Alburejos, propiedad de Álvaro Domecq, dada su relación con este ganadero, hasta su ubicación final en La Ruiza. En los años sesenta decayó el juego que daba la ganadería y en 1.975 falleció el padre de nuestro invitado, quedando la ganadería en manos de un niño de 9 años que con el apoyo de su madre, Mercedes Picón y Agero, marquesa de Seoane, pudo proyectar su afición al cumplir la mayoría de edad haciéndose cargo de la ganadería, nadando a contracorriente con el fin de mantener la pureza de esta joya genética única.
Tomó la palabra el ganadero alabando la labor que hizo Luis Fernández Salcedo, añadiendo que si viviera estaría de nuestro lado. El toro es la verdad de la fiesta. Los ganaderos que trataron de cuidar este encaste, el menos importante fue Fernando VII y su esposa, ya que estuvieron a punto de cruzarla con ganado procedente del encaste jijón. Vicente José Vázquez fue el que hizo la ganadería, y en los orígenes metió sangre de Bécquer y Ulloa, dándole un tono épico a los festejos. Al adquirirla el conde de Veragua, éste se apoyó en los conocimientos de Sebastián Míguez, mayoral que fue providencial por lo narrado anteriormente. El XIV duque Veragua vivió la fiesta en todos los sentidos, llegó incluso a cambiar la ubicación de la banda de música de la plaza antigua de Fuente del Berro, que estaba encima de la meseta de toriles, ya que el ruido podía influir en el comportamiento de los animales. El paso de la ganadería por Alonso Domínguez y por Domecq, fue distinto. Ambos ganaderos fueron buscando inicialmente la publicidad de su negocio, el segundo de sus bodegas. Sin embargo consideró a Criado Freire fundamental en el mantenimiento del encaste vazqueño. Tanto José Enrique Calderón como su padre hicieron de salvadores de la parte que adquirieron de la ganadería al primer Domecq de la estirpe.
Con 18 años decidió tomar las riendas de la ganadería con el apoyo de su madre, como antes expuso Alberto. El traslado de la ganadería de los Alburejos a La Ruiza se llevó a cabo entre los años 1.949 y 1.956, destacando la labor de Álvaro Domecq por el apoyo prestado. El mayoral José Doblado también tuvo un papel destacado, era una persona que conocía muy bien las familias en que estaba dividida la ganadería. A los 9 años Antonio Bienvenida le brindó la tienta de una vaca En cuanto al comportamiento ha tenido muchos altibajos. Recordó que la primera corrida que lidió en San Agustín de Guadalix, fue un petardo. En la selección le interesa la suerte de varas, la salida a la plaza y como remata su comportamiento. La morfología la defina la capa jabonera, pero no la busca en la selección. Es un animal que no es descarado, pero su mirada es penetrante. El veragua de antaño era un toro de salida y del tercio de varas, pero el toreo actual ha cambiado y el último tercio es fundamental en la tauromaquia que nos ha tocado vivir. Añado. Actualmente tiene entre 180 y 200 vacas. Heredó 29 familias de consanguinidad y en la actualidad tiene 27, con 12 sementales que va jubilando cada año. Roberto planteó por qué no viene a Madrid. Contestó el ganadero que lleva 10 años que nadie le llama, aunque al principio se postuló para lidiar en Las Ventas, pero no se hizo realidad su deseo. Tampoco llaman a Raso del Portillo. Siempre ha tenido toros para Madrid y no piensa poner fundas, calificándolas como una entrada a la manipulación de las astas. Los actuales gustos del público, le impone ir solamente a determinadas plazas, comentando que la suerte de varas en Las Ventas es muy mala y las autoridades deberían tomar cartas en el asunto. Cuando el presidente de la UCTL era Aleas, la normativa era más severa, se miraba más esta suerte, pero ahora es muy débil y todos campan a sus anchas. Los carteles de San Isidro de este año son como una pasarela de Madrid. Muy poco seria. Añado. Le gusta lidiar en Francia y San Agustín de Guadalix, en estas plazas se ven sus toros y son escrupulosos en la ejecución de la suerte de varas. A pesar de las circunstancias que adornan la fiesta en este siglo, no le gustaría adaptarse a estos gustos, siendo consciente de ello, si lo tuviera que hacer, dejaría de ser ganadero. Mencionó al toro Farolero lidiado en Zaragoza en el año 2004. En cuanto al problema de la consanguinidad, el duque de Veragua no la tenía en cuenta, pero hay que respetarla en gran medida. En cuanto a su encaste, la ganadería portuguesa de Fernando Pereira Palha es lo más parecido que hay en campo bravo en cuanto al encaste vazqueño. Actualmente no tiene a quien comprar ganado para un posible refresco, tampoco entra en sus planes vender ganado. Le expuso Cristina sobre los toros castaños. Resaltó el ganadero los toros castaños de Bécquer y los berrendos de Ulloa. Los castaños le han dado buen juego aunque salen algo atrasadillos en el tiempo en cuanto a su comportamiento. De Sevilla tampoco le llaman y sobre la nueva empresa tampoco la espera, si lo hicieran sería un milagro. Ceret lo tiene castigado. Respecto a Pamplona, le gustaría ir, también se ofreció, pero… Ha lidiado en plaza de los alrededores de Pamplona. Adrián planteó el tema de las fundas y como ya comentó lo considera una competencia desleal, ya que en casi todas las plazas se tocan los pitones, por eso los toreros modestos tienen que lidiar las ganaderías duras, no solo por las dificultades de la casta, ya que Dolores Aguirre, Cuadri y su ganadería no usan fundas y salen en puntas. Dicho queda. De 10 ganaderos, 9 ponen fundas. Por este hecho su relación con la UCTL no es buena. Sobre este tema narró lo que ocurrió en Córdoba, hubo una reunión en la cual iban a estar presentes Ricardo Gallardo y Cuadri, éste no pudo acudir y trató que fuera nuestro invitado. Al dudar de la honradez de las fundas, Gallardo, se marchó de la reunión. Comentó que los caballos de picar de Las Ventas son enormes y consideró que debe haber un compromiso con la autoridad competente. Antes había más control sobre las puyas y los picadores, hoy no. A su criterio cambiaría los caballos, el peto y las puyas y hablaría con los picadores, anunciándoles que sus malas artes castigando a los animales, podían considerarse acciones punitivas. En la actualidad todo vale y cada comunidad va por libre. Las puyas de Julio Fernández, con cuatro aristas, son mejores y hacen menos daño a los toros.
Alberto Herrero, sacó el tema del toreo actual, a lo que D. Tomás expuso no estar de acuerdo que hoy se torea mejor que nunca y los toros son más bravos. El tiene otro concepto del toreo y de la bravura. Los toros hoy son colaboradores de los toreros y previsible en su juego. Los ganaderos han seguido una corriente equivocada. El animal, como tal, debe ser imprevisible y debe dar miedo. Hoy el toreo es aburrido, siempre es igual Expuso al hilo de esto que la prensa es el mayor enemigo de la fiesta, con el problema añadido de cómo se educa a un público que va a las plazas a ver lo previsible. Sobre si compraría el hierro de Veragua, comentó que no. Antes había que comprar un hierro que estuviera reconocido por la UCTL. La tienta de las vacas las suele hacer de utreras, dando mucha importancia a la salida y en el caballo. Los utreros los elige por familias y otros por resultados.
Requis le expuso a nuestro invitado la gesta que tuvo Morante con su ganadería el 7/8/2021, al anunciarse en solitario en el Puerto de Santa María. Nuestro invitado aceptó la propuesta pero desde el principio no lo vio claro. El torero expuso que tuvo que anunciarse solo ya que ninguno de sus compañeros quiso hacerlo con este ganado. ¿Si el público que entra en éxtasis con faenas previsibles, aburridas y eternas, conociera estos detalles, cambiarían de postura? Añado. La corrida fue un fracaso. El torero se limitó a quitarles las moscas a sus enemigos. Los toros los eligió el torero y estuvo en su casa tentando para conocer su ganado. El ganadero y sus hijos protegieron la corrida desde la salida de la finca hasta su lidia, no se fiaban de nadie. El torero cambió el orden de lidia. Coca lo consideró un romántico del siglo XXI. Preguntó que donde lidia. Contestó el ganadero que suele lidiar de 3 a 4 corridas por temporada, también en rejones, aunque sus hijos se oponen, lidia también erales y en espectáculos de recortes. La familia tieneotros ingresos, como el corcho con la plantación de alcornoques y la agricultura.
Cuando masacran a un toro en el caballo lo pasa muy mal, aunque lo vea por la televisión. En Lodosa, Navarra, le pegaron seis puyazos a un novillo. El novillero estaba muy verde y tuvieron que dejarlo casi para el arrastre. Sacó a colación al semental Jaecero, que se llevó por delante a cuatro caballos en la tienta.
Dieron las diez de la noche y la faena podía haber continuado, ya que nuestro invitado estaba muy a gusto con el resultado. Sus hijos fueron testigos de lo que se expuso. Pero los avisos a pesar que se han impuesto en todas las plazas y como definió D. Tomás, en faenas vagas de contenido, no quisimos ser participes de ese hecho, así que decidimos cortar y agradecer a nuestro invitado su presencia, deseándole mucha suerte. Su suerte será la nuestra y la de la fiesta.
Gracias ganadero.
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