Sexta corrida de la feria de San Isidro de 2026
Es difícil precisar cuándo se acuñó el término “isidros” para aquellos forasteros que venían a los festejos madrileños de la capital. El hecho es que ya se utilizaba a finales del siglo XIX, para designar a aquellos que acudían a la ermita del santo patrón labrador, mozárabe de origen, con el festivo carácter que les imponía la romería, el trasiego de comestibles y bebestibles, el cruce del “caudaloso” Manzanares y los -como los llamaban por entonces- “desórdenes” que se producían en lo moral y las buenas costumbres. Tal vez ya se les menciona de aquella manera sobre el último cuarto del XIX, y los he visto ya nombrados así, en el diario El Globo de 1880.
Los “isidros” tomaron carta de naturaleza en la tauromaquia apenas años más tarde, para definir a los que venían a las corridas de la plaza de la avenida de Felipe II (o de la Fuente del Berro, o simplemente, de Madrid). Gentes de allende o aquende el arroyo Abroñigal y el Manzanares que venían a pasar el día, visitaban la fuente y la ermita del santo (de los milagrosos bueyes autómatas), comían, bebían, y se iban a los toros en fecha tan señalada, sin ningún espíritu crítico, y con los conocimientos de tauromaquia aprendidos en las capeas de su lugar. Tuvo fiel reflejo y eco en la literatura costumbrista de principios del XX, y carta de naturaleza en la segunda mitad del mismo, ya con Las Ventas en marcha. Y, mucho me temo, que, con igual carácter y ánimo, sigue hasta nuestros días, aunque sin el tinte despectivo que se les imponía antaño.
El “isidro” habitual ya no viene de los alrededores de la capital en burro o en tartana, en calesa o diligencia, en autobús compartido con especies animales diversas o a pie. Se traslada al coso en coche, servicios públicos de transporte, o vehículos de agencias autorizadas. Pero acude a las corridas madrileñas con el mismo espíritu acrítico y festivo como lo hacía hace un siglo, y muchas veces con el mismo trasiego antedicho. Ahora, incluso, se abonan para toda la feria madrileña, que empezó en 1947 con 5 festejos, llegó a los 15 de mi juventud, 18 de los de mis primeros años de abonado, y 34 de apenas hace unos años, para mantenerse en el entorno de los 30. A veces, se aburre con lo anunciado en los carteles y regala la entrada -el abono no permite su reventa, o sale lo comido por lo servido-, al portero de su casa, a un amigo que pasa por allí, a un compañero de trabajo o al primo del pueblo. Entre los 18.000 y pico abonados, que vayan a todos los festejos… no sé cuántos quedarán. El trasiego ya no es tan sólo de “valdepeñas”, han cambiado las bebidas espirituosas, sino de entradas.
Hecha esta explicación necesaria, pasemos al asunto de la crónica de lo acontecido el día de San Isidro en la Monumental de Las Ventas. Día del santo, día festivo, día de moderados desenfrenos en lo gastronómico -todo incluido-. Día en el que hay que ir a los toros, porque lo ordena el calendario, a aplaudir y vitorear a España -con la boca sucia y afán de protagonismo-.
Ayer hubo toros en Madrid. Eso, de por sí, ya es un notición. Toros; no bueyes, ni animalejos, ni bichos, ni novillotes, ni raspas, ni sardinas, boquerones o truchas u otra fauna piscícola que nos regala la empresa, de tanto en cuanto, con el beneplácito de algunos equipos presidenciales. Esto de los equipos presidenciales debería ser como en el deporte: los hay que valen y se merecen permanecer en la categoría, y los hay que deben bajar a segunda o quinta regional de inmediato.
Pero ayer hubo toros, aunque el del palco se excediera en su generosidad dadivosa de trofeos. Toros de El Torero, para más señas; y es que no todo lo de procedencia “juampedrera” es deleznable y digno de pira inquisitorial. Los toros tuvieron, no sólo buena presencia, sino casta; unos mejores y más bravos, y otros más mansos o con ligeras complicaciones -no muchas, no crean que salió “la fiera corrupia”-. Pero toros, en suma, y después de antesdeayer, y del día previo, fue muy de agradecer el cambio de rumbo. Toros para dos toreros interesantes para la afición, como son Urdiales y Fortes, y otro, más del pueblo que tiene su corazoncito, como Fernando Adrián (quien, por cierto, ya duplica en Puertas Grandes madrileñas al glorioso y engrandecido don Julián López, supera con creces las de Morante, e iguala, prácticamente, las de cualquier coletudo con seis cifras de contrato por tarde). Cosas de la vida y del público del tendido cinco.
La terna de ayer, Urdiales, Fortes y Adrián, cada uno a su manera, cada cual a lo suyo, se justificó ante sus seguidores. Unos apenas pedían la media docena de detalles del riojano, y la obtuvieron, con una estocada que, aunque echándose un poco fuera, fue francamente soberbia de ejecución y colocación. Otros, amantes del toreo clásico, de exposición y ética, del llevarse los toros mandados y sometidos a la espalda y rematar los pases, tuvieron su recompensa en el quinto toro, del malagueño Fortes, que dio los más soberbios naturales vistos hasta el día, en 2026, en esta plaza; especialmente un circular en la primera serie, que crujió las vigas y cuadernas hormigonadas de la plaza. Y los terceros, tuvieron su ración de toreo ligado, algo populista, pero entregado de Adrián, que remató su faena con bernardinas y Puerta Grande. Así que… casi todos contentos.
Lo malo es que las recompensas del palco, y no debo acordarme de sus ocupantes, fueron de todo punto exageradas. Y no es que no hubiese petición en el primer toro de Adrián (que no era mayoritaria a mi parecer), sino que aun habiéndola, como la hubo en el quinto y sexto, hay que mantener, con los pesares que se padezcan, la dignidad del primer coso del mundo taurómaco; o convertir la plaza en la verbena de la Paloma, y regalar churros o barquillos a la novia desdeñosa. Cuánto más fácil es dejarse llevar por la mayoría, sin meterse en líos multitudinarios…, que luego duran un suspiro, hasta que se vuelve a sacar el pañuelo blanco y la gente se olvida, al punto, de lo anterior. Pedimos presidentes con criterio para Madrid, Capitis regnum, porque de los de Leganés, valga como mal ejemplo, los hay por millares. El Cursus honorum debía ser la norma para acceder al palco de Las Ventas: de edil a cuestor, de éste a tribuno, luego a pretor, y el consulado venteño debía quedar al alcance de muy pocos. Y si la decisión cuesta..., se asume. Remar a favor de corriente es de…
La corrida de El Torero nos gustó a todos en conjunto. Toros que embistieron, casi todos con nobleza y largura, desiguales en varas y bravura (miren cómo salieron algunos del mastodonte de picar, o cómo se fueron a morir a tablas varios), pero siempre con interés.
Al primero lo picaron mal, le taparon la salida hasta los medios , y a pesar de lucir poco recorrido y casta en el capote, se fue creciendo en banderillas y muleta, hasta casi desbordar a Urdiales. Nada hizo éste con el percal, y mejor olvidarnos de sus dudas con la franela; vaya dos telas qué cortar. El torero echó la pierna de entrada atrás en los primeros envites de cada tanda, desconfiado. No estuvo como la Infanta Isabel de purísimo milagro; ya saben, su Alteza Real, hermana de Alfonso XII, que apodaban la Chata, aunque siempre la quiso el pueblo madrileño. Mandó al walhalla táurico a su antagonista de una rinconera. A lo mejor desde abajo, en el ruedo, se le veía una mirada aviesa, incierta o traidora, pero desde arriba no parecía tener mayores defectos que una embestida impetuosa, un poquito a media altura, y punto y seguido. En el cuarto toro, a Dios gracias, apareció Urdiales a retales, ¡pero qué retales de calidad! Fue con la muleta, porque con el capote no hubo nada… de momento. Ya verán ustedes el quite del sexto, el del perdón, que se llama. El toro no acometió con bravura a los de la caballería (hoy mejor que días atrás), se dejó pegar en la primera, mirando a la salida y en la segunda se repuchó y salió suelto. Buen quite por verónicas del riojano. Decidió llevarse al toro al cinco, por aquello del viento, o de la generosidad habitual de sus habitantes. Y con el animal un poco brusco en los comienzos, y él con algunas precauciones, fue encauzando la faena, hasta administrarle unos naturales, no los derechazos, que si bien de uno en uno, fueron buenos en ejecución y posición, verdadera marca registrada de la casa. Fueron pocos, y se diluyeron en buena parte, pero ¡caramba!, para paladares más exquisitos que los de “isidros” de bocadillos de arenque y bota de vino rancio. Y, para colmo, una buena estocada por arriba, aunque, repetimos, saliéndose un poco. El toro, aunque algo más brusco que el precedente, y con unas embestidas más cortas, no tuvo malicia y sí interés.
El segundo lo toreó Fortes, y con eso decimos ya mucho, con buenas verónicas, a derechas, y una media extraordinaria. El toro repetía con codicia y siguió embistiendo, moviéndose. Cumpliría en varas, aunque el malagueño recibió un fuerte revolcón al hacer el quite. En banderillas el toro iba alegre por el derecho y esperaba por el zurdo. Y en consecuencia, el tanteo del espada en la muleta fue mejor por el pitón derecho que por el otro, sin tanto temple y dando algún trallazo con la subsiguiente caída forzada del cornúpeta. En la segunda, volvería a cogerle, librándose el espada de verdadero milagro -San Isidro al quite, sin duda-, pero magullándole la cara y el cuerpo de manera francamente visible. Estuvo bien colocado, pero al enseñar la muleta a un lado, se descubría. Volvería el toro a engancharle en un pase de pecho, por el brazo, y desarmándole, sin consecuencias tuvo trabajo el patrón de Madrid-. Una estocada algo trasera y caída; aplausos de los más sensibles de la concurrencia e injustificados pitos al toro en el arrastre. Cambió el panorama en el quinto. En la primera vara, el toro se arrancó a traición, le tapó la salida el puyero y lo sacaron de allá, sin mayor historia. Quitó Fernando Adrián por tafalleras y las mismas invertidas, con más ganas que arte. Pero cogió Fortes la muleta, y ¡ay!, señores, qué serie inicial, qué doblones y sobre todo qué circular al natural inmenso, lento, templado, perfecto, larguísimo… Ya eso valía un Potosí. Se dio cuenta, después, de que el pitón bueno era el izquierdo, y por allí le sacaría dos tandas con gusto, clasicismo, colocación, profundidad y verdad. Cómo para hacer comparaciones, ¡vaya! Pero el borrón vino con el acero. La profesión se llama “matador de toros”, y hay que hacerlo correctamente. Una estocada claramente caída, camino del bajonazo, y regalo presidencial en forma de oreja que pidió el público, ahora en mayoría. Pero… Olvídense de los despojos para el cocido. ¡Qué retazos de grandísimo toreo con la izquierda!
En tercer lugar venía el modesto, pero triunfal Fernando Adrián. Le tocó en suerte lo mejor de la corrida, comenzando por ese berrendo en negro, capirote, botinero de manos y calcetero de atrás, alunarado o salpicado. ¡Qué lámina de toro! Y bueno de verdad. Adrián lo paró bien, con continuidad, y rematando con una media enrroscándoselo. Pero lo puso mal en la primera vara, y el toro no cumplió con su deber en la prueba de la bravura: empujó un poco, se repuchó y saldría suelto de ambos encuentros. En banderillas siguió alegre, con pares desiguales. Al cinco se fue Adrián, que sabía lo que se traía entre manos en ambos sentidos, público y toro. Comenzó la faena por alto, sin demasiado sentido. El toro acudía al cite, largo, generoso, y el matador, más bien vulgar, colocado a veces, otras retorcido y tirando en paralelo, anduvo muy desigual, aunque al ligar y templar con la diestra, fue muy jaleado en la solanera, que terminaría por contagiar a los del gin-tonic y merienda de Mallorca. Terminó con ese neotoreo populista, de espaldinas, pedresinas y otras “inas”, de escaso temple, menos mando y nula profundidad. Fue un toro de gran nobleza y calidad hasta el final. Le dio una estocada contraria, por alargar el brazo; escuchó un aviso, y con el toro a tablas, lo tumbó del primer descabello; tendría que haber sonado el segundo aviso, que le perdonó el usía por los pelos. Oreja al esportón. El sexto, de salida, lo enganchó por el vientre, a Dios gracias sin consecuencias, pero el susto fue mayúsculo. Entró a la primera vara al paso, se quiso quitar el palo, cabeceó, pero acabó derribando y saliendo a su aire. En el segundo encuentro, volvería a intentarlo, recargando dos veces, pero a su vez, haciendo el puente (esto es, colocada la puya sobre el toro, éste no llega con los pitones al peto). Y apareció de nuevo Urdiales, para mostrarnos lo que es torear a la verónica, y rematar con una soberbia media. El toro, con movilidad e intenciones, cogería a Curro Javier en el segundo par de banderillas y le volteó espectacularmente varias veces, por intentar levantrarse en la cara, pero de nuevo el santo intervino, aunque le retiraron a la enfermería; ya le avisó en el primer par por el mismo pitón izquierdo. Adrián ligó con la franela, cierto es, pero la verdad es que acompañaba mucho las embestidas, con poco mando y menor profundidad, sin llevárselo atrás como lo había hecho Fortes, o Urdiales en su quite. La gente no comparó ambas faenas, sin lugar a dudas, porque no tuvieron el mismo calado, ni mucho menos la misma colocación. Populismo final, con “asustinas varias”, y el público de sol en pie… quizá querían irse a la verbena. Una estocada arriba, algo contraria, y un aviso; el putillero lo levantó dos veces, y al fin la gente le regaló otra oreja. Salida a hombros del madrileño, quejas de algunos aficionados y punto final.
Corrida notable de El Torero, sin duda de lo mejor de este san Isidro, con opciones al recuerdo final. Y dos matadores para paladear, y otro entregado a su noble causa, que no es tanto la de la afición, como la de los antiguos “isidros”.
Lope de Molina