Duodécima corrida de la feria de San Isidro de 2026
El título de esta crónica se ampara en un comentario de un conocido (en su época) crítico francés, Pierre Arnouil, que en una conferencia, ante la estupefacción del personal, e indignación de muchos aficionados, afirmó que “la corrida de toros era como un ballet encantador”. Corrían los años ochenta del pasado siglo XX, y los cuchicheos y las voces del auditorio fueron “in crescendo”. Y ahí, creo, debemos dejarlo para el tranquilo descanso de los difuntos.
La corrida de toros, por la línea oficialista, no podemos negarlo, quieren que se transforme en un ballet encantador. Donde el toro esté presente como una sombra o un recuerdo, y todo sean gráciles florituras de unos etéreos seres vestidos de luces, o de arlequines, que dibujen con sus trapos graciosas curvas, revuelos avícolas, mariposeos volátiles. Miren ustedes: esto ya se hace en cualquier teatro del mundo, sin toro que moleste, cuando se representa la ópera Carmen de Bizet, o alguna otra en la que haya alusión taurina o venga al caso un baile flamenco. Pero eso no es una corrida de toros. Quien busque ese tipo de “emociones” artísticas, de segundo nivel y clase, no hace falta que pise, ocupe o padezca en una plaza de toros, sino en las colas del Teatro Apolo o cualquier otro. Y si eso es lo que algún despistado busca en un coso taurino, le recomendamos una visita al psicólogo -o al psiquiatra, depende de la intensidad de su patología o psicopatía-, y nos deje tranquilos a los aficionados.
La corrida es algo mucho más serio, entre otras cosas, porque en ellas sale un toro de lidia; algo que se nos hurta cada día más. Un toro con toda la barba, con sus buenas o malas intenciones, con su bravura desbordante o su mansedumbre peligrosa, con su casta y acometividad, con esas cualidades que nos embargan de verdad -“aquí se muere de verdad y no de mentirijillas como en el teatro”-, que nos conmueven el alma, que nos ponen el corazón en un puño, que nos asustan tantas veces o que nos emocionan por la poderosa y estética capacidad del ser humano frente a la fiera.
Ayer hubo una señora corrida de toros en Madrid. Una corrida del hierro de Pedraza de Yeltes, para tres esforzados lidiadores, que anduvieron cada cual a su entender, pero que honraron la profesión, como honró a la ganadería de lidia el encierro salmantino. Lo demás son zarandajas. Esos toros semi mortecinos, abúlicos, descastados, flojos o inválidos, que embisten como aborregadas babosas, que arrastran su triste existencia por los alberos de tantas plazas… para el teatro y el ballet.
Aquí se viene a ver una corrida de toros, de los de cuajo y presencia imponente, de los que embisten con mayor o menor claridad, ante los que hay que desarrollar y poner en juego, no sólo el valor y la inteligencia, sino el esfuerzo y la técnica, el arrojo y el olvido de uno mismo, para someter y dominar al animal, en la búsqueda de la posible estética, nunca asegurada, pero acaso probable.
Y salió, como el pasado año, un corridón de Pedraza, con animales de diferente condición, pero que pedían las credenciales de profesional a todo el que pisaba la arena de Las Ventas, vestido de luces. Obviamos a los alguacilillos (incluso a ella), areneros y a los “monos”, esos que tras un derribo de un carro blindado de Equigarce, tuvieron que tomar en masa y a la par (los ocho) dos veces el olivo, para volver a la jaula (el callejón), de donde no debieron salir en ese momento, ni nunca sacar los brazos para sujetar las riendas del caballo que monta el picador, ¡y por dos veces!-. Fantástico espectáculo, dicho sin ironía alguna. Bien por el toro. Fíjense en que cuando el toro de verdad merodea, no hay tonterías que valgan…
Corrida sin un átomo de grasa, delgados pero impresionantes, de gran alzada, largos como días de ayuno sin pan, con dos pitones tocados hacia el cielo, sin manipulación alguna (conste, que tocados significa que tienen sus vueltas hacia arriba, sin llegara a ser veletos), musculados, con una media de 603.66 -periódico- kilos de peso. Alguno se cayó durante la lidia, pero fue más por el tirón o trallazo de algún capote o muleta que por su blandura de manos o patas y porque iba humillado en el embroque. No hubo más protesta contra el palco que la que éste motivó por cambiar antes de tiempo el tercio de varas de algún toro, al que nos hubiese gustado ver en tercera o sucesiva entrada para valorar mejor su bravura o mansedumbre, su capacidad de lucha; y, es cierto, ahí nos falló el rigor presidencial de don Iñaki -que es así como le anuncian en el programa, dicho sea para algún enterado del sistema o prensa del Movimiento-. Y eso que el inaguantable y educado Madriles andaba a la vera del usía, cobrando sus emolumentos por decir… lo que de su cerebro y cuerdas vocales salga.
Pues frente a ese caudal de genio, de casta en ocasiones, de buena o mala fe, la terna anduvo con dignidad, con la seriedad necesaria. No siempre salieron las cosas; no fue una actuación completa, no hubo faenas rotundas, ni exquisiteces artísticas, esencias o aromas perfumados, ¡caramba, ni podía haberlas!; no fueron trasteos redondos, acabados, completos de principio a fin, ni hubo lances vistosos más que en contadas ocasiones, no. Pero hubo tres diestros entregados a la causa, a los que les salieron mejor o peor lo que intentaron y pusieron, o quisieron poner, en práctica. Y eso hay que agradecérselo como muestra de valor y dignidad profesional, de torería en suma. Y el ballet con el torillo, las esencias y la almibarada lidia de aleteo etéreo al cuerno del mismo.
El primer toro del mejicano Isaac Fonseca, era negro listón, largo como un día sin pan, quizá un poco escaso de cabeza para la proporción del torazo que era. Le apretó en los lances de salutación, pero él se lo sacó a los medios, doblándose con eficacia; no andaba el toro sobrado de fuerzas, todo sea dicho. Muy mal picado, como toda la corrida, en los bajos o traseros los puyazos, el toro echó la cara arriba, y ¡enhorabuena émulo de barrenero! Metió riñones en la segunda vara, pero ya había recibido suficiente, y corneó el peto y se empleó poco. En el quite de Molina, tras dos tafalleras buenas, lentas y templadas, se tropezó éste con el toro, se hizo un autoquite, sensacional, y terminó con una media enroscándoselo a la cintura. Iván García pareó como en él es habitual, muy bien. Se llevó Fonseca el toro a los medios, pero en ese terreno al toro le costaba mucho arrancar, y aunque él estaba bien colocado, la faena no fluyó como era de esperar. El de Pedraza lo mismo iba largo, que se quedaba corto o gazapeaba, era complicado, y el mejicano no se empleó con absoluta convicción. No hubo faena, ni nada. Apenas casi al final le daría una tanda ligada, a base de dejarle la muleta puesta y tirar por bajo. De vuelta al tercio, que hubiera sido mejor terreno, dejó una fantástica estocada, tirándose de verdad, por arriba, si acaso un poco delantera. El toro era más alto que el espada, así que calculen. Una de las dos o tres mejores estocadas de lo que llevamos de ciclo isidril. Sonaría un aviso, antes de que el toro se fuera, barbeando tablas, a morir. En el cuarto, dio Fonseca alguna verónica buena por la derecha, inapreciadas porque el hombre no tiene glamour, ni le conocemos más que cinco aficionados. De nuevo muy mal picado, pasó por varas el toro desigual, aunque como casi todos se arrancaba alegre a la acorazada Brunete de Equigarce, y lo mismo empujaba que se relajaba, y terminó suelto. Molina volvió a quitar, con variedad y más voluntad que gusto. Bien, de nuevo, Iván García lidiándolo. Cogería el toro al torero mejicano, al primer pase de muleta, por querer cambiar por la espalda demasiado tarde, y el volteretón fue de espanto, pero, a Dios gracias, sin cornada. Siguió poniendo toda la carne en el asador, de rodillas, y al bajarle tanto la mano por su posición, el de Pedraza humilló, metió la cara y fue con clase, yendo de largo. Lástima que el torero no dé más de sí, porque voluntad puso en cualquier momento. Hubo más toro, sin duda. Incluso se preocupó por colocarse bien, en la rectitud o a veces cruzado, pero no lo llevó toreado por bajo como hubiese requerido el toro. Tras unas manoletinas, terminó con dos pinchazos bajos, le volvió a coger el toro, con un oportunísimo quite de Raúl Ruiz, verdaderamente providencial. Dio un nuevo pinchazo arriba, una estocada entera baja, a lo cinegético, y escuchó el segundo aviso. Cuando el toro levantaba la cara, sus pitones se situaban por encima de la cabeza de su lidiador, apúntenlo. Pese a todo, nos acordaremos de tres detalles y de la gran estocada a su primero.
El segundo le tocó a José Fernando Molina, un toro colorado ojo de perdiz y bocidorado, guapo, y bien puesto de cabeza. Lo lanceó de saludo, pero su antagonista salía algo distraído. Entró a varas sin fijar, mal lidiado en las tres que tomó. No hizo pelea de bravo. Empezó Molina con suavidad, que era lo que requería el toro, llevándolo largo, pero el toro flojeó por el castigo recibido, con muy poquita fuerza. La única manera que hubo para sacarle algún lance fue dejándole la muleta puesta y llevándolo, cortito, en redondo. Además el toro levantaba la cara y salía distraído. Fue el peor de todo el encierro. Por la izquierda se complicó más, con la cara por las nubes, y se coló un par de veces. Manso, flojo y descastado, y con malas intenciones. Lo mató el albaceteño de una estocada entera, arriba, pero alargando el brazo, y por ello atravesada. El toro se fue a tablas, sonó un aviso, y aunque se echó volvió a levantar los cuartos traseros y así permaneció un buen rato. Me gustó más Molina en el quinto, con más verdad, mejor colocado, apostando más sinceramente ante un toro nada sencillo, un prenda que echaba la cara arriba. Se arrancó de lejos en varas, derribó por los pechos al tanque y picador, y como no le hicieron el quite y se lo llevaron de allí, al intentar recargar sobre el penco metería a toda la monería en la jaula, como hemos dicho (léase que obligó a tomar el olivo a los monosabios, todos a la vez; por eso se les llama monosabios, porque actuaban en el Circo Price y nos brindaron este feliz recuerdo). Visto que se necesitaba una grúa se llevaron al toro a chiqueros y allí tomó otra vara, intentando romanear en un imposible físico, dado el volumen del équido. ¡Vamos a ver si dejan de tomarnos por tontos! El toro pesaba 613 kilos, estaba delgado; el caballo le sacaba unos cuarenta centímetros más hasta la cruz, poco más o menos; y tenía una grupa que era el doble que la del toro… ¡Y nos dicen que eso pesa menos de 650 kilos! Seguramente lo pesó Madriles o cualquiera de los asesores presidenciales... Cambió el tercio el usía de forma incomprensible y fue oportunamente pitado. No hubo primera vara… En banderillas le daría un revolcón a V. Manuel Martínez, al que se llevaron a la enfermería y le hicieron un quite oportunísimo. Molina, si bien se equivocó con esos pases por alto iniciales, y comenzó despegado, fue alternando buenos momentos con otros más descolocado, pero al menos quería bajarle la mano. Necesitaba el toro esa mano baja, suavidad y mucho mando, pero a ver quién era el guapo… con un toro que hubiera traído por la calle de la amargura a tantos. Anduvo con dignidad. Lo dejó para el arrastre de media, algo caída, cuarteando, antes de que el bicho le diese un arreón a uno de los peones, de aúpa. Sonó un aviso, y le dio una estocada, entera y arriba, ahora sí, buena. Lo levanto al cachetero y se volvió a echar.
El primero de Jarocho, tercero de la tarde, sacó genio desde el principio y unos modales bruscos. Jarocho se lo llevó a los medios, perdiendo terreno; el toro se arrancó de lejos al caballo (no sabía lo que hacía, sin duda), y le pusieron la puya más trasera que casi recuerdo en mi vida de aficionado (y eso, porque me acuerdo de un marronazo que acabó en la penca del rabo). Aunque no hizo una gran pelea, volvería de nuevo a arrancarse -después de pensárselo bastante- al segundo encuentro, de lejos y con alegría, y ahora sí, metió riñones, empujó de verdad y se sacó al bruto hacia los medios: vara de bravo. Fonseca le dejó unas chicuelinas muy ajustadas, y llegó el toro a la muleta nada sencillo, porque el mitin en banderillas fue verdaderamente notable. Lo citó Jarocho desde los medios y se le coló de entrada, y volvería a hacerlo más de una vez, con miradas homicidas varias. Pero el burgalés anduvo muy firme, valentísimo, intentando someterlo, exponiendo muchísimo. Sólo al final le pudo sacar tres muletazos limpios, por la mano zurda, y aunque desigual y con un desarme, siguió porfiando y le sacó otro par de naturales impolutos, de 1 en 1. Le dejó un pinchazo arriba, sin pasar, y una estocada bastante baja. Tuvo mucho mérito el diestro en la pelea, con un toro que hubiese desbordado a cualquiera. En el sexto, vimos que también se puede picar bien con un monstruo equino, bravo por Juan Melgar, aunque tapase algo la salida en el primer envite. Se arrancó, como sus hermanos con fuerza, pero no fue lo que se dice un prodigio de bravura bajo el peto. Quitó, de nuevo Fonseca, por chicuelinas, con el brazo por alto, como las daba (con más gusto y torería) Camino, pero aceptables. Jarocho, que se llevó la faena a los medios, lo muleteó a media altura, y aunque hubo enganchones al inicio, fue corrigiendo posición y temple, más por bajo, con cierto gusto. Pero no hubo mucho más; mediado el trasteo el toro levantó la cara, hizo algún que otro feo ademán, y terminó con mal estilo, mansote. El diestro estuvo bien, por encima de su oponente, y eso digno de elogio. Un pinchazo caído, con desarme y acosado por el toro, otro más desde fuera, y una estocada baja, con desarme, que fue una lástima porque el chico había estado muy digno en la faena.
Corrida, en suma, bien presentada, seria, dura, complicada, de otra época, con mansos encastados en su mayor parte, a los que había que lidiar bien y someter mejor. Si los espadas no lo consiguieron por completo, visto lo que torean, es perfectamente disculpable. Los tres nos ofrecieron momentos para el recuerdo, lances interesantes y una entrega más que digna de encomio. A estos toros nunca se apuntarán las mal llamadas figuras, y eso dice mucho en pro de estos tres espadas. Nadie, en dicho habitual taurino “comió pipas”, nadie se aburrió si tenía un mínimo de afición; hubo peligro, riesgo, exposición, bastante verdad, y aunque el resultado pudo ser mejor, siempre nos quedará un buen sabor de boca. Porque así es la tauromaquia: esto no es un ballet encantador.
Lope de Molina