DETALLES DEL FESTEJO
Plaza de Toros Las Ventas
Corrida de la Prensa, decimoctava del abono de la Feria de San Isidro, con la presencia por S.M. el Rey Don Felipe VI. En tarde calurosa se han lidiado y estoqueado toros de Juan Pedro Domecq, cinqueños largos todos, parejos de hechuras, pero por abajo: sin remate ninguno, sin ijares, tapados por la cara. Vareados los tres primeros, el cuarto una raspa, inválido el quinto, el sexto anovillado, adoleciendo todos ellos de una manifiesta falta de fuerzas y de muy poco fondo. Ni bravos ni mansos, peor aún: desrazados. Todos los ejemplares con sospechosos de cuerna, susceptibles de ser objeto de examen “post mortem” para disipar dudas razonables.
La empresa colgó el “No hay billetes” que no se transformó en un lleno por los evidentes huecos que exhiben las andanadas de abonos regalados.
Diego Urdiales, de azul pavo y oro con cabos blancos. En su primero, espadazo hasta los gavilanes. Oreja. En su segundo, estocada algo desprendida y delantera tras aviso. Oreja.
Andrés Roca Rey, de berenjena y oro con cabos blancos. En su primero, estocada en todo lo alto tras aviso. Silencio. En su segundo, pinchazo y estocada arriba tras aviso. Oreja amable.
Bruno Aloi, que confirma alternativa, de blanco y oro. En su primero, pinchazo, bajonazo trasero, tres pinchazos más y estocada, aviso. Silencio. En su segundo, pinchazo hondo y estocada. Silencio.
Presidente: Don José Luis González González, azuzado por el asesor artístico, concedió la oreja en el quinto de la tarde a Roca Rey, situación que nunca debió suceder, sin la mayoría suficiente de pañuelos, pero con el público a favor de obra y con el toro ya enganchado en las mulillas.
Tercio de varas: la banalidad de la bravura, el menosprecio más absoluto a este tercio por parte de los profesionales hizo que no se llegase a picar como manda el reglamento y las buenas costumbres de este arte. Haber metido las cuerdas a cualquiera de los toros hubiese supuesto la inutilidad para el resto de la lidia de los seis ejemplares. Corrida que se quedó cruda en el caballo, consiguiendo así hacer pasar por “bravura” lo que no fue más que una renqueante movilidad. Ya queda menos para las corridas de muleta con toros que no lo son.
Cuadrillas: se desmonteró Pablo Gallego en el sexto, hombre de plata que va camino de convertirse en gran descubrimiento de este San Isidro.
1º RASGUEO: nº 49. Castaño listón, 553 kg, nacido en diciembre de 2020. Traseras las dos varas. No empuja el toro en ninguna de las dos. Silencio en el arrastre.
2º BULLANGUERO: nº 138. Colorado ojo de perdiz, 538 kg, nacido en diciembre de 2020. Más allá de la cruz la primera vara. Sin meter las cuerdas. La segunda fue mero trámite de ir al encuentro, pero sin ni siquiera tocarse. Palmas en el arrastre.
3º PERDIGONERO: nº 108. Negro listón, 583 kg, nacido en diciembre de 2020. Trasera sin pelea ninguna en el primer puyazo, sin colocar en suerte (se arrancó el toro desde la primera raya). La segunda venida fue al relance, dejando José Manuel Quinta un picotazo simbólico. Silencio en el arrastre.
4º MAPANÁ: nº 182. Negro listón, 541 kg, nacido en diciembre de 2020. Sin meter las cuerdas, sale suelto. No ha habido segundo puyazo, ha sido un vil simulacro del toro yendo y el picador rehuyendo. Ovación en el arrastre.
5º SECUESTRADOR: nº 88. Colorado chorreado, 544 kg, nacido en diciembre de 2020. Pica puesta el sitio, con el toro sin emplearse, y aun así le tapa la salida, ración de carioca, y sale de la suerte perdiendo las manos. La segunda vara es un pacto de no agresión, no emanó sangre ni para una analítica. Palmas en el arrastre.
6º TIMORATO: nº 68. Castaño, 533 kg, nacido en febrero de2021. Marra la primera entrada el pica, entra al peto una segunda ocasión el juampedro, aunque de lado y defendiéndose, entonces hay otra entrada más, la tercera, y ahí se parte la vara. Y en la cuarta la pica se rompe también… El quinto encuentro simplemente se le marcó, ni rasgó la piel del lomo, sin llegar a clavarle. Un despropósito tras otro. Silencio en el arrastre.
Como las luces del baile, que anuncian el final de la fiesta al encenderse cuando para la música, hoy Juan Pedro Domecq, con su concepto de bravura integral (como el pan sin sal, como el café con sacarina, como el sexo sin amor), ha arrojado un rayo de crudísima realidad, una evidencia dolorosa, pero con más fuerza que nunca, de la deriva del toro de lidia y de los que no quieren verlo ni en pintura. Después del cometa Halley que supuso ayer la corrida de Pedraza de Yeltes. Ya queda menos para que todos los que desprecian al toro íntegro, no integral, se queden solos con sus toreros, sin toros, únicamente con una mentira que antes fue verdad, y con un ombligo que mirarse. Con su pan se lo coman.
Certificado queda que la corrida ha transcurrido sin toros que honrasen la animalidad y fiereza que de ellos se espera, ya sólo queda hablar de un torero que hizo lo clásico sin toro, que fue Diego Urdiales, y del posterior clavo, otro más, que pusieron los clientes que ayer vinieron a beber mientras jaleaban a Roca Rey, en el ataúd de esta plaza que quieren matar. Todo para joder al discrepante, al que no traga con los robos y los incumplimientos de reglamento y de ética; todo por tocar los huevos mientras el alcohol surte su efecto. Hoy no se ha premiado a Urdiales ni a Roca Rey, hoy somos menos tauromaquia y más circo.
Diego Urdiales, que conoce esta plaza como la palma de su mano, sabía de sobra que quienes llenaban los tendidos no venían a verle a él, por eso les dio gato por liebre en su primero, Bullanguero, animal huidizo, buscador incansable de querencias y zonas de no conflicto. El toro se sintió más a gusto besando la arena de miga de Las Ventas que manteniendo su verticalidad, pero eso para Urdiales no es un problema, porque su técnica y su calle le permiten mantener en pie eso, y cosas peores. Con la muleta, tras una tanda aseada de tanteo para meterle en harina, le enjareta otras dos tandas de ligazón y mando, pero de nulo encaje, todo por fuera. Sabedor de quién estaba en la plaza hoy Urdiales les da lo que quieren, que es lo de Roca Rey pero con criterio y aroma de romero. Con la zocata, con la masa ya en el bolsillo, le pegó varios naturales sueltos soberbios, de uno en uno, toreo para enmarcar en un museo, y siempre con la precaución de que el toro cogiese el suficiente aire entre pase y pase. Como el empaque lo puede todo, y lo que parece que es torear lento en puridad es sostener al semoviente, Urdiales abrevió antes de la muerte civil del animal, porque sabe que en Madrid no vale lo de otros sitios, y como él sí honra los cánones del toreo, cuando entró a matar, se fue detrás de la espada, porque no sabe hacerlo de otro modo, se tiró con todo y recetó al bicho un estoconazo hasta la bola que se suma al puñado de grandes suertes de matar que lleva en esta feria. La oreja se pidió mayoritariamente, y este preludio le valió para amasar la tarde y la Puerta Grande. Ya en su segundo Urdiales escuchó sinceros olés en el recibo de capote. Pero el culmen fue en el quite del tercio de varas, donde esculpió cuatro verónicas tan raras de encontrar como un trébol de cuatro hojas, y una media enroscada al talle, todo de sin bajar las manos, nada de arrastrar las telas, capote por delante, como la pata, el mentón hundido en el pecho y el clasicismo tatuado en las muñecas. Aquí nació y murió el toreo de la tarde, para el que quiera enterarse. Con la mecha del éxito ya prendida, Urdiales brinda al público y con el cuentagotas de su arte va dosificando sus cites al toro, crudo y sin malas ideas, el cual le vale para dos tandas, ya que el zapatito va y viene, y Urdiales alterna pases de enjundia con otros de alivio, todo con la muleta por delante, todo con el remate detrás, corriendo la mano también con la izquierda, pero sin rechazar algunos trucos de perro viejo, los que ayudan a agitar al personal, como el uso injustificado del pico, la ventaja del pasito atrás… Aun así, fue este episodio el único del riojano que sirvió para debatir entre los aficionados (no entre el púbico, que estaba a otra cosa) si valía más la ejecución de lo que ahí se exponía, o si pesaba más el ventajismo en ciertos momentos. Estábamos en esto cuando se dobló con el proyecto de toro, castigándole por bajo lo que no le habían castigado en el caballo, y sin solución de continuidad se volvió a tirar a matar como si no hubiese un mañana. Estocada algo delantera y desprendida, pero que le sobró para que le pidiesen la segunda oreja.
Luego ya, como siempre, con Roca Rey llegó el escándalo, que es un ecosistema en el que se siente como pez en el agua, con todos los fans deseando verle, sin importarle el compromiso o la moral con el toro. En su primero, Perdigonero, caldeó a la grey con gaoneras de perfil, arrimándose como un perro, como siempre. Además, tiene esa manera de correr de puntillas, tan liviana, tan de Nureyev en “El lago de los cisnes”, que ya sólo con su fisonomía concita toda la atención que no tiene su toreo. Le saca lo que no tiene a una mula zaína, que embiste como una aspiradora sin cable, toreo Roomba, con insustancial técnica, premeditada donosura y funcionalidad de ventanilla. Y ya con muleta lo mejor que tiene Roca, que es un pájaro, es el pico; basando todo en el atropello, en amontonar banderas y estatuarios, tirando líneas de una manera impoluta... todo sin molestar, con el mismo oficio y transmisión que yo haciendo la declaración de la renta. Lleva al clímax a la sombra, y renuncia a la pureza y cánones, confirmando que su único compromiso es con el espectáculo de masas y evitando todo lo que pueda suponer pureza, llevando la contraria en todo a lo que puso antes Urdiales sobre el albero. Con la izquierda estuvo inédito, por lo que se fue directo a por la espada para despachar una estocada en todo lo alto tras aviso.
Con el quinto parecía que nadie le iba a echar cuentas después de Urdiales, pero este chico nació para no dejar a nadie indiferente. Brindó al respetable su cinqueño anovillado, iniciando el trasteo de hinojos, por delante y por detrás, y con reolinas y pingüis ya puso cachonda a la gente. Todo fue un acompañamiento, largo y estilizado; sin encaje, pero ligando. Duró el toro lo que duran los hielos en el güisqui de la canción de Sabina, pero tiene algo de chamán el peruano, que imanta a los toros hasta que le ¿embisten? todos, le vienen y se van, sin importar si Urdiales antes ha hilvanado el hilo de oro del toreo. La gente está con él, pero los habituales se rebelaron, nos rebelamos, ante tanta puesta en escena y tanto amaño, y es que está la plaza de Madrid convertida en un plebiscito de borrachos, donde ya no se premia el mérito, el cual les da alergia, sino que se intenta humillar al abonado, poniendo a mismo nivel, por abajo, el toreo eterno de Urdiales y el circo de tres pistas de Roca Rey. Pero Andrés se sabe respaldado, y aunque todo termina con un pinchazo tras aviso eso da igual: oreja que no debió ser concedida. A la bronca iniciada en los tendidos se unió en la vuelta al ruedo Viruta, subalterno de Roca Rey, que creyendo que todavía seguía actuando en “Tardes de soledad” quiso tener también su momento de gloria y se encaró con más de uno de los tendidos (¡¡Y no sólo del siete!!) lo que hizo recordar esas alegrías de Cádiz que cantaba El Camarón de la Isla: “Unos pidiendo justicia, y otros pidiendo venganza”.
Confirmaba alternativa Bruno Aloi, que pudo haber elegido entre el truco de Roca Rey y el trato de Urdiales. Se tiró por la cosa del funambulismo de Roca Rey, pero copiar al original, y delante de él, nunca puede ser una buena idea.
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