El otro día, en los Goya del ginToni, le pusieron el micro a Julián Guerra, que es como el Mouriño del taurineo, y le dio por embestir.
Se rebeló soltando las verdades del barquero — aunque es bien sabido — que en esto del clavel, el complejo de Edipo no está resuelto, y al final, nadie desobedece al padre.
Con lo de las gestas, que a veces huele a voluntad forzada, pasa como con lo del fascismo, que de tanto repetirse, ya nadie le hace mucho caso.
El chaval, el Borja —que le pone ojitos a Madrid—, se quiere ver en duelo al amanecer con el virrey del Perú.
El tío se ha empeñado en matar la de Victorino, a ver si por fin le convalidan el título de figura por la universidad de las tiesas.
En los despachos, hundidos en su propio jugo de apatía, solo miran por eso tan nuestro que es la cosa de los dineros; ahí nunca pasa nada, o pasa siempre lo mismo, que para el caso nos da igual —y mientras tanto— el cóndor, que tiene la llave del manicomio, ha dicho que las cuatro menos cuarto y una menos en Canarias.
El aficionado, alejado de asuntos empresariales, vuelve a clamar justicia en el desierto mientras contempla el cartel de San Isidro, donde el rito ha sido suplantado por un lugar para despedidas de soltera.
La gentrificación, bro.
Dicen que hay un vínculo entre la lentitud y la memoria, y ese debe ser el motivo por el que los nautalios, que ya tienen todo el pescado vendido antes de que empiece la temporada, solo se acuerdan de hacer caja a costa de premiar, una y otra vez, la mediocridad.
El star system está gobernado por la banalidad de unos hombres que no necesitan reafirmarse. Viven como idea, refrendada por un público al que le han cambiado los claveles por adormideras.
El mundo es el que es, y ya casi no parece el nuestro.
El espíritu del torero recuerda al del atleta; se preparan como si fueran a correr un triatlón y ya no sabes si vienen pidiendo batalla o una medalla olímpica.
La última vez que a un torero le dieron las claras del día se pagaba en pesetas; ahora les va el tardeo, y como mucho, te enseñan las piernas depiladas por Instagram.
Los viejos, los que toreaban bien, lo dejaron escrito, pero aún no se han enterado que ahí, a las ocho de la mañana, en una juerga, oliendo a tabaco y a black label, hay mucha escuela.
Sin vivencias, no somos nada.
Tampoco es que tengan que salir Maradonas de Villa Fiorito ni Joselitos de la Guindalera, qué va, si el talento está mal visto, pero me vais a perdonar: el toreo, es otra cosa.
La vida nos vuelve a pasar por encima, otro año taurino cerrado a la improvisación, al mérito, al dejarse sorprender, al pensar en el toro en la fiesta de los toros, y mientras la memoria está cada vez más vacía y afectada por los males de la consanguinidad del sistema, aquí seguimos los aficionados, esperando a que vuelva otro Fandiño y nos saque de la monotonía.