La distancia más corta entre dos puntos:
Cuando las mulillas arrastraban al último toro, el látigo del mulillero nos sacaba de aquel trance y nos devolvía al mundo terrenal, a la realidad consciente en la que ya podíamos empezar a pensar lo que había pasado en el ruedo.
Aquellos tres toros navarros habían revivido un miedo distinto al que habitualmente se pasa en una plaza de toros.
Entre sus astas convivían la cólera y la huida, el instinto cazador y el instinto de fuga, la mansedumbre y la bravura atávica, la más intimidatoria fijeza con el súbito desentendimiento.
Una suma de contrarios que se mostraban en una u otra dirección, creando una situación de desasosiego, poniendo sobre la lidia el carácter imprevisible de un toro de otro tiempo.
Cada vez que la moneda caía del lado de la emoción, allí ya no valían ni escuadras, ni cartabones, la única geometría era la línea recta que iba desde el lugar donde un hombre salvaba el pellejo, conduciendo con inteligencia la embestida, hasta el ole seco y rotundo que salía del corazón.
(Fotografía: Ángel Antonio Sánchez-Carrillejo)