
Cagancho “no tuvo suerte con su lote” en Almagro
Si Cagancho hubiera sido figura del toreo hoy en día, jamás se habría acuñado la expresión “peor que Cagancho en Almagro”, cuyo uso desde hace décadas excede con creces el ámbito tauromáquico. Y no precisamente porque Cagancho no hubiera podido estar hoy tan mal como en aquella aciaga tarde del 25 de agosto de 1927, en la que, según las crónicas de la época, hubo de intervenir hasta un regimiento de caballería para evitar desórdenes públicos a gran escala. No, tal dicho habría sido hoy imposible porque, como figura de época que era, habría tenido probablemente en torno suyo una buena camarilla de “críticos” y “periodistas” dispuestos a justificarle lo injustificable, a caramelizarle sus tardes más desafortunadas y a manifestar entusiasmo aun cuando en el ruedo no hubiera sucedido nada de extraordinario. Es decir, para las tardes más anodinas de Cagancho quedaría la tan repetitiva frase de “no ha tenido suerte con su lote”, con la que, con frecuencia en nuestros días, se exime a la figura de turno de cualquier responsabilidad por la vulgaridad de sus actuaciones.
La figura del “periodista” adulador no es por supuesto nueva. No parece muy discutible que sea tan vieja como la misma tauromaquia. También el plumilla “sobrecogedor” tiene en la Fiesta una tradición tan larga como en otros ámbitos; a su cabeza el político y el deportivo, campos en los que el servilismo interesado de los “periodistas” de cámara salta a la vista con la mera lectura de cualquier periódico de ámbito estatal, regional o local. Sin embargo, en lo que aquí nos atañe, no hablamos de la vil y clandestina transferencia de dinero desde el taurinismo al ámbito periodístico, algo que no sería descartable en ciertos casos concretos a la luz del tono tan exageradamente adulador de ciertas crónicas y comentarios cuya sinceridad costaría entender de manera lógica. No, hablamos de algo más sutil y, sin duda, más frecuente, como puede ser la transferencia de favores, las prebendas inmateriales, las promociones potenciales y las promesas intangibles, más o menos manifiestas, dirigidas desde del sector taurinista hacia el periodístico. En este campo también podrían incluirse casos de carácter más humano y comprensibles, como el chantaje emocional o las puras simpatías y afinidades personales, regionales y políticas.
En todo caso, hablamos de circunstancias que interfieren de lleno en el código deontológico del periodista y en la ética de su comportamiento como referente ante la opinión pública. Nos referimos a unas personas que deberían enjuiciar de manera insobornable lo correcto o lo incorrecto de unas actuaciones en el ruedo, en los corrales o en los despachos. En una reciente entrevista, el afamado periodista estadounidense Gay Talese decía que “los periodistas tienen que estar dispuestos a caer mal… a perder amistades”. El problema es cuando el sustento material o periodístico de tales periodistas se sostiene en buena parte en hacer precisamente lo contrario: en no caer mal jamás a nadie que en el mundillo sea importante, y en procurar ser amigo o, al menos, no enemigo de tales personas. Un periodista que se granjea la antipatía del mundillo es un periodista a quien se le ponen trabas y se le cierra el grifo de las fuentes informativas, una persona que no solo debe enfrentarse a los grandes gerifaltes del taurinismo, sino incluso a sus mismos compañeros de profesión. Y por supuesto, alguien que muy difícilmente encontrará acomodo profesional en ningún medio, donde tendrá fama de conflictivo, ingobernable y amargado.
Si un lector o televidente es asiduo de crónicas y retransmisiones taurinas, le costará oír una verdadera crítica de las faenas de los actuantes. Por supuesto, cuando una figura del toreo haga una faena apañada, mil veces vista, probablemente se le dirá “genio”, pero cuando un torero modesto protagonice una faena memorable, se le dirá sibilinamente que es “un buen profesional”. La vara de medir al enjuiciar los méritos o deméritos de unos u otros es en muchos casos diferente. Humanamente, nada que reprochar al periodista. La comodidad es algo a lo que buena parte de la humanidad aspira. Pero profesional y éticamente…
Cierto es que algunas de las figuras actuales tienen a sus espaldas una trayectoria larga y meritoria, reseñable y loable en muchos aspectos. Sin embargo, cuando la intensidad de los ditirambos, lo empalagoso de las alabanzas y el azúcar de las loas alcanza límites que van más allá de lo hiperbólico, uno no puede más que sospechar que tales reverencias lacayunas no pueden ser naturales. Máxime cuando se profieren no para ensalzar toda una meritoria trayectoria profesional, en cuyo caso podrían entenderse mejor, sino para encumbrar una actuación concreta que, en muchas ocasiones, no sobrepasa en su vulgaridad la categoría de faena de aliño.
Como muestra, haciendo un repaso detallado de las crónicas en diferentes medios de las faenas de una figura como, por ejemplo, El Juli —ciertamente un torero de época— a lo largo de la temporada 2022, no se ha logrado encontrar ni una sola en la que se diga que este maestro del toreo haya estado vulgar, espeso o desacertado. ¿Conocen ustedes algún profesional, da igual el ámbito profesional o artístico de que se trate, que en alguna o varias ocasiones a lo largo de un año no haya estado mal, vulgar, espeso o desacertado? Nadie en su sano juicio podrá afirmar que esa persona exista. Y menos aún cuando la persona enjuiciada ejerce su labor en el terreno de las artes o de la inspiración, como sucede en la tauromaquia.
Pues bien, repasando tales crónicas, se suceden las lisonjas y las adulaciones sin límite -sin duda muchas de ellas probablemente merecidas, como las relativas a la actuación de El Juli en Las Ventas la tarde del 11 de mayo en Madrid, en la que convenció y gustó a todos. Ahora bien, lo que no es creíble de ninguna manera es que “hiciera gala de su maestría” en Granada, de “magisterio absoluto” … “en una imperiosa [sic] tarde” en Sevilla, que desarrollara “una descomunal faena … de libro o para estudiar en las escuelas” dos días después en la misma plaza, “una gran faena, llena de sapiencia y temple” en Pontevedra, “una labor llena de magisterio” en Casas Ibáñez, que protagonizara una “obra cumbre” en Talavera, una “faena prodigiosa” en Latacunga, una “auténtica obra maestra torera” en Irapuato, un “faenón” en Castellón, una “obra majestuosa” y “triunfo grande” en Murcia, que cortara “una oreja a la sabiduría” en Salamanca, que protagonizara un “nuevo triunfo de maestro” en Valladolid, que diera “la medida y la dimensión de la figura del toreo que es” en Palencia, que estuviera “enorme” en Bilbao, que el presidente “impidiera” la puerta grande de El Juli en Cuenca, que formara “un ‘lío’, dejando muletazos de auténticos carteles de toros, faena de entrega y donde el madrileño tocó todos los registros” en Almería, que diera “nueva lección de maestría en alturas y toque” en Huesca, o que se escriba sin rubor que “el absolutismo de El Juli extendió su reinado en El Puerto de Santa María, dueño y señor, el puto amo de la tarde de principio a fin”, etc.
Cierto es que algunas tardes las crónicas no destacan brillantez alguna en las faenas de Julián López —tardes de “silencio y silencio”—, pero, en tales casos, la culpa será invariablemente del ganado. “Los toros no colaboraron”, “no tuvo opción con los astados”, “toros sin ninguna posibilidad”... O como hoy habrían dicho sobre la famosa tarde de Cagancho en Almagro, “el Maestro no ha tenido suerte con su lote”. Es evidente que pocos matadores entienden y dominan a los toros como El Juli, pero de ahí a que sea sistemáticamente genial o infalible, va un mundo, máxime cuando tal virtud solo es reconocida al Papa de Roma, y únicamente por los creyentes. En concreto, por los muy creyentes. ¿De verdad que a una gran figura de la tauromaquia como es El Juli le hace falta todo este torbellino de halagos impúdicos?
Y ello por no hablar de las decenas y decenas de “tardes históricas” que la “crítica” taurina reseña cada temporada para referirse a festejos que no pasan de aceptables y entretenidos, y que la mayoría de quienes asistieron a ellos olvidan en poco tiempo. Por cierto, ¿se han planteado ustedes qué requisitos ha de cumplir un hecho para que sea considerado “histórico”? ¿Que tal circunstancia sea irrepetible? Si ese fuese el caso, nuestro día a día estaría repleto de hechos históricos en la medida en que nuestras rutinas están llenas de actos que no son exactamente los mismos entre sí. Incluso así, tales festejos tildados como “históricos” no deberían considerarse de esa manera, ya que los maestros actuantes suelen ser siempre los mismos, y las ganaderías, siempre las mismas. Literalmente. Siendo esto así, ¿no sería más razonable considerar “histórico” aquello que hace que la historia sea diferente desde ese momento a causa del hecho en cuestión? En tal caso, ¿podríamos afirmar sin rubor que todas las “tardes históricas” que la crítica taurina reseña cada temporada suponen un hecho de tanta trascendencia como la caída del Imperio Romano, la invención de la imprenta o la Revolución Francesa?
Otra de las características de las crónicas contemporáneas es que, en muchas ocasiones, no contextualizan tales éxitos y “olvidan” reseñar la calidad y características del ganado, a menudo tullido, pastueño y hasta ovejuno, y no de modo infrecuente, como decimos, perteneciente a las mismas ganaderías que las figuras se empeñan en elegir pese a repetidos fracasos con ejemplares de esos hierros. Tampoco en los medios taurinos suele haber mención a las gestiones de las figuras y sus apoderados fuera de los ruedos, es decir, en los despachos, en las ganaderías y en los corrales. Por ejemplo, el mutismo de la “audaz” prensa suele ser total en lo que a los vetos en la confección de carteles se refiere. Los chanchullos y trampas del orbe taurino —afeitado, comportamientos anómalos de las reses, baile de corrales…— son moneda de uso corriente, pero la “insobornable” prensa taurina rara vez sacará a reducir algo relacionado con ello. Y ya no es el miedo a las querellas, por difundir cosas no fácilmente demostrables aunque bien conocidas, sino que aun cuando las pruebas estén a la vista, los “intrépidos” periodistas mirarán hacia otro lado. Aquí repetiríamos la cita de Talese: “los periodistas tienen que estar dispuestos a caer mal… a perder amistades”.
Una prensa entregada al triunfalismo no hace sino un flaco favor a la tauromaquia, ya que la ausencia de verdadera crítica hacia las figuras, por un lado, reduce la exigencia debida a estos matadores —que por consiguiente tienden al acomodamiento— y elude la necesaria pedagogía en unos tiempos en los que escasean los verdaderos aficionados y en los que, por lo que se lee, se oye y se ve, todo es grano y nada es paja. Pero es que, por otro lado, tal ausencia de crítica real anula la credibilidad de quienes tales piezas periodísticas suscriben, y desincentiva su lectura al aficionado que trata de saber simplemente qué sucede en los ruedos. Joaquín Vidal o Alfonso Navalón eran leídos por muchos no aficionados a los toros, por la calidad, perspicacia y sagacidad de sus escritos, con lo que el interés por la tauromaquia se extendía más allá del mundo taurino. ¿De verdad puede alguna persona no aficionada sentirse incentivada a leer las crónicas al uso de principios del siglo veintiuno?
En resumidas cuentas, cualquier observador medianamente sensato llegará a la conclusión que, en la “crítica” taurina existe una inflación de triunfalismo, en algunos casos, ciertamente sonrojante. Tal incondicionalidad en las alabanzas solo tiene parangón con la irracionalidad y desmesura de buena parte de la “crítica” política y deportiva actual de este país, en las que el periodista confunde su papel con el de palmero en el mejor de los casos, o con el hooligan en el peor de ellos. En estos tiempos tan duros para la tauromaquia solo una crítica que ponga en su verdadera dimensión los éxitos y fracasos de los matadores, de los ganaderos y los empresarios puede contribuir a recuperar el pulso vivido por la Fiesta décadas atrás. Todo lo demás serán huecas proclamas de defensa de la tauromaquia.
Artículo escrito por Pablo García